El criado acompañó a Ibn Ammar hasta la sala de baños y lo dejó en manos de un mozo, quien le quitó la ropa y le entregó una futa blanca como la nieve. Ibn Ammar apenas podía ocultar su excitación. «Te vi tras las rejas de la ventana…» Así pues, su intuición no lo había engañado. La doncella era la enviada de aquella mujer que le había hablado a través de la ventana de rejas el día de la fiesta.
Ibn Ammar tomó un corto baño para quitarse el polvo del viaje, y dejó que el mozo le diera fricciones y masajes. Cuando volvió a la maslah, se encontró con que allí lo esperaba el dueño de la casa, envuelto en un brillante capote azul y con una toalla del mismo color enrollada en la cabeza de manera tal que semejaba el turbante de un erudito. Ibn Mundhir se veía descansado, fuerte, nervudo. Bajo el turbante azul destacaba su rostro moreno por el sol.
Ibn Ammar lo observó con expectante atención. Una recepción en los baños era algo nuevo. Algo había cambiado. A un insignificante katib no se lo recibe en la sala de baños.
El comerciante se echó aceite en las manos y se frotó los dedos con sumo cuidado. Esperó hasta que el hammani los hubo dejado solos, y entonces dijo con voz malhumorada y ronca:
– Te he hecho venir para transmitirte una invitación, una invitación a la fiesta del final del ayuno en la corte de Hassún ibn Tahir, el príncipe heredero. -Estaba sentado junto a la piscina, en la que metía la punta de los dedos para luego humedecerse los labios con ellos. Parecía que el ayuno le causaba un gran fastidio-. Puedes pasar la noche en mi casa y partir mañana al mediodía. Pondré a tu disposición a dos de mis hombres para que te acompañen.
Ibn Ammar se recostó cómodamente. Así que era eso. Así que eso era lo tenían pensado para él.
El príncipe heredero vivía en un palacio de verano a tres horas de viaje de Murcia, hacia el norte, en un valle transversal del Segura. Era un hombre sin ambiciones, según se decía; no sentía el menor interés por los asuntos de gobierno, y, si se hacía caso de las habladurías que corrían por la ciudad, tampoco daba la talla que era de esperar en un sucesor al trono. Pero era el primogénito del qa'id y, como tal, el designado para sucederlo. Ibn Ammar nunca lo había visto en persona.
– ¿A quién tengo que agradecer la invitación? -preguntó cortésmente.
Ibn Mundhir continuaba humedeciéndose los dedos.
– Alguien se ocupó de que el príncipe heredero leyera el poema que escribiste para el príncipe Muhammad. Al parecer, quedó impresionado. Hassún ibn Tahir muestra más interés por la literatura y la poesía que su hermanastro. Si es posible, mañana deberías intentar superarte a ti mismo cuando te presentes ante él. -El comerciante echó a Ibn Ammar una breve mirada escrutadora, con el rostro liso e inexpresivo, sin dar la menor oportunidad de que se leyera en él qué era lo que realmente pensaba de Hassún ibn Tahir-. Quiero ser franco -continuó, con voz apagada-. Nos han informado de que el qa'id está muy enfermo. Los médicos no dicen nada, como de costumbre, pero parece que ya casi ninguno espera que se cure. Nadie contaba con esto. El qa'id siempre ha disfrutado de muy buena salud. Que Dios lo ampare. -Se levantó y, volviendo la espalda a Ibn Ammar, se colocó frente a la elevada ventana que daba al parque-. No tenemos mucha información sobre las intenciones del príncipe heredero. Casi no tenemos contacto con las personas que lo rodean. Al parecer son más bien hombres de dudosa reputación: astrólogos, curanderos bizantinos, literatos de segunda… A un hombre de tu talento no puede resultarle difícil ganarse su confianza.
– ¿Qué esperáis que haga? -preguntó serenamente Ibn Ammar.
El comerciante dio media vuelta girando sobre sus talones y miró a Ibn Ammar directamente a los ojos.
– Nada -dijo sin titubear-. Nada en especial. -Parecía sincero. Empezó a andar en círculos por la maslah, con las manos a la espalda-. Pero el negocio del comercio exterior se ha puesto muy difícil. Ahora es más inseguro que nunca antes. Barcos de Pisa y Génova mantienen una auténtica guerra de corso en la ruta de Sicilia. ¡Dios los maldiga! También las rutas comerciales del Magreb están expuestas a constantes ataques. Fez ha sido conquistada por una banda de beduinos, y no sabemos nada de nuestros agentes comerciales destacados allí. Palermo, devastada por una nueva y dura derrota ante los normandos, y el comercio con Sicilia interrumpido por completo. Llegan malas noticias de todas partes, que Dios nos ampare. Estaríamos tranquilos si supiéramos que cerca del príncipe heredero hay un hombre que conoce estos problemas; eso es todo. -Su voz era tan ronca que ya casi no se le entendía. Se detuvo junto a la piscina y volvió a humedecerse los labios.
– No sé si conozco lo bastante bien vuestros problemas -dijo Ibn Ammar titubeando-. Casi todas las cosas que me acabáis de decir son nuevas para mí. Yo escribo poemas, entiendo algo de literatura y quizá también de ciencia, pero no sé nada de comercio.
Ibn Mundhir se volvió hacia él y, por primera vez desde que Ibn Ammar lo conocía, su rostro mostró algo parecido a una sonrisa amigable.
– Ya tendremos ocasión de hablar de ello -dijo el comerciante-. Eres un hombre muy rápido de entendimiento; nos entenderemos.
Llamó al hammami dando unas palmadas, se sacó el turbante de la cabeza, se inclinó sobre la piscina, sumergió ambas manos y se tumbó sobre su espalda.
– He mandado preparar una pequeña comida. Espero que seas mi invitado.
Ibn Ammar observó al comerciante, que lamía con avidez los dedos humedecidos mientras el hammami lo ayudaba a vestirse, y lo que vio fue a un hombre pequeño y delgado, calvo, con la piel de la cabeza muy pálida, en marcado contraste con su cara morena, ya no tan imponente como antes, como si al quitarse el turbante hubiera perdido también parte de su dignidad.
Un príncipe enferma, su hijo tiene un par de manías que lo hacen inaccesible para los poderosos comerciantes del bazar, y eso basta para que se empiecen a enhebrar simples palabras sobre un insignificante katib, haciendo de éste un huésped honorable y un aliado, pensaba Ibn Ammar.
Cuando salieron de los baños los recibió un enorme parque. El camino, de suave pendiente, ascendía a la sombra de los pinos. A una cierta distancia, a la izquierda del camino, se levantaba un seto tras el cual se extendía la parte privada del parque. El dueño de la casa caminaba en silencio, con paso rápido y enérgico. Sostuvo el ritmo, sin esfuerzo visible, hasta que llegaron al punto más alto del parque, a unos trescientos pasos de los baños. En esa pequeña elevación del terreno, coronada por una torre de tres plantas, hacían esquina los muros que rodeaban la finca. Cuando subieron a la primera plataforma se abrió ante ellos una amplia vista del norte, Murcia, y del este, el valle del Guadalentín y las montañas que se alzaban detrás; el sol flotaba sobre ellas como una gran bola de fuego.
Ibn Mundhir se acercó al pretil, apoyó ambos brazos y se quedó en esa posición hasta que el sol se escondió tras las montañas. Un criado apareció sin hacer ningún ruido, vertió sobre las manos del comerciante y su invitado el agua para las abluciones y volvió a retirarse con el mismo sigilo, mientras los dos hombres cumplían con la oración. Un instante después regresó el mismo criado con dos grandes bandejas plateadas llenas de comida, colocó los ahumadores para espantar a las moscas y escancio vino.