De niño había mostrado un pánico cerval por las serpientes, pero a los ocho años había conseguido, ante los ojos de su padre, coger una escalera, trepar con ella a lo alto de la casa y coger con la mano desnuda una víbora que tomaba el sol sobre el tejado. Lo había hecho sólo para demostrar que era el joven valiente que su padre quería que fuese, y, para su sorpresa, gracias a aquella emocionante experiencia, descubrió que apenas echar a correr en busca de la escalera había perdido el miedo.
– ¿Qué estáis esperando? ¿Por qué seguís aquí? -dijo la mujer echando un rápido vistazo alrededor-. ¿No sabéis lo que os espera si los centinelas os ven aquí?
– Sólo temo una cosa, sayyida -respondió Ibn Ammar conteniendo su fuego-, despertar vuestro malestar.
Respiró hondo el perfume de las rosas, manteniendo tranquilamente la mirada sobre la mujer. Estaba frente a la esposa de su anfitrión; aquélla debía de ser la esposa de Ibn Mundhir. A juzgar por el valor de las joyas que llevaba y por la elegancia de su ropa, sólo podía ser la señora de la casa. Era una mujer orgullosa y valiente, sólo un poco más joven que Ibn Ammar; sería un placer jugar con ella.
Hoy sólo harían las primeras jugadas, un tanteo, un cuidadoso acercamiento, una breve charla con palabras bonitas y alusiones solapadas. Ella lo rechazaría y lo mantendría a raya; pero, al final, él lograría arrancarle la promesa de que volvería a enviarle a una mensajera para concertar un nuevo encuentro.
– No me despidáis sin darme la esperanza de volver a veros, sayyida -dijo Ibn Ammar en tono suplicante-. Haré lo que me ordenéis: si no queréis yerme, empequeñeceré; si no queréis oírme, estaré callado; si me castigáis con vuestro silencio, tendré paciencia. Pero no me dejéis marchar sin la esperanza de volver a veros.
Ibn Ammar intentó nuevamente acercarse un paso a la mujer, y esta vez ella se lo permitió, levantando la mano sólo porque las reglas así lo exigían.
Y empezaron a jugar al viejo juego.
13
Yunus volvió a casa media hora antes de la puesta de sol, más temprano que de costumbre. Ya al entrar a la calleja en la que se hallaba su casa, oyó los berridos de la pequeña. Eran gritos breves y furiosos, penetrantes y al mismo tiempo sofocados, como si se estuviera ahogando. Hacía ya casi dos meses que vivía en la casa, pero aún no se había acostumbrado. Era una niña difícil, casi indomable. Sólo Ammi Hassán, con su infinita paciencia, se entendía con ella. El criado negro había dejado que la muchachita calara muy hondo dentro de su corazón, y, así, aguantaba todos los malos humores, los arrebatos y la testarudez de la pequeña, y la rescataba de la vieja Dada, que a veces no sabía ayudar más que con golpes. Ammi Hassán amaba a la niña como si fuera un ángel.
La pequeña salió llorando al patio al encuentro de Yunus, se abrazó fuertemente de sus piernas y, entre sollozos y jadeos, empezó a contar con su horroroso español una historia que Yunus sólo comprendió cuando se acercó Nabila y le explicó lo sucedido.
Por la tarde, había estado allí una mujer con un niño en brazos, al que tenía oculto bajo una manta. A cambio de un cuarto de dirhem había retirado la manta para mostrar a un niño con dos cabezas. Todos en la casa habían visto a la deforme criatura: el viejo Hillel, que vivía en una habitación alquilada en la planta superior, Ammi Hassán, Dada, la criada de la cocina y Nabila. Sólo a Sarwa y a la pequeña Karima les habían prohibido verlo. Sarwa se había resignado, pero la pequeña había empezado a berrear y desde entonces no había dejado de hacerlo. Ya llevaba tres horas llorando.
Yunus la llevó a su despacho. El despacho era la única habitación de la casa que siempre estaba cerrada, y Karima consideraba un privilegio especial que a veces la dejaran entrar en ese misterioso cuarto. La pequeña parecía exhausta, y Yunus tuvo la impresión de que la niña casi le estaba agradecida por haberle proporcionado una excusa para dejar de llorar. Se sentó en el suelo, mirando en silencio cómo cortaba Yunus una hoja de papel y dibujaba algunas letras con la pluma. Luego, siguiendo las instrucciones de Yunus, Karima se entretuvo pintando de color rojo aquellas líneas, portándose como una niña muy formal.
Yunus le daba clases regularmente desde hacía un mes. Primero había pensado enviarla a la escuela primaria que había abierto hacía poco uno de los fugitivos de Sicilia, un maestro que enseñaba a leer y escribir a los principiantes mediante un nuevo e interesante método, según el cual los alumnos no tenían que aprenderse de memoria las letras, sino más bien palabras enteras y pequeñas frases. La mujer del maestro, que a su vez daba clases a las niñas, enseñaba con el mismo método. Sin embargo, al final Yunus renunció a enviar a Karima a la escuela. No porque desconfiara del nuevo método de enseñanza, sino porque la pequeña no tenía ni la mínima base. Hablaba casi exclusivamente en español; su árabe era extremadamente pobre. Primero había que familiarizaría con el idioma, antes de pensar en una educación más amplia. Por eso, Yunus se había propuesto, a partir de la primavera siguiente, tan pronto como se casase Nabila, traer a casa a una mujer que diera clases particulares a Karima. Hasta entonces se encargaría él mismo del asunto.
Poco después del redoble de tambores de la primera oración de la noche llamaron a la puerta. Yunus vio a través de las rejas de la ventana que la vieja Dada atravesaba el patio, mientras seguían llamando a la puerta, cada vez con mayor violencia. Un instante después vio volver a la anciana muy nerviosa. No tomó el camino que pasaba por el madjlis, sino que fue directamente a la ventana e informó tartamudeando a Yunus: a la puerta había un khádim de la casa del príncipe, acompañado por un jinete de la guardia de palacio.
Yunus salió con piernas temblorosas a preguntar el motivo de la inusual visita, pero el khádim ni siquiera le dejó pronunciar palabra: con voz áspera ordenó a Yunus que cogiera su maletín de médico y subiera a la mula que tenían preparada para él. En el camino le explicarían lo necesario.
Yunus intentó despedir con pretextos al khádim: él no era más que un insignificante tabib judío, indigno de tratar pacientes distinguidos de la casa del príncipe. Incluso intentó sobornar al hombre con cinco meticales para que se dirigiera a otro médico, pero el khádim no hizo caso de nada e insistió firmemente en que Yunus lo acompañara, como si se le hubieran encomendado la misión de ir estrictamente en busca de Yunus y de nadie mas.
Entretanto, la calleja se había llenado de gente. Los vecinos habían salido a la calle, agolpándose cada vez más cerca de las cabalgaduras de los inusuales visitantes y haciendo que los animales empezaran a inquietarse. Cuando partieron con Yunus, se oyeron gritos de indignación, y la vieja Dada corrió tras ellos hasta la puerta del al-Qasr, gimoteando y tirándose de los cabellos.
También Yunus tenía malos presentimientos. Y todo sucedió como él lo había temido. El paciente al que lo llevaron era el hijo de una djariya del príncipe, una concubina que por lo visto ya no gozaba del favor principesco, pues vivía en la parte más vieja del al-Qasr, en el harén del palacio de al-Mubarak, a pesar de que era una umm walad que había sido recibida por príncipes.
Nada más ver al hijo de la djariya, Yunus supo por qué el príncipe no soportaba su presencia ni la de su madre. Era un niño bajo, grueso, muy pálido y bizco; uno de esos niños a los que sólo su madre puede amar. El khádim acompañó a Yunus hasta el muchacho, a quien habían instalado un lecho de enfermedad, o quizá hasta de muerte, en una habitación secundaria de una de las salas de audiencia situada entre la parte abierta del palacio y el harén. El chiquillo yacía gimoteando entre los cojines. Sudaba copiosamente, apenas se le sentía el pulso, respiraba a estertores, y tenía el bazo tan hinchado y sensible que se echaba a gritar a la menor presión. El final parecía cercano.