El viernes, antes de la partida del ejército, cuando algunas tropas de élite desfilaron por la ciudad precedidas por la gran banda de música, se echó en falta la presencia del príncipe, quien en ese tipo de ocasiones solía escoltar al heredero hasta la puerta de la ciudad. Esto fue tanto más llamativo, por cuanto poco antes al-Mutadid, aún con todos los síntomas de orgullo paternal, había anunciado en la mezquita principal el nacimiento del tercer hijo del príncipe Muhammad, su segundogénito.
Por la tarde, en los baños, Yunus se enteró, por boca del siempre bien informado Ibn Eh, del verdadero motivo del escaso número de hombres puestos a disposición del heredero.
– Se espera una embajada de León para dentro de dos días -dijo Ibn Eh en voz tan baja que Yunus apenas lo oía-. El príncipe se ha reservado una parte de las tropas para dar una recepción impresionante a los españoles. La campaña de este año carece de importancia; es sólo el espectáculo militar de costumbre, para mostrar a la gente que todo sigue su cauce habitual. En realidad, la situación es extremadamente crítica. El rey de León ha reunido su ejército en Zamora, y todo indica que el encuentro entre el príncipe y el rey tendrá lugar dentro de tres o cuatro semanas. Al-Mutadid necesita todas las tropas que pueda movilizar, para poder presentarse lo más fuerte posible a las negociaciones con el rey. En este momento no puede emprender una campaña contra Carmona.
Al llegar a casa, Yunus se enteró de que la tan comentada parada militar también había causado un gran desasosiego en su familia. Una vez más, Karima salió a su encuentro llorando. Esa mañana, la pequeña, junto con Nabila y Sarwa, había escuchado el sonido armonioso de la música militar y, como todos los demás niños de la vecindad, había querido ir corriendo a la Puerta de Carmona para ver la partida de las tropas. Pero la vieja Dada no las había dejado ir. El propio Yunus le había dado la orden de no dejar salir de casa a las chicas, pues se había enterado de que, entre las unidades que desfilaban por la ciudad, había también un destacamento de bereberes de Sinhedja a los que el príncipe heredero había reclutado en Ceuta, y que llevaban el rostro cubierto por un velo, igual que los almorávides. Yunus quería evitar que Sarwa y Nabila vieran a estos guerreros bereberes de blancos albornoces y rostros cubiertos por grandes velos que sólo dejaban libre una ranura estrecha y amenazante para los ojos. Quería evitar que recordaran aquellos horribles días en Sigilmesa.
Las dos muchachas mayores ya habían olvidado el espectáculo que se habían perdido, pero Karima no olvidaba tan pronto. Había estado conteniendo su rabia todo el día, y en cuanto Yunus entró en el patio, la desató. Maldijo, gritó estremecida por la furia, e insultó a la vieja Dada, a quien tenía por culpable, con expresiones que Yunus no había oído jamás. Yunus la llevó consigo a su despacho, pero esta vez la magia de aquella habitación tampoco sirvió de nada.
Sólo se calmó ya muy entrada la noche, cuando Yunus por fin pudo acostarla, con ayuda de Ammi Hassán.
Después del sabbat, Yunus escribió en su diario:
Por lo que respecta a Karima, a la pequeña, tiene en vilo a toda la casa. Desde hace tres semanas se niega a irse a la cama. Inventa siempre nuevas excusas para no ir a dormir. Cada noche la misma rebeldía. A veces siento que se comporta así sólo porque tiene miedo de despertar por la mañana y no encontrarse entre nosotros. Intentamos tranquilizarla contándole cuentos. Nabila le cuenta uno, Ammín Hassán y Dada otro, y cuando nada funciona tengo que intervenir yo. Hoy no ha bastado con un cuento; he tenido que contarle otro, y luego otro. Y después todavía quería oir uno más largo.
Bien -le he dicho-. Escucharás el cuento más largo que conozco. La historia del rey y su cuentacuentos.
Y he empezado a contárselo:
«El rey tenía un cuentacuentos que cada noche le contaba larguísimos cuentos, hasta que el rey se quedaba dormido. Una noche, el rey no podía dormir, y pedía a su cuentacuentos que le contara una historia tras otra, hasta que al cuentacuentos casi se le cerraban los ojos de cansancio. Entonces el cuentacuentos dijo: "Rey, os contaré una historia tan larga que os daréis por satisfecho. Pero no podéis quedaros dormido a la mitad, pues la historia tiene un final maravilloso, y sería una lástima que os lo perdierais". Y empezó a contar:
» "Había una vez un pastor que tenía mil ovejas. Un día el pastor recibió una carta de su hermano, que era inspector del mercado de la ciudad. En la carta le decía que se pusiera en camino inmediatamente con todas sus ovejas, pues un misterioso forastero que tenía una hija bellísima había llegado a la ciudad en un barco negro y estaba comprando todas las ovejas al doble de su precio".
» "El pastor se puso en camino en seguida con sus mil ovejas, pero al llegar al río descubrió que el puente había sido arrastrado río abajo por la corriente, pues era primavera y las subidas habían provocado inundaciones. Al pastor no le quedaba más remedio que pasar las ovejas al otro lado del río con un bote que encontró en la orilla. Pero el bote era tan pequeño que sólo cabían en él el pastor y una oveja. Así pues, subió la primera oveja al bote, remó hasta el otro lado del río, bajó a la oveja en la otra orilla, remó de regreso y subió a la segunda oveja. Esta oveja era muy pesada y tenía las patas negras, así que el pastor tardó un poco más en cruzar el río con ella. La dejó en la otra orilla, remó de regreso, subió a la tercera oveja y remó hacia…
A la quinta o sexta oveja, Karima ha empezado a darse cuenta de que la había engañado, pero no quería dar su brazo a torcer. Ha apretado los labios y me ha mirado con expresión sombría, intentando hacerse la desentendida. Tras la duodécima oveja ha empezado a encontrar divertida la historia y reía para sí, volviendo la cara para que yo no viera cómo se reía, al tiempo que me observaba por el rabillo del ojo, firmemente decidida a permanecer despierta hasta la milésima oveja.
Ha aguantado hasta la número cuarenta y cinco. Yo casi me duermo antes que ella. Tiene una voluntad de hierro. Que Dios la proteja.
14
Coria era la primera ciudad mora que veía Lope. La situación de la ciudad le recordaba a Salamanca: también Coria se levantaba sobre un empinado talud, por encima de un río; también aquí había un puente de piedra que procedía de los tiempos de los hijos de Rómulo. Pero aquí terminaba el parecido. Coria no era un montón de edificios chatos de madera y chozas rápidamente construidas, separadas por establos y corrales, y amplios caminos lodosos en los que los cerdos buscaban desperdicios, sino una ciudad sólida, rodeada en toda su extensión por una muralla, hermosa como el nido de un pájaro, con casas de dos pisos, blancas por el encalado de sus paredes, y callejas empedradas y limpias. Al norte, donde se abría la puerta principal y la parte de la entrada era plana, al no estar protegidas las murallas por el talud natural, se levantaba el al-Qasr, con su alta torre cuadrada, de cuya cima asomaban el largo brazo de una catapulta y una delgada asta de la que colgaba la bandera del qa'id de Coria, del señor de la ciudad, vasallo del príncipe de Badajoz.
Habían llegado hacía un mes. El capitán conocía la ciudad, había pasado por allí unas cuantas veces trayendo caballos y ganado de Guarda, de camino a Córdoba. Uno de los posaderos de la amplia carretera que rodeaba la ciudad por el este y se dirigía luego hacia el puente, había reconocido al capitán, de modo que se habían instalado en el establecimiento de éste. El capitán podía hablar con la gente en el idioma de los moros. Era un hombre notable. Desde su llegada llevaba en la cabeza una faja como la de los moros, de manera que exteriormente apenas se lo podía distinguir de éstos.