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El convoy tomó camino del al-Qasr, dirigiéndose exactamente hacia donde se encontraban Ibn Ammar y el sabí. Los golpes de tambor volvieron a cesar y volvió a escucharse la voz chillona. Ahora veían también al hombre que gritaba, y pudieron entender lo que decía. Era un hombre bajo y gordo, de cabeza rapada y ropas raídas; no era un pregonero, sino probablemente un criado del prisionero, que estaba comprando su libertad al precio de maldecir a su amo durante el camino hacia el patíbulo.

– ¿Veis esto? -gritaba-. ¡Ved a este maldito, a quien Dios precipitará en la más profunda condena! Vedlo, es Abú Musa ibn Abdallah, perro callejero e hijo de un perro callejero. Arderá en llameante hoguera, como Abú Lahab, ¡y su propia mujer atizará el fuego! ¡Mirad! ¡Esto es lo que ocurre a todos los que traicionan a nuestro señor, el sublime qa'id Abú Bakr Ahmad ibn Tahir, el Magnánimo, a quien Dios tenga a bien conservar entre nosotros!

El sabí se había detenido de pronto al oir el nombre del condenado. Se había quedado inmóvil, como de piedra, con los puños apretados y la cara pálida bajo el moreno teñido por el sol.

El convoy se acercaba lentamente. La gente de la plaza se aproximó, formando una calle. Tres o cuatro jóvenes imberbes corrían junto al carro dando gritos y arrojando al prisionero bosta de caballo.

Ahora también Ibn Ammar recordaba a aquel hombre. Desde hacía una semana se había hablado mucho de él en la ciudad; habían circulado muchos rumores. Pocos años atrás había llegado de oriente sumido en la mayor pobreza. Según decían unos, era miembro de la antigua nobleza árabe de la tribu de Quraysh; según otros, era un aventurero de dudoso origen. Se había ganado la confianza del qa'id con sorprendente rapidez, había sido su protegido, había alcanzado una posición influyente en la corte y, finalmente, con sólo treinta años de edad, había recibido en feudo un castillo y grandes extensiones de terreno en el sur, en la frontera con Almería. Según se decía, hacía un año había intentado pasar a servir al príncipe de Almería. Al parecer el príncipe había rechazado la oferta y lo había tomado prisionero para entregárselo a Ibn Tahir, pero Abú Musa había conseguido escapar y refugiarse en Granada. Para sorpresa de todos, había regresado a Murcia hacía dos semanas y se había puesto en manos del qa'id. Un rumor decía que lo que lo había impulsado a dar este paso desesperado había sido la nostalgia que sentía por su mujer, que había sido retenida en Murcia y a la que amaba por encima de todo.

Ahora el carro estaba pasando al lado de Ibn Ammar y el sabí, y el poeta podía ver al condenado. Su rostro estaba hinchado hasta el punto de ser irreconocible, rojo como la carne cruda. La sangre le brotaba por los ojos, la nariz, la boca. El cuerpo se balanceaba como un barco sin remos bajo los golpes del negro.

El sabí, callado, había apartado la mirada, clavando los ojos en el suelo. Esperaron hasta que la gente se hubo dispersado y el carro hubo desaparecido doblando la esquina de la mezquita. Luego reemprendieron su camino.

Al llegar a la maraña de callejas de la zona del bazar, Ibn Ammar preguntó:

– ¿Conocías a ese hombre?

El sabí no respondió.

– ¿Es cierto lo que dice la gente de él, que quería entregar al señor de Almería esa plaza fronteriza de Cartagena?

Tampoco esta vez hubo respuesta. Pero Ibn Ammar se dio cuenta de que al sabí le resultaba difícil callar ante esas preguntas.

– ¿Y es cierto que regresó sólo por amor a su mujer y a su hija, como se dice?

El sabí siguió luchando consigo mismo unos instantes más, pero luego ya no pudo contenerse.

– Sí, ya sé qué es lo que dice la gente -dijo amargamente-. Lo convierten todo en una historia sentimental. ¡Por amor a su mujer! -Con un rapidísimo movimiento cogió a Ibn Ammar del brazo, con tal firmeza que se lo lastimó-. Yo te diré qué es lo que lo llevó a entregarse. Habían amenazado con vender a su mujer al dueño de una taberna del puerto de Cartagena. Por eso volvió.

– ¿Su mujer es cristiana? -preguntó Ibn Ammar.

– Proviene de una familia cristiana, pero se ha convertido a nuestra fe. Afirmaron que lo había hecho sólo en apariencia.

– ¿Quién lo afirmó? ¿Quién quería prostituiría?

El sabí tiró a Ibn Ammar del brazo para que se acercara y dijo en voz muy baja:

– La misma gente que dijo que él se había vendido al señor de Almería.

– ¿Qué gente? -preguntó Ibn Ammar-. ¿En el camino de quién se interponía Abú Musa? ¿Quiénes eran sus enemigos?

– Todos los que lo envidiaban por gozar del favor del qa'id y de la confianza de Hassun ibn Tahir, el príncipe heredero.

– ¿Te refieres a Ibn Ta'lab, el hadjib del qa'id? -preguntó Ibn Ammar.

El sabí no dijo nada, y cuando Ibn Ammar buscó su mirada, él lo esquivó.

– ¿Te refieres al príncipe Muhammad, el que estaba en la fiesta de tu tío? -siguió preguntando.

El sabí asintió casi imperceptiblemente.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Ibn Ammar-. Has estado mucho tiempo fuera.

– Tengo amigos que lo saben -dijo el sabí.

Ibn Ammar creyó estar empezando a comprender por qué el comerciante guardaba tanta distancia con su sobrino.

– El hombre del carro, Abú Musa, ¿era amigo tuyo? -preguntó con voz cálida.

El sabí soltó el brazo de Ibn Ammar, como si sólo ahora se hubiera dado cuenta de cuán firmemente lo había tenido agarrado todo ese tiempo.

– No lo sé -dijo en voz baja-. Para mi era un amigo. Lo conocía bien. Confiaba en él más de lo que hubiera confiado en un hermano. No creas lo que la gente dice de él.

– No lo creo -dijo Ibn Ammar.

– Lo conocí en Alepo, en mi primer viaje a los países de oriente -continuó el sabí-. Vino a Cartagena en el mismo barco en el que volví de ese primer viaje. Es hijo de un emir, pero me recibía en su casa como a un amigo, y tampoco me olvidó cuando estaba en la corte y gozaba del favor del qa'id. Ruego a Dios que le conceda fuerzas.

– ¿No crees que aún pueda obtener la clemencia del qa'id?

– No -dijo el sabí. Y, como para reforzar la negación, repitió-: No, no lo creo.

– Un príncipe que no conoce la clemencia no es un gran príncipe -dijo Ibn Ammar.

El sabí se detuvo, cogió ligeramente a Ibn Ammar del hombro y lo acercó a él.

– No vayas a decir algo así ante según qué gente -dijo, y en sus ojos podía verse una seria advertencia. Ibn Ammar no había visto nunca a un hombre de ojos tan intensamente azules.

El comerciante de paños los recibió en su despacho, una pequeña habitación de paredes blancas pobremente amueblada, cuyo único lujo consistía en que Ibn Mundhir la mantenía agradablemente fresca. En algún lugar debía de estar trabajando un vaporizador de aire hábilmente oculto. Ibn Mundhir estaba de pie tras un pupitre elevado, escribiendo con el brazo completamente extendido. No permitió que lo interrumpieran hasta que terminó de escribir.

– ¡Vaya, nuestro joven de Sevilla! -saludó, lacónico-. Según he oído, te has cambiado de casa. -Conocía al propietario de la casa-. No es la casa más adecuada para un joven de tanto talento. Ya veremos si se puede encontrar algo mejor. -Luego, sin más preámbulos, pasó directamente a hablar de negocios-: He mandado a buscarte porque he de escribir algunas cartas, que necesitan una forma… -buscó la palabra apropiada, sin encontrarla-…una forma especial, ya me entiendes.

No esperó una respuesta. Hizo una señal al sabí, al tiempo que señalaba una cajita de madera que descansaba junto a muchas otras cajitas iguales en una hornacina, detrás del pupitre.