Espero noticias de Ibn Eh, que ya debería estar de regreso. Tampoco tengo noticias de su hijo, que se ha quedado en Le Puy. Sólo Dios sabe cuánto añoro volver a Sevilla.
Sólo Dios lo sabe, pensó Yunus. Dejó la pluma a un lado y cerró el cuaderno sin haber escrito una línea. No estaba de humor para escribir. Era curioso. Mientras más cosas pasaban, menos tiempo encontraba Yunus para anotarlas.
Miró por la ventana, vio a los espectadores que se agolpaban ante el portal de la iglesia, oyó la voz del abad. No llegaba a entender nada de lo que decía, pero el infirmarius le había explicado que el abad entregaría por primera vez la venerable bandera de Santa Fides a la tropa del monasterio, para que los caballeros la llevaran en la campaña contra los paganos. En el monasterio eran muchos los que esperaban obtener fabulosas riquezas con esa campaña; el abad era uno de ellos.
Yunus lo conocía. Lo había tratado varias veces a causa de su gota y lo había sometido a una estricta dieta, que Yunus sabía que no cumpliría. El abad tenía casi setenta años; era un hombre alto y pesado, tendente a la obesidad, poderoso y consciente de su poder, y dueño del mismo interés arquitectónico que el obispo de León don Alvito, aunque sin el estilo de vida ascético de éste. Inmediatamente después de asumir el cargo de abad, treinta años atrás, había comenzado a construir una nueva iglesia en el monasterio; una iglesia tan monstruosa y desmesurada como nunca antes se había visto en el mundo cristiano. Había continuado la construcción a pesar de que en la bóveda aparecieron grietas del grosor de un brazo, en las que muchos monjes creyeron ver la ira de Dios contra la obra babilónica. Eh abad amaba el lujo. Sus dos frailes capellanes era hombres jóvenes minuciosamente seleccionados. La casulla de seda azul que llevaba en la procesión de Ramos estaba adornada con 365 campanillas de oro. Había mandado duplicar el número de cantores y el número de oficios que se entonaban durante la misa. Le encantaba iluminar la iglesia con centenares de velas cuando él mismo celebraba la misa. Pero no quería el lujo sólo para sí mismo, también dejaba que los monjes tuvieran parte en él. Así, con su propia fortuna había convertido el monasterio en una gran propiedad, de cuyos beneficios alrededor de la tercera parte, unos noventa peniques de libra anuales, estaba destinada a cubrir el presupuesto de ropería; además, había transferido al monasterio dos iglesias de su heredad, cuyos ingresos habían permitido a la cocina del monasterio sumar a las comidas del mediodía un segundo plato, a excepción de los días de cuaresma.
– Cierra la boca a los hermanos con buena comida; los ciega con cucullas de seda para que aprueben sus demenciales proyectos arquitectónicos -había expresado con amargura el infirmarius, en presencia de Yunus-. En lugar de pobreza, predica ostentación; en lugar de trabajo, vida cómoda. Debería estar al servicio de la paz y envía a la guerra a los vasallos del monasterio. ¡Debería renunciar al mundo, y trae el mundo a nuestro monasterio!
No obstante, el infirmarius parecía estar bastante solo en su crítica. La mayor parte de los conventuales mostraban una veneración sin límites hacia el abad. Durante el tiempo que llevaba en el cargo, el prestigio del monasterio se había incrementado considerablemente. Los milagros realizados por Santa Fides habían sido difundidos a lo largo y ancho de la región, con lo que cada año eran más los peregrinos atraídos por Conques. Con el número de peregrinos habían aumentado también los ingresos, las ofrendas, las limosnas, los donativos, las entregas de dinero, bienes y fincas, las ganancias de la venta de cirios y símbolos de peregrinaje, los impuestos de arrendamiento de los posaderos y comerciantes que atendían a los peregrinos a orillas del río, y el número de novicios de familias ricas, con cuyas herencias incrementaban las propiedades del monasterio. Es cierto que este caudaloso río de oro y dinero aún no bastaba para taponar el enorme agujero abierto en las arcas del monasterio por la construcción de la iglesia nueva, pero ahora todas las deudas podían ser amortizadas de golpe. La campaña contra el príncipe de Zaragoza tendría como consecuencia un botín tan cuantioso, que la terminación de la colosal obra estaba asegurada. Por eso el abad había elegido el Domingo de Ramos para despedir a las tropas del monasterio, por eso había organizado una ceremonia tan costosa, con misas en tres estaciones, bendiciones para jinetes y caballos, y solemne ondear de banderas.
Yunus vio a los caballeros con las lanzas en alto, de cuyas puntas colgaban tremolantes pendones, bajar el empinado camino que llevaba de la ciudad y el monasterio al valle, pasando frente al castillo del alcaide que capitaneaba la tropa. Todas las campanas estaban tocando, y los cánticos de los monjes volvieron a elevarse cuando éstos emprendieron el camino de regreso a la iglesia.
Poco después, Yunus vio venir al infirmarius por el patio, salió de la habitación y se dirigió escaleras abajo.
El infirmarium era un recinto apartado del resto del monasterio, una especie de monasterio dentro del monasterio, con cocina, refectorio y capilla propios, y rodeado por un pequeño jardín de hierba. En la planta superior se encontraban los dormitorios de los enfermos y las habitaciones de los ancianos del monasterio, que aquí disfrutaban de las ventajas de la calefacción y de la dieta más sustanciosa de la cocina del hospital. Ahora, hacia el final de la cuaresma y tras un largo y crudo invierno, todas las camas estaban ocupadas. Muchos pacientes con síntomas de debilidad, muchos con erupciones cutáneas y forúnculos, causados por la incompleta alimentación de la cuaresma y por la falta de higiene (los monjes sólo se bañaban dos veces al año, antes de Navidad y antes de la Pascua de Resurrección). Entre los enfermos no faltaban tampoco algunos que fingían estarlo, y pedían que se les hiciera una sangría para poder comer bien en el hospital.
Yunus recorrió las hileras de camas junto con el infirmarius, explicando sus diagnósticos y dando consejos para cada tratamiento, mientras el infirmarius tomaba notas en una tablilla de cera. El joven director del hospital no tenía formación médica alguna -eso habría contravenido las normas de su orden-; poseía tan sólo algunos conocimientos adquiridos por medio de la lectura y unos pocos conocimientos prácticos sobre medicamentos sencillos, además de saber las normas básicas para tratar heridas. Cuando no sabía qué hacer llamaba a un médico de Rodez; en casos graves, al propio médico de cabecera del obispo. Así había llegado Yunus al monasterio.
Cuando estaban de camino a la celda del armarius, las campanas empezaron de pronto a repicar con inusual fuerza e irregularidad y sin motivo aparente. Miraron al patio por la ventana del pasillo. Llegaban gritos desde el portal de la iglesia. Algunos monjes corrían presurosos hacia el claustro; corrían tan rápido como podían hacerlo sin perder la dignidad, y al parecer con la intención de entrar en la iglesia desde allí. Poco después se oyó el duro golpe del gong de madera, que llamaba a los conventuales a la sala del capítulo.
– ¿Qué pasa? -preguntó Yunus.
El infirmarius hizo la señal de la cruz.
– No lo sé -dijo-. O algo muy bueno, o algo muy malo -y, cuando estaba ya en el descanso de la escalera, gritó esperanzado por encima de su hombro-: ¡A lo mejor es un milagro!
Yunus se quedó junto a la ventana. Muchas veces había oído hablar al infirmarius sobre tales milagros. Si se podía creer lo que decía, Santa Fides, a quien se adoraba en la iglesia del monasterio, era especialista en determinados milagros. Hacía ver a los ciegos, resucitaba a los muertos, incluso a animales muertos, liberaba prisioneros. La iglesia estaba llena de cadenas y grilletes que prisioneros liberados habían dejados a sus pies. Además, era de suponerse que la santa también hacía curaciones milagrosas, y eran éstas lo que más interesaba a Yunus. Yunus había estado varias veces (una vez toda la noche) en la iglesia, entre los fieles, entre hombres, mujeres y niños, entre campesinos, mendigos, enfermos, mutilados, en medio de un olor indescriptible a sudor e incienso, orina de los niños y hollín de las velas. Había vivido piel contra piel el fervor animal de esa gente; un fervor contagioso como una enfermedad, una religiosidad que suspiraba, sudaba, gritaba, que se derramaba por la nave de la iglesia subiendo y bajando como una ola. Yunus había visto a un hombre que, encadenado a la barandilla del coro y con el torso desnudo deformado por una erupción supurante, se había flagelado a sí mismo hasta desplomarse entre sollozos y convulsiones. Había visto a la gente agolpándose de tal modo sobre la barandilla del coro, que una mujer que sufrió un desmayo tuvo que ser sacada de allí literalmente por encima de las cabezas de los demás, levantada en vilo por muchas manos. A Yunus todavía le resonaban en los oídos los gritos demenciales y desgarradores con los que un paralítico había apagado de pronto el suave canto de los monjes en la hora de maitines, para mostrar que Santa Fides le había dado fuerzas para mantenerse en pie por él mismo. Yunus recordaba los alaridos de la multitud cuando el hombre dio unos pocos pasos vacilantes, y las estridentes jaculatorias, que se convirtieron en un rugido furioso cuando el hombre volvió a desplomarse.