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Naturalmente, he vuelto a ser uno de los pocos que opinan así. El mensaje ha despertado un gran entusiasmo en la comunidad. Cada victoria ha sido aclamada, y cuanto más sangrienta parecía, tanto más adecuada era como consuelo de todas las humillaciones que un judío insignificante tiene que soportar a lo largo del año. En toda Andalucía, no son pocos nuestros hermanos los que sueñan secretamente con que, un día, Josef ha-Levi ibn Nagdela llegue a sentarse él mismo en la cima del reino de Granada. Un príncipe judío en Andalucía, fundador de un nuevo reino judío en el país de Sefarad, un segundo David. ¿No decía siempre Samuel ibn Nagdela, el padre, que él era el David de su tiempo? ¿Por qué no habría de hacerse realidad esta pretensión con su hijo? Quiera Dios que nunca pase de ser un sueño.

La tarde del sabbat tuvo lugar una recepción solemne en casa del nasi, en honor de los tres embajadores. Sólo se invitó a los personajes más destacados de la comunidad. Yunus recibió una invitación. Era la primera vez. Hasta ahora, la fracción ortodoxa del Consejo de Ancianos siempre le había negado el acceso a los círculos más exclusivos debido a su escepticismo, libremente expresado, en materia de religión. Por eso resultaba tanto más sorprendente que ahora fuera invitado precisamente a esa recepción para la que todos los notables, sin excepción, procuraban conseguir invitación valiéndose de sus influencias y relaciones.

El misterio se desvaneció cuando Yunus fue presentado al jefe de la embajada: Isaak al-Balia lo conocía y había insistido personalmente en que fuera invitado. Diez años atrás Yunus había hecho un viaje a Córdoba en busca de unos libros que resultaba imposible encontrar en Sevilla. Durante ese viaje había conocido a un rabino de Francia que se hallaba temporalmente en Córdoba dando clases. Isaak al-Balia era uno de los alumnos de ese rabino; tenía entonces dieciocho años, y era un joven muy prometedor, miembro de una de las familias más distinguidas de la comunidad judía de Córdoba.

También ahora parecía extrañamente joven entre los dignos señores del Consejo de la comunidad, pero su edad no lo inhibía en lo más mínimo. Estaba en el centro, y parecía considerar natural que todo lo demás girase a su alrededor. Era un hombre de corta estatura, robusto, de cabeza grande, mentón poderoso, nariz curva como una hoz, y ojos grises y atentos bajo unas cejas que no cesaban de moverse. Sabía mantener a distancia a sus interlocutores y, al mismo tiempo, dar la impresión de que cada palabra que les dirigía representaba una particular distinción. La fama de hombre culto que le precedía quedaba confirmada por cuanto se mantenía reservado durante la conversación, dejando caer sólo de tanto en tanto alguna observación que ponía de manifiesto su gran conocimiento del tema del que se estaba hablando. Era considerado un genio en materia de idiomas, pues dominaba incluso el latín y varios dialectos francos. El español de la gente común de Andalucía le era tan familiar que su acento era indistinguible del de un mozo de cuerda del bazar, y él se divertía introduciendo en mitad de una charla tan rimbombante unas pocas frases en ese español de la calle, como un malabarista encantado de mostrar con cuántas pelotas puede hacer sus juegos malabares o como un músico que demuestra su capacidad arrancándole una melodía virtuosa a una simple cana. Al-Balia parecía aficionado a desconcertar a sus interlocutores con giros inesperados en la conversación.

Cuando el nasi le preguntó si era verdad que, como se decía, el eminentísimo Josef ibn Nagdela tomaba personalmente todas las decisiones de gobierno, sin siquiera pedir su opinión al príncipe, al-Balia contestó escuetamente:

– ¡Qué remedio, si el príncipe está borracho día y noche!

A uno de los miembros del Consejo de Ancianos, que lo aburrió con un himno de alabanza en el que ensalzaba al hadjib llamándolo sostén de la fe y baluarte de la religión, al-Balia lo despachó con más dureza aún. Se sumó a los elogios y llevó la conversación a la mujer de Josef ibn Nagdela, hija del famoso rabino Nissim, de Qayrawan. El anciano, cada vez más entusiasmado, dirigió su himno de alabanza también a la mujer.

AI-Balia lo interrumpió con expresión de pesar:

– Lástima que sea tan bajita.

El anciano quedó desconcertado.

– ¿Es bajita? ¿Y eso es una lástima? -dijo.

– Una lástima, no. Pero sí una desventaja -contestó al-Balia, impasible-. Al hadjib le gustan las mujeres grandes, macizas.

El anciano estaba tan perplejo que apenas se atrevía a preguntar.

– ¿Queréis decir… que tiene más de una mujer?

– No ante la ley -contestó al-Balia con expresión inmutable-. Pero el harén de su casa está repleto de mujeres grandes y macizas. No le va a la zaga a ningún mawla musulmán. Que Dios le conserve las fuerzas.

El anciano retrocedió espantado, y no se atrevió a acercarse otra vez a al-Balia hasta que terminó la recepción.

Yunus conversó un largo rato con él. Hablaron sobre el rabino de Francia, con quien al-Balia todavía mantenía una intensa correspondencia, sobre Córdoba y sobre los motivos que llevaron a al-Balia a dejar la ciudad tres años antes.

– Una ciudad sin futuro -dijo-. Una ciudad que ya ha pasado su mejor época. Abulwalid ibn Djahwar, el qadi, otorgó a la nobleza de la ciudad y a los grandes comerciantes el derecho de intervenir en el gobierno. Ahora ya no puede imponerse. Las grandes familias han convertido sus palacios en fortalezas y combaten las unas contra las otras. Arman a los jornaleros y la chusma de los suburbios y hacen la guerra de un barrio a otro. Todo está como hace cincuenta años, después de la muerte de al-Mansur y sus hijos. Ya nadie se preocupa de proteger a los pueblos de los alrededores. Bandas armadas de los reinos vecinos, de Carmona, Toledo, Granada, hasta de Sevilla, asolan la campiña. Muchos pueblos ya han sido abandonados, el campo está despoblado en gran parte, y está cada vez más desolado.

– El futuro pertenece a las grandes ciudades residenciales, Toledo, Zaragoza, Sevilla. Allí está la esperanza. Allí están el dinero y el poder.

Desde hacía tres años vivía en la corte de Josef ibn Nagdela. Por encargo del hadjib había hecho dos viajes como embajador a Toledo, y de allí, por encargo del príncipe al-Ma'mún, había viajado también a la corte de León, donde había llevado a cabo unas negociaciones con el rey Fernando. No ocultaba en ningún momento su admiración por el hadjib de Granada, pero esa admiración parecía dirigirse menos a la persona que al cargo y al poder ligados a ella. Yunus tenía la impresión de que lo que más fascinaba a al-Balia eran las libertades que podía permitirse el poseedor de tal poder; por ejemplo, la libertad de mostrar una preferencia por las mujeres altas y macizas.

Al-Balia no dijo nada sobre el objetivo de su misión diplomática en Sevilla. Sólo hacia el final de la recepción manifestó, con mucho efecto, que al-Mutadid, el príncipe, lo había recibido en audiencia privada, lo cual aumentó considerablemente su prestigio.

Yunus no volvió a verlo en las semanas siguientes, pero a veces recordaba la conversación que había sostenido con él sobre Córdoba. Desde el domingo estaban llegando constantemente a Sevilla nuevas divisiones de jinetes del oeste del reino, de Beja, Silves, Huelva, Niebla; pequeñas tropas que cruzaban el río con el transbordador de Taryana y seguían viaje hacia Alcalá de Guadaira, donde Ismail, el príncipe heredero, estaba reuniendo sus tropas para la campaña de otoño.

En un primer momento se había dicho que la expedición de ese año se dirigiría contra Carmona, la ciudad vecina del noreste, gobernada por un clan bereber que también descendía de un oficial mercenario de al-Mansur. Sin embargo, en el transcurso de la semana se difundió el rumor de que la campaña planeada consistía en una breve incursión en la región de Córdoba, donde se encontraría poca resistencia. En el bazar se decía, asimismo, que había surgido un conflicto entre el príncipe y su heredero, debido al escaso número de hombres que al-Mutadid había puesto a disposición de su hijo.