Выбрать главу

Yunus lo miró desconcertado y reemprendió la marcha a toda velocidad.

– Tengo que ir a Sevilla, tengo que encargar el medicamento para poder traerlo esta misma noche. -Y, en el mismo instante, preguntó-: ¿Cómo es que no están los huesos?

Al-Balia caminaba a su lado gesticulando con las manos y ya casi sin aliento.

– Antes te he dicho que formaban parte del contrato. Los españoles exigieron un tributo anual. Oficialmente, se dice otra cosa, pero en realidad se trata de un pago unilateral, sin recibir nada a cambio. Puro chantaje. Exigieron una suma desvergonzadamente elevada…

– ¿Cuánto?

– La cantidad es secreta, pero tampoco viene al caso ahora. Como sea, lo exigido era impensable. Nosotros intentamos negociar, pero el rey se mantuvo inflexible. Tenía con él a dos mil hombres armados, la mayoría a caballo. Nuestra posición era lamentable. Hasta que esos huesos entraron en la conversación. Nos enteramos de que la reina había encargado a su marido que trajera esos huesos de Sevilla. Ella es la heredera de la corona real de León y la señora de esa región. Don Fernando es conde de Castilla, y ha llegado al trono sólo gracias a su matrimonio con la reina. Con esto quiero decir que la reina posee una gran influencia en la corte de León. Esto nos dio por fin un arma.

Llegaron a la cocina, una pequeña construcción cuadrangular provista de una elevada chimenea adosada a la pared del edificio principal del monasterio. El maestro de cocina era un anciano no tonsurado, duro de oído. Yunus tenía que gritar para hacerse entender.

Al-Balia continuó contándole lo ocurrido, sólo que pasó del árabe al hebreo apenas entraron en la cocina.

– Ya me entiendes. Por fin, poseíamos algo con qué negociar. El príncipe había llevado consigo a Mérida al arzobispo de Sevilla. Esto resultó ser extremadamente útil en este caso. El arzobispo se negó a entregar los huesos de esa mártir romana. Consideró que la exigencia de sus colegas de León no era más que un intento de expolio. Ya puedes imaginar lo delicada que era la situación. Su obispo contra nuestro obispo, y nosotros en el papel de mediadores. -Al-Balia hablaba llevado por el entusiasmo. El recuerdo de las negociaciones parecía darle alas, como si él mismo hubiera desempeñado un papel importante en su beneficioso final-. El príncipe hizo al arzobispo de Sevilla algunas concesiones que no le costaban nada, como suprimir algunos impuestos que gravaban el tañido de las campanas, los desfiles de comitivas fúnebres y las procesiones. El arzobispo dejó de resistirse inmediatamente. Y las pretensiones del rey de León descendieron considerablemente.

– ¿Y por qué ahora, de repente, los huesos ya no están? -preguntó Yunus sin mostrarse impresionado, mientras trituraba pimienta y nuez moscada en un mortero.

– Ya no están, porque el arzobispo de Sevilla es un cabeza hueca -dijo al-Balia en tono sombrío. El entusiasmo se le había pasado-. No podía guardarse todo para sí, tenía que pregonar a los cuatro vientos los grandiosos beneficios que había conseguido para su comunidad. El abad del monasterio de Santa Justa, en el que se encontraban los huesos, se enteró del pacto. Y sus monjes hicieron desaparecer la reliquia.

– ¿Lo sabe don Alvito? -preguntó Yunus. Era la primera vez que empleaba el nombre del obispo.

– No, claro que no.

– ¿Y el príncipe?

– Tampoco -dijo al-Balia-. Sólo Ibn Zaydún, el hadjib. Ha concertado una cita para mañana por la mañana. Con el abad y el arzobispo de Sevilla.

– ¿Estarás tú presente?

– Estaré.

– ¿Y qué pensáis hacer? ¿Coaccionar al abad?

– No -dijo al-Balia-. Eso no será posible mientras la embajada española esté aquí. Tampoco será necesario. Dejaremos todo en manos de los cristianos. O el arzobispo entrega los huesos de santa Justa, o tendrá que buscarles algún reemplazo.

– ¿Qué tipo de reemplazo?

– Alguna otra reliquia del mismo valor -dijo al-Balia. Y, ante la mirada interrogante de Yunus, añadió-: Por ejemplo, los huesos de San Isidoro.

– Eso no lo permitirá nunca -dijo Yunus convencido-. ¡Tú no sabes lo que significa San Isidoro para los cristianos de esta ciudad! San Isidoro ha sido el obispo más grande de Sevilla, el sabio más grande la cristiandad andaluza. ¡Es el santo patrono de la ciudad!

– Puede ser -respondió tranquilamente al-Balia-. Pero dejemos la decisión al arzobispo. Puede elegir libremente.

– ¿Y hasta cuándo tiene de plazo para decidir? -preguntó Yunus.

– Hasta mañana -contestó al-Balia.

– Está bien -dijo Yunus y, sin dar más vueltas al asunto, volvió al comienzo de la conversación-: Entonces preocúpate de que la reliquia, sea cual sea, vaya a parar a una iglesia como la que te he descrito antes. Y, a ser posible, manda que trasladen allí a don Alvito esa misma noche. AI-Balia examinó fugazmente a Yunus desde debajo de sus cejas enarcadas. Luego su rostro empezó a relajarse, cogió a Yunus amistosamente del brazo y dijo con una amplia sonrisa:

– Eso es precisamente lo que haré, Yunus ibn al-A'war.

Yunus había añadido a la masa de miel, pimienta y nuez moscada un poquito de aceite, para rebajar un tanto el picante de la pimienta, y migajas de pan de salvado, para dar a la mezcla mayor consistencia. Ahora estaba ocupado formando pequeñas píldoras redondas con la espesa masa.

Rozó a al-Balia con una mirada de reojo y vio que el joven rabino aún tenía la misma sonrisa de complacencia en los labios: Isaak al-Balia, el agraciado diplomado.

– Te has ganado una buena posición aquí en Sevilla -dijo Yunus sin volverse hacia al-Balia-. ¿Tienes pensado volver a Granada?

Al-Balia cogió una de las píldoras ya terminadas y la hizo girar entre sus dedos pulgar e índice.

– Y esta píldora, ¿me haría bien también a mi? -preguntó, hablando otra vez en árabe.

– Mal no te puede hacer -dijo Yunus-. Si estás cansado, te puede ayudar a seguir adelante.

– No estoy cansado -dijo al-Balia, mostrando los dientes-, nada cansado. -Se metió la píldora en la boca y, mientras la chupaba, añadió como de pasada-: En Granada, el clima es mejor que en Sevilla. Mucho mejor.

– ¿Te refieres al clima atmosférico?

– Al atmosférico. Sobre todo, al atmosférico.

– Pero hay demasiados judíos, ¿eh? Y el primer lugar ya está ocupado por uno de ellos, que tiene por delante al menos tantos años como tú -dijo Yunus sin malicia.

Al-Balia lo miró de reojo. Ya no sonreía.

– De momento acompañaré a la embajada española de regreso a León y, por encargo del príncipe, tomaré parte en la reunión de la corte que celebra el rey en León por el día de Navidad -dijo en tono inusualmente formal. Luego empezó a rodear la mesa en la que estaba trabajando Yunus, hasta quedar justo frente a él, y añadió con voz indiferente-: Quizá quieras acompañarme.

Yunus lo miró desconcertado. Estaba francamente asustado.

– Eso no, Isaak -dijo-. ¡Eso no! No me pidas eso.

Al-Balia respondió a su mirada, pero no dijo nada más. En su rostro estaba marcado el esbozo de una sonrisa.

Más tarde, la noche de ese mismo día, Yunus escribió en su diario:

Acabo de llevar a Karima, nuestra pequeña, a la cama. He rezado con ella la oración de la noche. Después le he hecho una pregunta. En hebreo (por algún motivo, estaba distraído). Ella me ha contestado en hebreo. Le he hecho otra pregunta. Ella ha vuelto a contestarme en hebreo. Está con nosotros desde hace tres meses y nadie sospechaba que hablaba hebreo. Le he preguntado quién se lo había enseñado. Su padre, dice. Su padre, el encuadernador. Por lo visto, no sólo encuadernaba los libros que le llevaban, sino que también los leía. Tal vez leía demasiado, y por eso murió en la pobreza. Pero dejó una buena herencia a Karima. Todo este tiempo me he estado preguntando cómo es que adelantaba con tanta rapidez en las clases de lectura y escritura. Creo que ahora sí que la enviaré a la escuela.