Se colocó en línea junto a los dos amigos del príncipe, que habían ocupado sus posiciones detrás de la puerta para esperar la llegada de la sayyida. Las alas de la puerta se abrieron de golpe, los centinelas hicieron el saludo y la sayyida entró envuelta en una nube de perfume y sudor de caballo, con pasos rápidos y cortos, pequeña, muy erguida, como de costumbre sin velo, acompañada sólo por su escolta negro. Ibn Ammar levantó la mirada al sentirla pasar rápidamente a su lado, y, por un brevísimo instante, vio los ojos de la sayyida dirigidos hacia él con una mirada en la que se mezclaban asombro, desconfianza y recelosa expectación.
Luego el camarero mayor dio la señal para que los convidados dejaran solos al príncipe heredero, su madre y la madre de su hijo. Y salieron del salón.
Ibn Ammar pasó el resto del día solo en sus habitaciones. Se acostó y durmió de un solo tirón hasta muy entrada la tarde. Poco antes de la puesta de sol llamaron a su puerta. Era un criado de palacio acompañado de una mujer que llevaba un oscuro velo de viaje. Ibn Ammar la reconoció al primer vistazo, a pesar de que su rostro estaba completamente oculto tras el velo. Era Nardjis, la qayna.
El príncipe heredero, en su incomparable bondad y generosidad, se la había regalado a Ibn Ammar, explicó el criado haciendo una reverencia especialmente pronunciada.
19
Terminaba la tercera hora de la noche y Yunus estaba a punto de acostarse, cuando un criado del obispo fue a buscarlo con la mayor urgencia. Don Alvito lo había mandado llamar. El obispo se hallaba al borde de la muerte, ya había recibido la sagrada comunión y ahora estaba expresando sus últimos deseos.
A Yunus esto no lo cogió por sorpresa. Ya en Zamora había temido que el obispo no sobreviviera a la noche. El estado del enfermo había empeorado día a día desde que dejaron Sevilla. En Mérida, la lengua y el paladar se le habían inflamado tanto que ya sólo podía ingerir líquidos, y desde Salamanca padecía también una terrible diarrea. Durante los últimos días, Yunus había insistido una y otra vez en la necesidad de hacer una pausa en el viaje. Había hablado con los capellanes y canónigos. El día anterior, en Zamora, se había dirigido incluso a don Jimeno, el arcediano, y le había hecho ver el fatal empeoramiento del estado de la enfermedad del obispo.
– El eminentísimo señor obispo no llegará con vida a León si no hacemos una pausa. Yo, como médico, no puedo responsabilizarme de que continúe el viaje mañana.
El arcediano lo había mirado con frialdad.
– ¿Te atreves a predecir la hora que está determinada a nuestro señor, el obispo, y que sólo Dios conoce?
– No predigo la hora de su muerte. Sólo afirmo que, a juzgar por mi experiencia como médico, el obispo no vivirá más de dos días si no interrumpís el viaje.
– Es deseo del propio obispo llegar a León tan pronto como sea posible. Él mismo insiste en que nos demos prisa.
– Entonces vuestro deber es disuadirlo. Si quiere volver a ver su catedral, tendrá que hacer una pausa mañana mismo.
– El obispo está bajo el amparo de nuestro Señor Jesucristo, lo que le ocurra será la voluntad de Dios -había contestado el arcediano con voz de indiferencia y señalando la puerta a Yunus con un ligero movimiento de la mano.
A la mañana siguiente habían reemprendido la marcha con las primeras luces del alba. El obispo viajaba en la silla de manos, acarreada por los gigantes negros de Ibn Eh.
Yunus recordó la conversación que había sostenido con Isaak al-Balia inmediatamente después de hablar con el arcediano. Había puesto al corriente al joven rabino de su entrevista con el arcediano y le había informado del extraño hecho de que en los últimos días se le había prohibido más de una vez acercarse al lecho del enfermo.
– ¿Qué otra cosa esperabas de un hombre que se entera por un médico digno de confianza de que dentro de un par de días tendrá libre el camino hacia la silla episcopal? -le había contestado al-Balia con una sonrisa cargada de sarcasmo-. ¿Quieres que él mismo se cierre el camino que ya tiene abierto?
– ¿Cómo lo sabes? -había preguntado Yunus.
– Sólo sumo los hechos. El arcediano es el primer hombre después del obispo, su sucesor natural. Además, don Jimeno pertenece a una de las familias más importantes del reino de León. Y, en caso de que el obispo muera antes de que lleguemos a la capital, también será el primero en enterarse de su muerte. Una ventaja incalculable para un hombre que aspira a sucederlo. Con la noticia de la muerte del obispo, no tendrá problemas en ser recibido en audiencia por el rey, y podrá ser el primero en presentar su propuesta. Podrá prometer montañas de oro a los canónigos, antes de que los otros aspirantes se hayan enterado siquiera de que la temporada de caza está abierta. Ganará una ventaja decisiva.
Por la noche, toda la embajada había hecho alto en un monasterio; también el castellán de Zamora, quien se les había unido con sus hombres porque quería participar en la reunión de la corte del rey de León. Sólo la mesnada de don Alvito había seguido cabalgando una buena hora más, hasta llegar a una aldea que pertenecía al obispado de León. Al entrar en la aldea, al-Balia había señalado una dehesa y a los caballos que pastaban en ella.
– Mira esos caballos. No parece que puedan pertenecer a los campesinos de esta aldea.
En efecto, los caballos no parecían jamelgos campesinos. Eran corceles bien alimentados y de largas piernas, veloces caballos de silla capaces de dejar atrás en dos días el trecho que quedaba hasta León.
Luego habían llevado al obispo a la iglesia del pueblo, previamente calentada con braseros y piedras calientes por recomendación de Yunus. Allí fue llevado a toda prisa por el criado.
El obispo yacía en su lecho, cubierto por un hábito marrón oscuro. Le habían puesto la estola alrededor del cuello y una gran cruz de plata encima del pecho. Tenía las manos sobre la cruz, las palmas untadas con ceniza. Doce cirios ardían en el altar, detrás de él. El relicario de San Isidoro, a sus pies, estaba abierto, y el resplandor de los cirios se reflejaba en el brocado que al-Mutadid había extendido sobre los huesos con un desvergonzado gesto de desesperado dolor por la separación, en el momento de despedir a la embajada cristiana. Todos los hombres de la mesnada se habían reunido en torno al lecho de muerte.
Yunus se quedó a cierta distancia del altar. El arcediano estaba agachado junto al enfermo, con la oreja inclinada hacia don Alvito; los dos capellanes estaban a su lado, escribiendo en tablillas de cera lo que el arcediano leía en los labios del obispo y repetía en voz alta. Se trataba de donaciones y obsequios hechos por el bien de su alma, según podía entender Yunus. El monto de la limosna que cada uno de sus colegas debía repartir en su nombre según cierto tratado, el número de misas de réquiem que debía celebrar por él cada sacerdote y cada diácono de su obispado, el número de misas que debían celebrarse en el altar mayor de la catedral, bajo cuyos peldaños quería ser enterrado, la suma de dinero que debía repartirse entre los pobres en su nombre a las puertas de la catedral, el número de panes, el número de escudillas de sopa y el número de días que debían repartirse después de su entierro. Los capellanes garabateaban con precipitado ajetreo en sus tablillas, el obispo parecía temeroso de que no le quedara tiempo suficiente para mencionar todas las limosnas.