– Así es. Estaba vacío, a pesar de que ninguna criatura viviente lo había tocado. Ni el abad, ni los hermanos. Están dispuestos a jurar que ninguno de ellos ha tocado el relicario.
– ¿Están dispuestos a jurarlo? -preguntó don Alvito, incrédulo.
– Están dispuestos a jurarlo sobre el altar de la santa -respondió el arzobispo con voz firme. Estaban de pie uno frente al otro, a un brazo de distancia, mirándose fijamente, como si cada uno hubiera apostado que él no sería el primero en desviar la mirada.
Unos instantes de silencio, de tenso silencio en la altísima nave de piedra de la iglesia, débilmente iluminada por tan sólo dos cirios del altar. Lope se acurrucó aún más en el rincón. Lo embargaba un miedo paralizador de que el arcediano pudiera descubrirlo. Siempre que se topaba con aquel hombre macilento y terriblemente estricto sentía temor.
Finalmente volvió a oírse la voz de don Alvito:
– No encuentro ninguna explicación -dijo lentamente, tomando aire después de cada palabra-. Si no fue la santa mártir Justa la que se apareció a nuestra señora, la reina, entonces ¿quién fue? -Se volvió en busca de ayuda hacia el crucifijo que colgaba sobre el altar, en el centro del retablo-. ¿Es posible que nuestra reina, cegada y subyugada por el resplandor de la aparición, haya pensado que tenía frente a ella a la santa mártir, mientras que en realidad no era Santa Justa sino algún otro? ¿Se puede explicar así esta innegable contradicción?
El arzobispo levantó los brazos en gesto de rechazo, pero don Alvito no se dejó interrumpir:
– La reina dijo que la aparición tenía en la mano una rama o una vara. ¿No podría tratarse de un bastón de pastor, del bastón de pastor de un obispo?
– ¡Hermano en Cristo! -lo interrumpió el arzobispo con la voz temblorosa de excitación.
– El báculo de un santo obispo -añadió don Alvito, imperturbable.
El arzobispo se acercó tanto a don Alvito que éste ya no pudo hacer como si no lo viera.
– ¡Don Alvito! -dijo, sumamente excitado-. Ayer estuvimos de acuerdo ante el hadjib del príncipe en que éste no era tema de negociación.
– Ayer todavía no sabíamos que el relicario de Santa Justa había reaparecido, pero no sus santísimos huesos -dijo don Alvito con fría dureza.
El arzobispo lo cogió del brazo.
– Hermano -dijo suplicante-, como siervo del Señor y siervo de su Iglesia no puedes pedirnos algo que no podemos darte. No puedes cargar sobre tu conciencia el peso de llevarte al protector de nuestra fe, al piadoso santo que nos ampara en nuestras necesidades; no puedes llevártelo de esta ciudad, que fue la suya, de esta iglesia, que fue la suya, de esta tumba, en la que descansa desde que Dios tuvo a bien llamarlo a su lado. No, no te atreverás, hermano.
Lope vio que el arzobispo miraba fijamente el altar, donde había un cofre dorado guarnecido con piedras preciosas. Y comprendió a qué se refería el arzobispo. Al anochecer, tras su llegada a la iglesia, el arzobispo y don Alvito habían celebrado una misa y habían sacado de la cripta, en procesión solemne, un relicario dorado que habían colocado luego sobre el altar. El relicario de San Isidoro. Don Alvito había anunciado en su sermón que la noche anterior San Isidoro se le había aparecido en sueños y había aliviado milagrosamente su enfermedad. Gracias a la mano bendita de San Isidoro había podido abandonar su lecho de enfermo. Sólo gracias a la intercesión del santo ante Dios estaba nuevamente en condiciones de decir una misa.
También ahora se mantenía en pie muy erguido, como si la enfermedad lo hubiera abandonado por completo. Su respiración era serena y su voz sonó firme cuando contestó al arzobispo:
– ¿Cómo iba a atreverme a pediros algo que no queréis entregar libremente y de todo corazón tú y los sacerdotes de tu iglesia y la gente de tu comunidad? -dijo don Alvito en tono solemne-. ¿Cómo iba a atreverme yo, un humilde siervo de nuestro Señor y un miserable pecador ante sus ojos? ¡Cómo podría atreverme! -Hizo la señal de la cruz, se inclinó ante el altar y se quedó así unos instantes, como si estuviera rezando una oración. Permaneció un largo rato en silencio, contemplando el relicario dorado. Después se levantó de repente y continuó, en tono de sermón-: Pero ¿cómo voy a callar, cuando el propio santo quiere que hable? Cuando él mismo me ha hablado por boca de la reina, nuestra señora. ¿Cómo voy a callar, cuando él mismo nos ha dado una señal para advertirnos que el mal se cierne sobre él y sobre todos los cristianos de esta ciudad…?
– ¿Qué señal? -gritó el arzobispo, furioso-. ¿Qué señal?
Don Alvito fingió que no lo oía y gritó aún más fuerte para acallarlo:
– ¿No tengo acaso que levantar la voz, si su santísimo cuerpo, que tanto amamos, corre peligro en la capital de los paganos? ¿No tengo acaso que prestarle ayuda, si me da una señal de que la paz de su tumba está amenazada por los apóstoles del anticristo?
– ¿Qué señal? -gritó el arzobispo-. ¿Qué señal?
Don Alvito no lo oía, no lo veía. Se sacudió de encima la mano que le tiraba de la manga.
– ¡Oremos, hermanos! -chilló con voz de falsete-. Oremos para poder reconocer la señal que nos dará. Oremos, hermanos. -Se arrodilló ante el altar y empezó a rezar. Sus dos capellanes se arrodillaron a su lado y el arcediano se quedó de pie detrás de él, como un gran ángel negro. Don Alvito rezó. Su voz potente y penetrante resonaba en la bóveda. Hablaba en latín, Lope no podía entender lo que decía. Tan sólo lo oía invocar una y otra vez el nombre del santo:
– ¡Sancto Isidoro! ¡Sancto Isidoro!
Y los capellanes contestaban a coro:
Te rogamus. ¡Audi nos!
El arzobispo se quedó indeciso al pie de los peldaños que llevaban al altar. Luego se dirigió hacia su gente, que esperaba al otro lado de la barandilla del coro. Habían llegado otros tres hombres, sin que Lope lo advirtiera. Todos llevaban sotanas negras iguales a la del arzobispo. Los hombres se dirigieron al arzobispo gesticulando con vehemencia, juntaron las cabezas para cuchichear, miraron, con todos los síntomas de estar furiosos, hacia don Alvito, que seguía rezando en voz alta, arrodillado ante al relicario.
Don Alvito se levantó de repente y, extendiendo los brazos hacia el relicario y pasando nuevamente del latín al español, dijo en voz muy alta:
– Y abramos el cofre, hermanos míos, el venerabilísimo cofre que contiene los huesos del más bendito y santo de todos los obispos. Abramos el receptáculo que contiene sus restos mortales, para que nos dé una señal. ¡Una señal, hermanos! ¡Una señal!
Por un momento, el arzobispo pareció como petrificado, incapaz de moverse, mientras que don Alvito, apoyándose en sus capellanes, tiraba con fuerza de la tapa del cofre. Y levantó la tapa. Lope pensó que rugiría un trueno y que un rayo caería sobre él, testigo profano y oculto de un acto tan sagrado, y cerró los ojos. Pero no ocurrió nada. Ni rayos ni truenos, tan sólo la voz potente y penetrante de don Alvito, y cuando volvió a abrir los ojos vio que el obispo levantaba el brillante paño verde y dorado que cubría el contenido del relicario. Una nube de polvo quedó flotando a la luz de los cirios, y entonces vio también los huesos. Huesos marrones, grises por el polvo. Costillas, fémures, huesos innominados, unos encima de otros, y en el centro la calavera, con los dientes amarillentos, las cavidades de los ojos vacías y rígidas.
Don Alvito contempló los huesos con mirada extática y continuó rezando sus letanías, introduciendo entre cada frase una invocación a San Isidoro. El arzobispo seguía inmóvil junto a él, con los brazos a medio levantar, sin saber exactamente qué hacer. Sus capellanes intentaban arrancar de las manos a los capellanes de don Alvito la tapa del relicario, en una extraña lucha disimulada y muda, casi inmóvil, una lucha sostenida sólo con las manos, que se reemprendió una y otra vez hasta el final de las letanías, sin que ninguna de las dos partes consiguiera una ventaja decisiva.