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– ¿Quién ha ordenado eso?

– Nadie lo sabe, sólo hay rumores. Uno de los khisyán afirma que la guardia se ha duplicado por orden de la Gallega. Pero yo no estoy segura.

– ¿Por orden de la Gallega? -repitió Ibn Ammar, pensativo, y asintió-. Has cumplido bien con tu parte. -Al ver los ojos interrogantes de la muchacha dirigidos hacia él, añadió antes de darse la vuelta para marcharse-: Ten paciencia. Él está bien. Te traeré noticias suyas. Pronto. -Le había prometido reunirla con el sabí como recompensa por sus servicios. Le costaba trabajo mantener su mirada, no tenía ni la más remota idea de cómo podría cumplir su promesa.

Cuando volvió al salón, el enano colgaba, indefenso, cogido entre las nalgas de las dos negras. Sus cortas piernecillas pataleaban en el aire. El príncipe y sus amigos se retorcían de risa. Ninguno parecía haber notado la ausencia de Ibn Ammar.

Pensó en la Gallega. Lo había complicado todo. Sin ella hubiera sido tan sencillo: una concubina ambiciosa, un mozo más o menos parecido al príncipe heredero, al que después se hubiera hecho desaparecer, un khasi sobornable en el harén del palacio. Y la Gallega habría tenido su milagro, el nieto que tanto deseaba, el heredero de su poder. Pero la vieja sayyida no quería tenerlo tan fácil. No, no por un camino tan llano.

Había recibido a Ibn Ammar en su castillo de Aledo, un agreste nido rocoso en las montañas, a un día de camino al oeste de Murcia, por encima de la carretera que conducía a Lorca. Allí, Ibn Ammar le había hablado de Seth, el egipcio, y de sus cálculos y de las constelaciones favorables que esperaban a su hijo. Ella se había mostrado extremadamente desconfiada.

– ¿Qué has planeado, muchacho? ¡Dime qué es lo que has planeado!

Él le había explicado sus planes: la fiesta, las actuaciones que prepararían al príncipe para el acontecimiento decisivo, para que hiciera el amor en la primera hora del día, que según las predicciones del astrólogo sería tan fértil.

Esto no había hecho más que aumentar su desconfianza.

– ¿Crees en las cosas que dice ese charlatán egipcio?

– Quizá sea un charlatán, pero ha presentado un escrito con el sello del emperador Constantino Monómaco, en el que se confirma que muchas de las predicciones que hizo en la corte de Constantinopla se han cumplido.

– Pregunto qué piensas tú de él.

– Yo sólo sé que vuestro hijo cree en él, sayyida. Dios conceda que se cumpla su deseo, que es también el vuestro. Vuestro hijo cree en esas predicciones, está seguro de que son ciertas. ¿No es eso más importante que lo que yo opine? ¿No es ése el mejor punto de partida para ese importante día, para esa hora decisiva?

– Un buen punto de partida para un milagro, ¿eh? -había contestado ella con sarcasmo. Y luego había puesto sus condiciones: nada de concubinas, nada de esclavas recién compradas, tenía que ser una de las mujeres principales; nada de embarazos fortuitos, tenía que ser un hijo nacido de una cópula oficial; nada de asuntillos secretos en el harén del palacio; todo abiertamente, ante testigos, bajo los ojos de hombres dignos de crédito, bajo la vigilancia del camarero mayor.

– Mi hijo tiene cuarenta años y no ha engendrado ningún niño. Si se produce ese milagro, tendrá que estar más allá de toda duda. No puede caer ni la sombra de una duda sobre la paternidad de mi hijo.

Ibn Ammar había intentado hacer alguna objeción, disuadiría de sus duras condiciones:

– Al-Hakam ibn Abderramán, que Dios lo bendiga, tuvo su primer hijo a los cincuenta años, sayyida. Y nadie ha puesto en duda su paternidad.

– Él era el califa de Córdoba, el soberano de toda Andalucía. Nadie se hubiera atrevido a dudar de su palabra.

– Nadie dudará tampoco de vuestra palabra, sayyida.

Ella lo había contemplado desde sus ojos viejos y cansados y le había cogido fuertemente la muñeca.

– Escúchame, muchacho -le había dicho-, tú has sido dueño de la atención de un príncipe al que admiro mucho. Quiero ser sincera contigo. Hay muchos que se inclinan ante mí, es verdad. Pero no hincan la rodilla ante al-Djilliki, la Gallega, sino ante la mujer del monarca, ante la madre del príncipe heredero. Yo no me hago ilusiones. Sé lo que ocurrirá cuando esté sola. -Lo había conducido hacia la delgada ventana que, desde el patio interior, daba a la gran muralla y los tejados de la pequeña ciudad que se extendía sobre el estrecho saliente de la montaña. Desde abajo llegaba el sordo golpeteo de las almádenas-. Como ves, he mandado reforzar las murallas de mi castillo de Aledo. Es sólo una medida de precaución. Los caminos del Señor son inescrutables. No temo por mí; me preocupo por los que me han sido fieles. -De pronto, había cogido a Ibn Ammar del cuello de su túnica, le había acercado la cabeza y, con el rostro del poeta a menos de un palmo del suyo, le había implorado con voz sofocada-: Dame ese nieto, Ibn Ammar, dame ese nieto.

Y él había comprendido que la aguda inteligencia de la Gallega no podía creer en un milagro, pero que deseaba ese milagro de todo corazón, hasta el punto de estar dispuesta a dejarse engañar, si era necesario. Sin embargo, esto sólo bajo unas condiciones que prácticamente excluyeran la posibilidad de un engaño. Y eso era precisamente lo que esperaba de Ibn Ammar: un engaño, tan finamente tejido que fuera imposible distinguir la puntada falsa; un engaño puesto en escena con tal refinamiento que nadie, ni siquiera ella misma, fuera capaz de advertirlo.

Entre tanto, ya se acercaba la mañana, y empezó la parte de la fiesta que debía llevar al príncipe a hacer el amor. El espacio libre que había frente a la tienda se llenó de animales que estaban bajo el signo de Venus y Júpiter. Muchachas y jóvenes mozos interpretaban el papel de los animales. Un pavo real pasó muy ufano, seguido por sus hembras. Tenía la corona adornada con lapislázuli y arrastraba tras de sí su larga cola de plumas, que abrió formando una rueda resplandeciente. Siguió una pareja de gacelas; el macho con la cabeza erguida y largos cuernos curvados. Luego entró un rebaño guiado por un carnero negro, representado por un sudanés alto y delgado. La chirimía apagó el sonido de los laúdes para entonar una lenta y pausada melodía pastoral. Una rana salió de un salto del bosquecillo de palmeras, una rana gorda y de enorme boca, cuya sedosa piel verde y brillante sin duda ocultaba a una mujer, gorda pero muy ágil. Otra rana, más pequeña y delgada, seguía a la anterior y daba altísimos brincos a su alrededor. Dos tórtolas se posaron en el borde del pozo y empezaron a picotearse. De pronto, empezaron a apagarse las luces alrededor del asiento de príncipe, una tras otra, hasta que finalmente sólo quedó iluminado el espacio dejado frente a la tienda. Y mientras la chirimía, acompañada por los laúdes, entonaba suspirantes y zalameros reclamos amorosos, los animales empezaron a girar unos en torno a otros, a bailar, a cortejar.

El carnero negro eligió una oveja de su rebaño; el pavo real mostraba solemnemente su celo a la pava; el palomo iba y venía junto a su paloma con pasitos cortos y la cabeza tirada hacia atrás; la rana pequeña desesperaba intentando trepar al lomo de su gorda hembra. Era un juego que Ibn Ammar había ideado años atrás, en Silves, para el joven príncipe Muhammad ibn Abbad. Aquella vez ellos mismos habían interpretado el papel del pavo real y el carnero, y habían imitado con las muchachas disfrazadas el juego amoroso de los animales, la delicadeza de las gacelas, el ridículo comportamiento ufano del pavo real, la bestial avidez del carnero, incapaz de decidir a cuál oveja de su rebaño montar primero. Esta vez se trataba sólo de una representación estilizada, de una insinuante puesta en escena con el fin de poner al príncipe heredero en el estado anímico oportuno.

Cada pareja salía al primer plano, mostraba sus galanteos, se retiraba para dejar paso a la siguiente pareja y luego volvía a acercarse, continuando el ritual del acercamiento y el rechazo y el nuevo acercamiento. Manos invisibles apagaban las lámparas, oscurecía poco a poco, como si estuviera cayendo la noche, mientras ahora la gacela macho pasaba por tercera vez al primer plano y dejaba ver que llevaba un balanceante falo de marfil.