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– Rezad a Dios -dijo Yunus- y permitid que yo intente ayudaros con los medios que Él ha puesto en nuestras manos.

El obispo lo estaba mirando fijamente. Las manos ya no le temblaban, pero seguían agarrando con firmeza a Yunus. De pronto, el obispo se dejó caer sobre los cojines, cerró los ojos, se llevó convulsivamente las manos al pecho e intentó respirar dando grandes y ansiosas bocanadas con la boca muy abierta. Yunus intentó procurarle algún alivio cogiéndolo de las axilas y sentándolo derecho. Los dos capellanes se acercaron rápidamente agitando las manos y murmurando oraciones, todavía llenos de desconfianza hacia Yunus, aunque indecisos por el hecho de que el obispo hubiera hablado tan íntimamente con él. Se quedaron junto al lecho, impotentes y preocupados, hasta que por fin pasó el ataque y el obispo pudo respirar con algo más de facilidad.

– Si he de ayudaros, tengo que examinaros -dijo Yunus-. ¿Me permitís que lo haga? ¿Me permitís que os haga unas pocas preguntas?

El obispo no parecía escucharlo. Yunus le cogió la muñeca. Tenía el pulso muy débil y terriblemente irregular.

– Cuando estáis acostado no podéis respirar, ¿verdad? Sólo podéis hacerlo estando sentado.

El obispo asintió débilmente.

– Y tenéis dolores en el pecho, una dolorosa presión. ¿Es así?

El obispo volvió a asentir.

– ¿Y dolores en las piernas? ¿Desde hace mucho tiempo? -El obispo quiso responder, pero Yunus se le anticipó-: No hace falta que digáis nada. Me basta con que me hagáis una seña. No debéis hablar; es demasiado esfuerzo para vos.

Yunus palpó con la mano debajo de la manta y confirmó lo que había temido desde el principio. Agua en las piernas, y el bajo vientre también bastante hinchado. Hydrops anasarca, y ya bastante avanzada. Por suerte aún no había agua en las partes superiores del cuerpo, y tampoco tenía fiebre. Pero el diagnóstico era bastante seguro, y lo confirmaba también la lengua cubierta de blanco: sobreabundancia de flema, de mucosidad. La mezcla de los humores corporales se había desplazado hacia lo frío y húmedo, y este desplazamiento estaba reforzado por la constitución ya por naturaleza flemática del enfermo y agudizado aún más por su avanzada edad, la estación fría y húmeda en que se encontraban y la mala alimentación, que había producido trastornos digestivos. Sobreabundancia de bilis negra, producida probablemente por un exceso de ayuno, unido a una mala alimentación. Es cierto que esto producía una disminución del componente húmedo, pero también una peligrosa intensificación del componente frío. La consecuencia de ello era un enfriamiento del corazón, que pasaba al pericardio y los pulmones. Esto ocasionaba una insuficiente combustión del aire respirado y, con ello, un suministro insuficiente de las neumas vitales que surgen de la combustión del aire. A esto se sumaba una insuficiente distribución de estas fuerzas vitales a través de la sangre de las arterias por todo el cuerpo, debida al debilitamiento del corazón. Es decir, que tanto el estómago como el corazón y los pulmones estaban suministrando una cantidad cada vez más insuficiente de lo caliente, que es el principio de la vida, y una sobreabundancia cada vez mayor de lo frío, que es el principio de la muerte. Una enfermedad mortal. Y el cuerpo del obispo estaba ya tan debilitado que quedaba completamente descartada la posibilidad de suministrarle algún medicamento medianamente fuerte. Yunus abrió su maletín. Llevaba muy pocos medicamentos. Tenía que averiguar si los monjes disponían de lo necesario para prepararlos. Tenía que hablar de la dieta con el cocinero del obispo. Tenía que convencer a los capellanes de que pusieran una camilla junto al lecho del enfermo para que, en caso de producirse una aguda falta de aire, pudieran al menos llevar al obispo hasta una ventana por la que entrara aire fresco. Tenía que hacer preparar urgentemente un determinado medicamento cardioestimulante para las crisis momentáneas del paciente. Se volvió hacia el obispo, que lo miraba con los ojos entornados.

– Os prepararé una tisana -dijo Yunus-. Un medicamento sencillo que os dará calor, y que sólo contiene pimienta blanca molida, nuez moscada y miel. -Le parecía importante informar bien al obispo para ganarse su confianza-. Mandaré que os preparen para la comida un pollo cocido en vino, si vuestro ayuno lo permite. También tendréis que comer pan de salvado remojado en salsa y, después, higos o ciruelas secos, para estimular la digestión. ¡Nada de pescado! ¡Nada de verduras ni de frutas, ni tampoco platos y bebidas fríos! ¿Tenéis dificultades para tragar?

El obispo sacudió la cabeza en gesto de negación.

– Buena señal -continuó Yunus-. Os prepararé para beber un jarabe con cinco partes de miel y una de vino, que beberéis disuelto en agua caliente. Y esto es lo más importante: ¡sólo comidas y bebidas calientes!

El obispo asintió con la cabeza, intentando sonreír, y, de repente, volvió a llevarse las manos al pecho y el rostro se le desfiguró por el dolor.

– ¡Dios mío, ayúdame! -dijo entre gemidos-. ¡Oh, Dios mío, esta terrible presión! ¡Es como si tuviera un demonio sentado sobre el pecho!

Yunus le acomodó la espalda.

– El medicamento que os traeré os aliviará -dijo Yunus intentando darle ánimos-. Pediré a Dios que os ayude.

Poco después, cuando Yunus y al-Balia salieron de la iglesia, el sol ya estaba muy cerca del horizonte y en la torre de la iglesia del monasterio sonaban las campanas de las vísperas. Yunus preguntó el camino a la cocina y empezó a andar con paso tan rápido que a al-Balia le costaba trabajo seguirlo.

– ¿Cuántos días crees que le quedan? -preguntó al-Balia sin rodeos.

– No lo sé -dijo Yunus. Su voz sonó malhumorada. Encontraba la pregunta inoportuna-. Si se queda en esa iglesia, cada día puede ser el último.

– ¿Estás seguro?

– Completamente seguro.

Al-Balia sujetó a Yunus de la manga, obligándolo a andar más despacio.

– ¿Qué podemos hacer, por el amor de Dios? No nos deja que lo saquemos de la iglesia, ¡ya lo has visto tú mismo!

– Debía de estar ya muy enfermo cuando empezó el viaje -dijo Yunus, pasando por alto la pregunta-. ¿Qué lo llevó a emprender el viaje? Me ha hablado de no sé qué tesoro que quiere conseguir para su iglesia de León. ¿A qué se refería?

– Se refería a un tesoro de su religión -contestó al-Balia-. Los huesos de una santa llamada Justa, o Justina. Una mártir de su fe de tiempos de los romanos, originaria de Sevilla. Los huesos fueron objeto de negociación entre el príncipe y el rey de León. Se trata de un deseo especial de la reina, que quiere adornar con esos huesos la catedral de León. Y, obviamente, también es un ferviente deseo del obispo.

– ¿Dónde está esa reliquia? ¿Dónde se encuentra? -preguntó Yunus.

Al-Balia se detuvo y, como siguió sujetando firmemente a Yunus de la manga, lo obligó también a detenerse.

– ¿Por qué lo preguntas? ¿Qué sabes del asunto?

– Lo pregunto, porque el obispo cree en el poder curativo de esa reliquia. Mientras más importante sea esa reliquia, mayor será su poder curativo. Sin duda, los huesos que quiere son muy especiales para él. Si esos huesos estuvieran en una iglesia más apropiada para el estado del obispo y si, tal vez, esa iglesia tuviera una habitación que se pudiera calentar, entonces quizá existiría la posibilidad de trasladar allí al obispo.

Al-Balia paseó la mirada sobre Yunus.

– Dios sabe que tienes razón. ¡Tienes muchísima razón! -dijo, desalentado, para luego añadir con desazón-: ¡Pero los huesos no están! ¡No están! Están perdidos o quizá ocultos, o han sido robados. Al parecer nadie sabe dónde están.