Yunus había empezado a proporcionarle literatura médica, por encauzar en alguna dirección su desordenada sed de conocimientos. Zacarías tenía diecinueve años y estaba en una etapa difícil del aprendizaje. Se sentía insatisfecho con la rutina cotidiana de un pequeño consultorio médico, que no le daba respuestas a los grandes interrogantes que comenzaban a inquietarlo. Lo que él buscaba era una especie de sistema científico, que le explicara todo lo que parecía inexplicable, que respondiera a todas sus preguntas. Y lo que esperaba encontrar era una autoridad que lo iniciara en los secretos de tal sistema.
Desde hacía un año, Yunus intentaba transmitirle, junto a la práctica cotidiana, también las bases científicas de la profesión médica. En un primer momento había evitado darle libros, pues sabía por experiencia cuán prestos están los estudiantes a tomar como verdad inmutable todo lo que está en los libros. Había intentado explicarle que un médico, más que nadie, debe siempre cuestionar sus conocimientos y someterlos a prueba en la práctica.
Yunus recordaba el día en que dio a Zacarías una clase sobre aquellas fuerzas que los antiguos médicos denominaban «pneuma», fuerzas presentes en el cuerpo de todos los seres vivos en forma de sutilísimos humores y que debían ser vistas como el auténtico principio, en cierto modo como la encarnación misma de lo viviente. Él había distinguido tres de estas pneumas: la pneuma física o fuerza corporal, que dirige los movimientos de nuestro cuerpo, tiene su sede en el corazón y es transportada por las arterias, que parten del corazón; la pneuma vital o fuerza vital, que dirige nuestros apetitos, tiene su sede en el hígado y es transportada por las venas, que parten del hígado; y, por último, la pneuma psíquica o fuerza espiritual, que tiene su sede en el cerebro, palpita en las vías nerviosas y nos hace capaces de percibir, sentir y pensar.
Yunus había explicado a Zacarías que esas pneumas se alimentan principalmente del aire que respiramos, y que sufren daños si el aire es impuro, fétido o infesto. Le había explicado que la pneuma física es la más gruesa, y la psíquica, la más sutil; y que por eso ésta última es la primera que sufre daños si el aire es nocivo. Había citado asimismo a Galeno, quien afirma que un hombre que respira constantemente aire malo pronto empieza a padecer pérdidas de memoria y disminución de la inteligencia.
Ese mismo día había llegado al consultorio un hombre de Taryana, a quien la ronquera ya no permitía ni pronunciar palabra. Yunus lo conocía desde hacía quince años. El hombre trabajaba tamizando cal y estaba constantemente expuesto a un aire tan dañino como el que no respiraba ninguna otra persona en Sevilla. Según Galeno, su pneuma psíquica tendría que haber estado gravemente dañada.
Yunus dio de beber al hombre un cuarto de litro de vinagre y le alcanzó un cubo. El hombre se mareó y, entre toses, jadeos y ahogos, vomitó el vinagre; junto con el líquido y las mucosidades salió también una gran cantidad de polvo. Un instante después recuperó el habla. Hizo algunas bromas y se mostró muy agudo. Todavía recordaba perfectamente su primera visita al consultorio de Yunus, la recordaba mejor que el mismo Yunus. No tenía absolutamente ningún mal psíquico; en cambio, físicamente se hallaba en un estado lamentable. El ejemplo de aquel hombre daba literalmente la vuelta a la afirmación de Galeno, y corroboraba de la manera más expresiva la tesis de Yunus, según la cual aún las autoridades reconocidas deben ser puestas a prueba constantemente.
Sin embargo, era imposible hacer que Zacarías renunciara a su búsqueda del gran maestro omnisciente. Por un tiempo perdió la fe en Galeno, cosa que tampoco pretendía Yunus, así que decidió darle a leer los escritos sobre anatomía de Galeno, que eran los que más se ajustaban a la necesidad del muchacho de encontrar conocimientos científicos exactos en el ámbito de la medicina.
La vieja Dada entró en el madjlis, donde se habían instalado Yunus y Zacarías, les ofreció vino y agua, y limpió la lámpara. Zacarías rechazó la bebida. Yunus advirtió que el muchacho tenía los ojos enrojecidos y la cara muy pálida. El estudio parecía haberlo agotado más de lo que Yunus había temido. Por lo visto, el joven exigía demasiado de si mismo: su labor de asistente en el consultorio, los estudios de la Tora en la academia, los libros, los cursos de ciencias naturales con un profesor pagado por Yunus, las discusiones filosóficas con otros estudiantes y, además, las conferencias libres en la mezquita principal y la sinagoga, a las que asistía regularmente. Eran sobre todo estas conferencias nocturnas las que habían alimentado su fe en un «sistema» universal.
El primero en cautivar la atención de Zacarías había sido un erudito nómada de Zaragoza, un zahirit, un fundamentalista que rumiaba la antigua tesis de que el ser humano no habría adquirido sus conocimientos poco a poco y por sus propias fuerzas y capacidades, sino que Dios reveló estos conocimientos de una vez a Enoch, supuesto padre de todas las ciencias. Todo los saberes, todos los conocimientos de la humanidad, incluidos por tanto los médicos, se remontaban a este Enoch. Prueba: ninguna persona sería capaz de experimentar por si misma con los miles de materias vegetales, animales y minerales que existen en el universo en el tratamiento de los millares de enfermedades, para averiguar así qué substancias y en qué cantidades y mezclas tienen un efecto curativo sobre una dolencia determinada.
Zacarías había quedado fascinado por esa doctrina. Le parecía que, por fin, ésta le mostraba el camino por el que podía llegar a su meta: si se atribuía a Enoch ese saber universal que explicaba todos los enigmas y misterios del universo, entonces bastaba con estudiar los escritos de Enoch y sus discípulos para hallar todas las respuestas.
En aquellos días, Yunus sostuvo largas conversaciones con Zacarías. Se esforzó por sacarlo de ese camino utilizando la debida precaución. Argumentó que era posible que el viejo Enoch hubiera poseído todos los conocimientos, pero que, en tal caso, sus discípulos y los discípulos de sus discípulos habían perdido parte de ese saber o lo habían olvidado o transmitido incorrectamente, y por eso ahora los hombres estaban obligados a recuperarlo por sus propios medios y con ayuda de Dios.
Intentó explicárselo con un ejemplo extraído de las consultas de Ibn Butían. El gran médico cristiano, a quien Yunus había llegado a conocer en persona cuando estudiaba en Bagdad, había informado en aquel entonces de un paciente enfermo de hidropesía, bajo la modalidad que Galeno llama hydrops ascites, al que sólo se le habían hinchado las piernas y el bajo vientre. El hombre se encontraba ya en la fase final de la enfermedad, totalmente estropeado físicamente: las piernas abiertas, el bajo vientre inflamado, el cuello delgado como el pescuezo de una gallina. Ya era imposible ayudarlo mediante la medicina.
Algún tiempo después, ese mismo hombre pasó por el consultorio completamente sano, sin ninguna molestia. A la pregunta de quién lo había curado, dijo únicamente que su madre lo había cuidado, dándole de comer sólo pan remojado en vinagre. Ibn Butían fue inmediatamente con el hombre a casa de éste, examinó la jarra de vinagre y encontró en el fondo dos víboras, ya casi disueltas por el vinagre. De ese modo descubrió una pista que podía conducirlo a un posible medicamento contra la hydrops ascites: veneno de víbora disuelto en vinagre. Gracias al azar descubrió una pizca de saber o, si se quiere creer en el viejo Enoch, la redescubrió.