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– Cartagena… Ceuta… Alejandría… Aidhab, y de allí a la India…

Salió sin ser visto. Encargó a la criada que atendiera a la pareja de enamorados, le dijo que a él no lo esperaran hasta dos días después y la cogió un instante en sus brazos al advertir que tenía los ojos llenos de lágrimas.

El muchacho ya esperaba a la puerta; sacó el caballo sonriendo tímidamente y sostuvo firmes las riendas del animal mientras Ibn Ammar montaba. Era el mismo muchacho que ya una vez lo había guiado. Y era el mismo camino el que seguían ahora, y el mismo objetivo: el pie de la muralla del parque, junto a la gran torre. Todo era tal como había sido ya una vez, y, sin embargo, todo era distinto. La doncella esperaba en la puerta secreta, y acompañó a Ibn Ammar por el mismo camino a través del seto de zarzas hasta el pabellón. Pero esta vez Ibn Ammar ya conocía el camino y sabía qué le esperaba. Esta vez no eran la curiosidad y la sed de aventuras las que lo empujaban, sino la nostalgia. Lo que una vez había sido excitantemente nuevo, era ahora familiar y, sin embargo, aún más excitante. Zohra, la bella. Ibn Ammar no había dejado nunca de tener frente a sus ojos la imagen de Zohra, sus ojos, su cabello brillante, el resplandor de las velas sobre su piel. Cuando volvieron a verse, él ya se había representado mentalmente lo que le esperaba. Él sabía qué le esperaba. Pero, cuando cayeron el uno en brazos del otro, todo fue distinto a como él lo había imaginado. Todo era familiar y, sin embargo, nuevo. Y ella era hermosa, incomparablemente hermosa.

– Zohra -dijo Ibn Ammar-. Zohra, Zohra.

Y Dios hizo como que no los veía mientras se amaban, y el tiempo pasó sin tocarlos y los dejó atrás. Ya no había un antes ni un después, y el universo que los rodeaba se había desvanecido. Ya sólo existía ese pabellón en el parque, como una isla en el mar, y esa doncella de cálidos ojos pardos, que venía cruzando el mar como un farero, trayéndoles fruta y vino, llenando el brasero, reemplazando las velas consumidas, calentando el agua para el baño y cuidando de ellos como un ángel protector.

Y ellos convirtieron la noche en día y el día en noche, y el tiempo se detenía y volvía a transcurrir mientras ellos dormían uno al lado del otro y despertaban juntos para decirse cosas absurdas, reír y jugar todos los juegos del amor.

En algún momento llegó también una noticia del lejano mundo exterior, que los espantó por un breve instante, como un pájaro de aletear desenfrenado que se hubiera colado en el pabellón: Ibn Mundhir había regresado de Cartagena sin previo aviso. Pero no se quedó más de lo necesario para cambiar de caballo; ni siquiera entró en la casa, siguió cabalgando a toda prisa hacia Murcia, sin dar una explicación, sin siquiera dejar un mensaje.

Ellos olvidaron el incidente. Olvidaron todo lo que existía en el exterior. Olvidaron el tiempo.

Pero el tiempo pasaba, y llegó la última noche, y el tiempo les dio alcance. Les quedaba tan sólo una noche. Eran felices de estar en invierno, en la estación de las noches largas. Esperaban que se desatara una furiosa tormenta de invierno que hiciese desbordar el río e impidiese cruzarlo.

Esperaban un milagro, que el sol no se levantara sobre el horizonte. Se quedaron dormidos muy nerviosos y, al despertar, miraron angustiados las velas para comprobar cuánto se habían consumido.

En algún momento, el tiempo empezó a adelantarlos. Transcurría tanto más de prisa cuanto más cerca estaba ha mañana. Y luego ha doncella apareció en la puerta, recordándoles la partida. Ellos no querían creer que ya brillaba el sol en el levante, no querían oir el canto matutino de los pájaros, tan intenso ya que se colaba por los postigos cerrados del pabellón. Y la doncella los apremiaba, temerosa, y ellos se daban un último abrazo, y un último abrazo más.

Cuando Ibn Ammar por fin partió, era ya tan de día que podía distinguir perfectamente el camino y la pared negra del seto, que se dirigía hacia la muralla.

Corrió, se echó la capucha sobre la cabeza. Escuchó que Zohra lo llamaba, pero no se volvió. Si se hubiera vuelto a mirar tan sólo una vez, hubiera regresado. Pero tenía que darse prisa. Ya era demasiado de día.

Aceleró el paso apenas estuvo a la sombra del seto, esperó un largo rato entre los árboles que crecían al pie de la muralla, hasta que el centinela de la torre cambió de posición. Cuando ya tenía las puertas a sus espaldas, tuvo que volver a esperar, agachado en un rincón de la muralla, el rostro oculto bajo la capucha, las manos metidas dentro de las mangas, hasta que el vigía abandonó su puesto en el pretil de la muralla.

El muchacho estaba dormido, con la espalda apoyada contra el árbol al que había atado el caballo, pero se levantó de un salto, como un buen perro guardián, antes de que Ibn Ammar se acercara a él. El muchacho saludó en silencio, cogió las riendas del caballo y caminó delante de Ibn Ammar por el estrecho sendero entre los arbustos. Cuando estuvieron fuera del alcance de ha mirada de los centinelas, el muchacho se detuvo y cogió uno de los estribos del caballo para ayudar a montar a Ibn Ammar. Luego siguió caminando al frente, a un paso más relajado, que el caballo podía seguir sin dificultad.

Cuando llegaron al llano del valle ya era completamente de día. Los primeros campesinos ya estaban en las esclusas de los canales de irrigación; las mujeres venían del pozo, y los niños espantaban los pájaros de las cuadras. De tanto en tanto se cruzaban con un campesino montado en un asno. A veces, el muchacho saludaba y recibía una respuesta a su saludo. Ibn Ammar se había enrollado ha faja de la cabeza de manera tal que sólo se le veían los ojos y la nariz. La próxima vez tendría que marcharse más temprano, como mínimo una hora antes de que despuntara el alba. Probablemente también sería conveniente cambiar de camino cada cierto tiempo. Si pensaba hacer ese camino con más frecuencia, tenía que ser más prudente.

Un anciano con un pie mutilado, que arreaba un rebaño de cabras, se cruzó con ellos. El anciano se detuvo cuando estuvieron más cerca, y abordó al muchacho. Hablaban en su dialecto castellano campesino, de modo que Ibn Ammar no podía entender ni una sola palabra de lo que decían. Sólo entendía que la conversación trataba de una majshar. El anciano empleaba ha palabra árabe.

– ¿Qué pasa? ¿Qué quiere? -preguntó Ibn Ammar.

El muchacho levantó la mano.

– Esperad, señor -dijo y pareció preguntar algo al anciano. Éste respondió con un alud de palabras incomprensibles y señaló con su cayado la dirección por la que había venido.

El muchacho miró a Ibn Ammar, se volvió sin decir nada y echó a correr, corrió como si le fuera la vida en ello. Ibn Ammar espoleó el caballo y siguió al muchacho.

– ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho? -preguntó.

El muchacho volvió la cabeza sin dejar de correr.

– Dice que han venido soldados al pueblo.

Ibn Ammar sintió como si una mano helada lo cogiera por la nuca.

– Ha hablado de una majshar. ¿De qué majshar? -preguntó. Sabía que sólo había dos casas de campo en las inmediaciones del pueblo. Una pertenecía a un judío que comerciaba con perfumes; la otra, a él.

Eh muchacho fingió que no lo oía.

Ibn Ammar estiró el brazo hacia el chico.

– ¡Sube! -ordenó.

El muchacho, sin dejar de correr, se cogió del brazo de Ibn Ammar y montó a la grupa.

– ¿De qué majshar hablaba el viejo? -preguntó Ibn Ammar.

– No lo sé, señor -dijo el muchacho, todavía vacilante-. El viejo cuenta muchas historias. Ya no está bien de la cabeza.

– ¿De qué majshar? -volvió a preguntar Ibn Ammar, aunque ya lo sabía.

– De la vuestra, señor -dijo el muchacho, casi sin atreverse-. Dice que han entrado soldados en vuestra majshar. -Luego, esperanzado, añadió-: Pero quizá sólo hayan venido a traeros una noticia, señor.