La vieja sayyida, la Gallega, se había retirado a Aledo con los pocos seguidores que aún le quedaban, informó a Ibn Ammar el comerciante.
21
Era el primer día de la fiesta del Pésaj, y era la primera vez que Yunus no pasaba esa fiesta en casa y con su familia. Había pasado la noche del Seder solo en el monasterio. Ahora confiaba en que lo dejarían partir antes del mediodía, para así poder pasar al menos el segundo día de la fiesta en Rodez, entre sus hermanos de fe.
Las campanas empezaron a sonar, y del portal de la nueva iglesia del monasterio salieron cuatro portaestandartes seguidos por varios legos que llevaban cruces y cirios de la altura de un hombre, acetres de agua bendita e incensarios. Los seguían cimbaleros y trompetas, junto con los alumnos del monasterio, que llevaban flores en las manos; tras ellos venían los monjes, vestidos con brillantes sobrepellices azules y provistos de grandes hojas de palma. Yunus veía la procesión sólo a través de la estrecha rendija que dejaba el claro entre la puerta exterior del monasterio y la hospedería. No llegaba a ver el atrio de la iglesia, donde el abad, en ceremonia solemne, despediría a los feudatarios del monasterio.
Yunus se encontraba en la planta superior del hospital, en la habitación del armarius, a quien el día anterior había extirpado una fístula lagrimal del ojo derecho. El enfermo estaba dormido o fingía estarlo. Yunus tenía frente a él su diario abierto. Había anotado la fecha y tenía la pluma en la mano, pero no hallaba la forma de comenzar. En los tres meses que habían pasado desde su fuga de León no había escrito prácticamente nada más. Repasó las últimas anotaciones. No eran más que cinco párrafos garabateados con la mayor premura.
Ayer, tras una larga espera, por fin llegó Ibn Eh a Logroño, procedente de León. Ha hecho el viaje con el séquito del obispo de Le Puy, que estaba en Compostela y, en el camino de regreso a su sede, se detuvo en León para participar en la reunión de la corte del rey. Según parece, Ibn Eh ha hecho grandes negocios con el obispo francés. En cualquier caso, está muy bien considerado por el obispo. Si todo va bien, zarparemos mañana en una barca para dirigirnos, Ebro abajo, hacia Zaragoza.
Todavía en Logroño. Ibn Eh se ha enterado de que es imposible viajar de Zaragoza a Francia cruzando las montañas, que es lo que tenía pensado hacer. El rey de Aragón tiene cerrados todos los pasos. Está preparando una campaña contra Zaragoza para vengar la muerte de su padre, que la primavera pasada, durante el sitio de la fortaleza de Graus, fue apuñalado en su catre de campaña por un hombre del príncipe de Zaragoza.
Ahora Ibn Eh quiere partir rápidamente para dar alcance al obispo de Le Puy y llegar con él a territorio navarro, cruzando las montañas, lo cual, al parecer, es siempre peligroso en invierno. Ibn Eh ha tomado bajo su protección a un hidalgo español; un hombre con el que ya me topé una vez en Sevilla. Entonces pertenecía al séquito del difunto obispo de León.
Me queda elegir entre viajar por el Ebro hasta Tortosa, y de allí seguir hacia Sevilla en un velero costanero, o ir con Ibn Eh a Narbona y emprender desde allí el viaje de regreso a casa. También me quedaría el camino directo por tierra, pasando por Medinaceli y Toledo, pero en eso todos están de acuerdo: demasiado inseguro.
Hoy hemos llegado a Pamplona, la capital del rey de Navarra. Ha nevado y hace mucho frío. También está en la ciudad el obispo de Le Puy, esperando que mejore el tiempo. El paso de Roncesvalles, que lleva a Francia, no carece de peligro, según he oído decir. Y esto no por las inclemencias del tiempo, sino, sobre todo, por los fieros montañeses, de quienes se cuentan historias escalofriantes. Obligan a inofensivos peregrinos y a otros viajeros a llevarlos a hombros hasta lo alto de las montañas, y otras barbaridades semejantes.
Los súbditos del rey de Navarra pasan por ser todos un pueblo rebelde. Una vez, el gran Julio César envió a España legionarios galeses y escoceses para sofocar un levantamiento.
Los castellanos acorralaron a estos mercenarios en las montañas, entre Pamplona y Bayona; los legionarios se establecieron allí, mataron a todos los hombres de la región y tomaron a sus mujeres. De esta unión habría surgido el pueblo de Navarra.
Desde hace tres días estoy en Rodez, una pequeña ciudad bien fortificada situada al norte de la capital del conde de Tolosa. El obispo de Le Puy me ha «prestado» a su colega de Rodez (es la manera más exacta de decirlo). Mi presencia aquí es completamente innecesaria. Ya hay un muy buen médico, un griego. Pero a mí me consideran un milagrero, y el obispo de Le Puy me utiliza para quedar bien a ojos de los señores cuyos territorios atraviesa.
Aquí me veo obligado a representar el papel de fugitivo, porque toda la gente de Andalucía es considerada sospechosa. El asesinato del rey de Aragón ha irritado también a los señores franceses, y, al parecer, la llamada a la guerra contra los «infieles» está encontrando un gran eco. Muchos tienen pensado participar; también el obispo de Rodez enviará a sus hombres a Aragón.
Ibn Eh continuará el viaje hacia el norte, hacia Orleans y París. Partirá a primeros de mes. Quiere estar de regreso antes del Purim. Que Dios lo acompañe.
Todavía en Rodez, donde el obispo quiere retenerme recurriendo a todos los pretextos posibles, sólo para poder él, por su parte, «prestarme» a señores amigos. Pasado mañana debo ir a Conques, un monasterio en el que se venera la imagen de una presunta santa llamada Fides. Está a un día de viaje de aquí al norte. El abad está enfermo. Viajar es cada día más peligroso. La cosecha del año pasado fue terriblemente mala. Demasiada lluvia; tanta, que muchas veces el grano brotaba ya en el tallo. Y ahora empieza a sentirse la escasez. Los pobres comen raíces crudas y hornean pan con harina de mijo y bellotas molidas. Los caminos están repletos de jornaleros que no encuentran en ningún lugar pan y trabajo, y se agolpan a las puertas de las ciudades, iglesias y monasterios para disputarse a palos con los mendigos habituales las limosnas. Se habla sin cesar de asaltos, en los que recientemente habrían participado también pequeños caballeros. La comunidad judía de la región está alarmada. El vecino de mi casero precisamente acaba de ser rescatado de un secuestro a cambio de diez peniques de libra en moneda de Tolosa, lo que equivale a unos cuarenta dinares. Se dice que un pequeño barón lo había asaltado en plena carretera a diez días de viaje de aquí, en territorio aquitano. El obispo no pudo hacer nada para liberarlo. La familia tuvo que pagar. Ahora se temen más ataques. Por todas partes se recuerda que la experiencia del pasado dice que los años de hambre son años malos también para la comunidad judía. La desesperación de los pobres suele convertirse en una furia incontenida que a veces se vuelve contra la autoridad, pero que generalmente se dirige contra los judíos.