El rey convocó oficialmente la reunión de la corte con el pretexto de su sexagésimo aniversario. Acudió toda la nobleza de Castilla, León y Galicia. Cuando los barones y príncipes de la Iglesia estaban reunidos, el rey los sorprendió a todos presentando un plan preparado de antemano para reglamentar la sucesión y obligándolos a prestar juramento de fidelidad a sus hijos como futuros soberanos. Esta maniobra entusiasmó a los importantes señores del Consejo de Ancianos de la ciudad. En cambio, la forma de la sucesión les ha parecido más bien desafortunada.
El rey ha dispuesto que, a su muerte, el reino no pase a manos de su hijo mayor, don Sancho, sino que sea repartido. Don Sancho recibirá únicamente la tierra natal de su padre, Castilla, mientras que el reino de León pasará al segundo hijo del rey, don Alfonso, y Galicia a su tercer hijo, don García.
En el Consejo de Ancianos están convencidos de que habrá guerra apenas muera el rey. Y la marcha del príncipe, este mediodía, es ya un primer indicio en favor de esa opinión. Don Sancho ha rechazado el plan de división del reino desde el primer momento. Basándose en el derecho de primogenitura de los antiguos reyes visigodos de Toledo, ha reclamado para sí todo el Reino. Sus hermanos, por el contrario, mantienen que nadie puede apelar a ese derecho mientras Toledo continúe en manos de los moros. Como sea, el germen de la guerra civil ya está sembrado.
Ibn Eh ve esto como un presagio esperanzador. Dice que mientras más luchen entre sí en el norte, más tranquilos estaremos en Andalucía. Además, opina que debemos rezar para que el rey no viva mucho tiempo más. El potencial de guerra que ha demostrado en León es terrorífico. Una terrible amenaza mientras se encuentre reunido en una misma mano.
Se afirma que el rey empleará su poderío militar contra Coimbra la próxima primavera. Según opina Isaak al-Balia, esto augura un nuevo tipo de política de conquista frente a Andalucía. Por deseo del rey (o por exigencia suya, lo que viene a ser lo mismo), el príncipe de Badajoz habría determinado que el pequeño conde independiente Sisnando ibn David, quien de niño vivió mucho tiempo en Sevilla y era amigo de confianza de nuestro príncipe, sea nombrado tenente de Coimbra. Oficialmente se convertirá así en vasallo del príncipe de Badajoz, pero de facto es vasallo del rey de León. Y es también el rey quien lo ayudará con su potencial militar a acceder al cargo. Pues, como es natural, la ciudad se niega a reconocer como nuevo tenente a don Sisnando, quien en realidad es un hombre del rey.
AI-Balia estaba visiblemente asustado cuando me contaba todo esto. Como embajador, visita constantemente en la corte, de modo que está muy bien informado. El nasí le dará una recepción mañana, sabbat.
Precisamente ahora escucho venir a Ibn Eh. Está de un humor magnifico. En Sevilla tuvo la genial idea de ofrecerle al obispo enfermo sus gigantes negros para que cargaran su silla de manos, lo que le ha ahorrado pagar tanto la aduana de salida de Sevilla como la de entrada en León. Ahora ha regalado uno de esos negros a cada una de las dos hijas del rey (al parecer la más joven, doña Elvira, tiene un apetito de hombres insaciable). A cambio, ha obtenido un salvoconducto que le garantiza alojamiento en todos los monasterios del reino (¡a un judío andaluz!), y entre tanto ha encontrado a otros cuatro clientes de la alta nobleza que están dispuestos a pagar mucho dinero por un guardaespaldas negro. El viaje ya se ha pagado solo, dice. Pasado mañana parte para Francia. Yo emprenderé el camino de regreso a Sevilla dentro de tres días, junto con al-Balia. Que Dios sea nuestro rafiq.
Los señores del Consejo de la comunidad se veían todos muy dignos, muy piadosos, muy venerables en sus negros hábitos de oración. Yunus no había visto nunca antes una religiosidad tan lóbrega y celosa como ésta de sus hermanos de fe de León. Parecía como si en el sabbat les estuviera prohibido incluso reír. No había punto de comparación con los judíos de Sevilla o de cualquier otro lugar de Andalucía.
Yunus había notado esta diferencia inmediatamente después de su llegada. Hoy, sabbat, era aún más patente. Plegarias interminables, charlas religiosas sin final previsible. Yunus lamentaba que no estuviera allí al-Balia, con su sentido del humor y sus agudas bromas. Como embajador del monarca de Sevilla, había tenido que acudir a un banquete dado por don García, el hijo menor del rey, y Yunus no lo esperaba hasta la tarde. Pero probablemente ni siquiera él conseguiría sacar una chispa a esa avinagrada reunión.
Desde la oración del mediodía, las conversaciones giraban, sobre todo, en torno al nuevo obispo. El rey había dado a conocer su elección esa misma mañana: don Jimeno, el arcediano, el hijo del conde de Bierzo. Como se esperaba. Como se temía. Todos lamentaban la pérdida del viejo obispo. Todos los miembros de la comunidad habían salido a la calle cubiertos de ceniza, lanzando ayes y lágrimas, cuando el cuerpo de don Alvito fue llevado en andas a través de la ciudad, hasta la catedral.
– ¡Un señor bueno, un señor compasivo, un señor justo! ¡Dios se apiade de su alma!
La mitad de la comunidad judía de León era vasalla de doña Sancha, la reina; la otra mitad, del obispo de la ciudad. La reina siempre había seguido el consejo del obispo, y el obispo siempre había sido accesible, pues siempre había necesitado dinero para construir su catedral. La comunidad judía había comprado a don Alvito el derecho de ampliar la sinagoga, habían regateado con una prohibición de la misión judía y, a cambio de mucho dinero, habían conseguido incluso que aboliera aquel maldito acuerdo del concilio de Constanza que, trece años atrás, había prohibido a todos los cristianos del reino dormir bajo el mismo techo que un judío y sentarse a la misma mesa que él.
Ahora se planteaba la inquietante pregunta de si el nuevo obispo ratificaría estos derechos tan costosamente adquiridos. Y cuánto pediría por hacerlo.
– ¡Que el Señor, en su infinita bondad y misericordia, se apiade de nosotros!
Entró un criado anunciando la llegada de al-Balia. Los ancianos se colocaron en los lugares que les correspondían y el nasí extendió los brazos para saludar al convidado de honor. Al-Balia entró como una ráfaga de viento. Se detuvo en la puerta. Miró a su alrededor. Pasó junto al desconcertado nasí y se dirigió directamente hacia Yunus. Lo cogió del brazo y le dijo:
– ¡Tienes que marcharte! ¡Tienes que salir inmediatamente de la ciudad! -Antes de que Yunus pudiera hacerle alguna pregunta, añadió echando un rápido vistazo a su alrededor-: ¿Dónde está Ibn Eh?.Rápidamente se dirigió hacia donde se encontraba éste.
El nasí, revoloteando inquieto detrás de al-Balia, preguntó:
– Por la misericordia de Dios, ¿qué es lo que pasa?
– ¡Perdonadme! Os lo explicaré todo hermanos, en seguida -dijo al-Balia levantando los brazos. Y, dirigiéndose a Ibn Eh, añadió en voz baja pero penetrante-: ¿Cuánto puedes tardar en preparar una mula? ¿Y a un hombre de confianza?
Yunus, a su lado, seguía sin poder hacer nada ni formular una pregunta. Ibn Eh ya estaba en camino hacia la puerta. Al-Balia estaba ahora con el nasí, rodeado por los ancianos.
– Tenemos que difundir la noticia de que Yunus se marchó ayer… a Sevilla… recibió una mala noticia… su padre está al borde de la muerte… sí, su padre. -Sin parar siquiera un momento para tomar aliento, dijo dirigiéndose a Rubén ben Meir, el médico en cuya casa se alojaba Yunus -: Es posible que vayan a tu casa a hacer preguntas. Ya puedes tener cuidado de dar siempre las respuestas correctas, sea quien sea el que te interrogue.
Finalmente, Yunus se interpuso entre los dos y, tirando de la manga de al-Balia, preguntó:
– Isaak, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que pasa? ¿Quién dice que me tengo que marchar?
Silencio absoluto. Todas las miradas dirigidas hacia al-Balia. Y al-Balia miró tranquilamente a los ojos de Yunus y dijo: