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Cuando esa mañana del viernes, que debía ser el primer día de sus vacaciones, entró detrás del príncipe heredero en el madjlis de la parte vieja del al-Qasr, en el que tendría lugar la recepción del qa'id, Ibn Ammar se sentía como liberado.

Eh gran salón cubierto por una cúpula estaba lleno a rebosar. Hassún ibn Tahír había puesto como condición que él fuera el último en llegar, inmediatamente después de su padre, el qa'id. Muhammad, el hermano menor, ya estaba allí, sentado en el lugar dispuesto para él, a la izquierda del cojín elevado preparado para eh qa'id. Pero mientras los otros invitados se levantaron para saludar al príncipe heredero, él fue el único que se quedó sentado, hojeando unos papeles, como si no hubiera advertido la entrada de su hermano. No se levantó ni siquiera cuando el príncipe heredero había entrado ya hasta mitad del salón. Por unos instantes pareció como si estuviera pensando lanzarle un desafío abierto. Pero entonces, cuando ya todos contenían la respiración, se puso de pie de un brinco, se acercó radiante a su hermano, lo abrazó, se disculpó extensamente por no haber estado atento y volvió a su lugar. Una comedia fríamente calculada. A ninguno de los que llenaban el salón se le escapó con qué indecisión había reaccionado el príncipe heredero a la afrenta.

La escena tampoco se le había escapado a Ibn Ammar. Lo había puesto nervioso, como una lejana señal de alarma. Nunca antes había visto juntos a los dos hermanos. Difícilmente podía imaginarse que pudieran ser más distintos el uno del otro. Muhammad era pequeño, delgado, enjuto, casi raquítico. Hassún, en cambio, alto, pesado, blando y fláccido. Una comadreja y un conejo, pensó Ibn Ammar. La comparación le pareció desagradable.

El qa'id entró sin ser anunciado por una puerta oculta en una de las hornacinas de la pared. Caminaba doblado y con las piernas rígidas, y el hombre que le sostenía la sombrilla iba tan cerca de él que podía sujetarlo de ser necesario. Tenía el rostro desencajado, como si sufriera terribles dolores; sus ojos estaban enrojecidos, y la piel, transparente como pergamino.

Ibn Ammar lo veía por primera vez, y quedó sorprendido por el gran parecido con su hijo menor, visible a pesar de todos los rastros dejados por el envejecimiento. Los mismos dientes saltones, la misma cara afilada de nariz puntiaguda, la misma delgadez. Resultaba fácil comprender por qué el qa'id a veces había preferido a su hijo menor. Muhammad era su vivo retrato y, al parecer, no sólo en el aspecto externo.

No obstante, ahora, durante la recepción, el qa'id dejó ver sin sombra de duda que su primogénito sería su sucesor. Lo dejó claro no sólo con las muestras de respeto que le hizo a ojos de todos y con el modo en que le pedía consejo una y otra vez durante la conversación. Además de esto, dio una clarísima señal cuando, al retirarse, le cedió tanto la presidencia del madjlis como el asiento elevado del qa'id, de modo que al heredero ya sólo le faltaba el portador de la sombrilla para alcanzar toda la dignidad real.

Al final del servicio religioso en la mezquita principal, el nombre de Hassún ibn Tahir fue mencionado junto con el del qa'id e incluido en ha misma bendición. Ya nadie dudaba que pronto sucedería a su padre en el trono. La sayyida había puesto en juego toda su influencia y, por lo visto, había vencido.

Cuando Ibn Ammar regresó de la mezquita principal, Nardjis lo estaba esperando muy nerviosa, envuelta en un pesado mantón de viaje, el equipaje guardado en dos grandes alforjas; estaba lista para emprender eh camino, y temblaba de nervios, muda, pálida, los ojos muy abiertos. Parecía como si no hubiera dormido en toda la noche. Ibn Ammar, mientras mandaba traer los caballos y la ayudaba a montar, tomó dolorosa conciencia de cuánto envidiaba al sabí. No por la mujer, sino por el instante del reencuentro, en el que él no podría participar. Había informado al sabí de su inminente llegada. Pero en su carta no le había dicho a quién llevaría consigo.

Cabalgaron hacia el sur a través de las huertas. El lancero cabalgaba por delante. Soplaba el simún, como desde hacía ya unos días, y les arrojaba al rostro su aliento seco y polvoriento. En las huertas estaban trabajando muchos campesinos, podando las cepas, preparando la capa de mantillo para la primera siembra de hortalizas. Eh aire estaba impregnado de un soplo primaveral. Los primeros limones amarillos colgaban ya de los árboles; los primeros narcisos empezaban a florecer. Narciso, la flor cuyo nombre llevaba la qayna. Ibn Ammar desmontó, juntó un pequeño ramo y se lo dio. Una flor sin perfume, había dicho el príncipe heredero del narciso. Pero qué hermosa y delicada era. Y quizá el problema fuese sólo que los humanos no tenían un olfato lo bastante fino para percibir su aroma.

Tras dos horas de viaje llegaron a la casa de campo. Ibn Ammar despidió al lancero con una generosa propina, ayudó a Nardjis a desmontar y entregó los caballos al jardinero, que les había abierto la puerta. La criada salió de la casa para saludarlo. Ibn Ammar empujó a Nardjis a través de la puerta; todavía tenía el rostro cubierto por el velo para el polvo. Ibn Ammar la sentía temblar.

En el patio interior salió a recibirlos el sabí. Se precipitó sobre Ibn Ammar con el impetuoso entusiasmo de un gran perro fiel que vuelve a ver a su amo tras una larga separación.

– ¡Abú Bakr, amigo, hermano, qué alegría que estés otra vez aquí! -estiró los brazos hacia Ibn Ammar, lo abrazó con todas sus fuerzas, lo besó en las dos mejillas, en la boca, lo levantó por los aires-. ¡Hermano, apenas puedo expresar mi alegría por que hayas vuelto!

Ibn Ammar consiguió por fin liberarse del abrazo.

– Hubiera querido, hubiera tenido que venir antes, Sammar -dijo-. Lo intenté por todos los medios. -Se volvió hacia Nardjis, que se había quedado en la puerta del recibidor. Estaba apoyada con una mano en la jamba de la puerta, como si necesitara un sostén.

Eh sabí no parecía haberla visto siquiera. Pasó un brazo por los hombros de Ibn Ammar y empezó a llevarlo hacia el interior de la casa.

– Ven, hermano -dijo-. Todo está preparado para tu llegada, el baño caliente, la comida lista…

– ¡Espera! -lo interrumpió Ibn Ammar-. No he venido solo, Sammar. -Se quitó de encima el brazo que lo tenía cogido por los hombros, regresó a la entrada y, con una suave presión, empujó a Nardjis hacia ha puerta que llevaba al madjlis-. He traído a alguien conmigo -dijo. Hizo pasar a Nardjis a través de la puerta abierta. Vio la expresión sorprendida e interrogante en el rostro del sabí, y una centelleante esperanza en sus ojos. Vio que Nardjis se quitaba el velo para el polvo y empujó también al sabí hacia eh recibidor; cerró la puerta de golpe, haciéndola chocar duramente contra el marco.

Dios sabía cuánto los envidiaba en ese momento. No había querido ni siquiera ser testigo de su dicha.

Mantuvo la puerta cerrada. Escuchó al sabí gritar su nombre y cogió con todas sus fuerzas el pomo de la puerta al notar que tiraban de ella desde dentro.

– Nos veremos más tarde, Sammar -dijo rotundamente-. Pasadlo bien, yo no tengo nada que hacer aquí. Todo lo bueno que se nos concede viene de las manos de Dios.

Se alejó rápidamente; corrió de regreso hacia la puerta, donde el jardinero seguía ocupado en alimentar a los caballos y quitarles las alforjas. Llamó a la criada, le pidió que lo acompañase al baño y echó el cerrojo apenas la mujer volvió a dejarlo solo.

Pasó toda la tarde en eh baño. Cada vez que el sabí se acercaba a la puerta y llamaba, él le mandaba que se marchase, diciendo:

– Deja ya de echar abajo mi puerta, Sammar. Vuelve con ella. Tenéis sólo tres días. Tengo que llevármela de regreso a Murcia. Pregúntale a ella, ella te lo explicara.

Tenía que responder con aspereza para poder escapar del agradecimiento del sabí. Se alegraba de que hubiera una puerta cerrada entre ambos.

Poco antes de la puesta de sol salió sigilosamente del baño. Estaba muy bien vestido, envuelto en un capote oscuro. Se deslizó a través del patio interior bajo la sombra del emparrado y, al pasar, oyó que el sabí explicaba sus planes a Nardjis: