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Yunus vio la mirada desconcertada del infirmarius, llamó al criado de la cocina, le mandó que trajera un trozo de carbón de leña y con él empezó a dibujar en la mesa blanca del baño el perfil de un ojo. Mirando por encima del hombro, vio que el sacristán se había inclinado hacia delante e intentaba ver algo con que saciar su curiosidad, aunque sin levantarse de su asiento.

– Aquí puedes ver el globo ocular -dijo Yunus mientras completaba el dibujo-. Está recubierto por varias membranas muy delgadas, igual que una cebolla está cubierta por varias pieles. Debajo hay una capa más gruesa, a la que llamamos córnea y que sirve para proteger el ojo. Debajo de esta capa hay otra que tiene los colores del iris. En la parte anterior tiene una abertura, la pupila. Detrás de esta abertura está lo que llamamos el cristalino, porque parece cristal fundido. El cristalino es transparente y cuando uno le hace un corte con un escalpelo se siente como si estuviera cortando hielo quebradizo.

– ¡Cuando uno le hace un corte! -exclamó espantado el infirmarius.

– Uno de mis profesores me lo demostró con un ojo de vaca, que tuve que ir a buscar a la carnicería -se apresuró a explicar Yunus, para continuar enseguida-: El cristalino es la parte más importante del ojo. Está inmersa en una red de finísimos nervios, como un pez en la red de un pescador. Detrás del cristalino, los nervios se unen en un cordón nervioso que va hasta el cerebro, uniendo así el ojo con el cerebro.

Había terminado el dibujo, y esperaba alguna pregunta. Pero no hubo ninguna. También el sacristán guardó silencio.

– Los médicos de la antigüedad pensaban que, al ver, el ser humano emite un rayo que parte del cerebro, llega al cristalino a través de los nervios y, de allí, se dirige a una velocidad inimaginable hacia el objeto que tenemos ante los ojos, graba la forma y colores del objeto y nos trae esa información por el mismo camino: pasando por el cristalino y los conductos nerviosos, se dirige de regreso al cerebro. Este rayo de la vista debe de estar compuesto por algún tipo de pneuma, una materia infinitamente sutil, parecida al fuego. Por el contrario, otros médicos, jóvenes eruditos como Ibn Haithán, de El Cairo, dicen que no existe un rayo de la vista que parta del ojo, sino que, a la inversa, es el ojo el que recibe un rayo de luz. Todo objeto que brilla o refleja luz emite rayos luminosos que llegan al ojo y son transmitidos al cerebro a través del cristalino y los conductos nerviosos. Lo que vemos no es otra cosa que esa luz.

Yunus había hablado muy de prisa. Ahora se interrumpió. Estaba seguro de que sus intentos de explicación desbordaban incluso al infirmarius, a pesar de que éste se mostraba siempre afanoso y ansioso por aprender. Era absurdo querer explicar las distintas teorías de la vista a unos monjes cristianos carentes de toda formación. Era completamente absurdo.

– En cualquier caso -añadió Yunus rápidamente-, existen muchas teorías. Pero todas están de acuerdo en que el procedimiento de la vista pasa por el cristalino y los conductos nerviosos que lo unen al cerebro. Si uno de estos dos órganos está destruido, es imposible recuperar la vista. Todas las autoridades están de acuerdo en ello.

Calló para dejar que sus palabras hicieran efecto. Un momento después añadió en voz baja, de modo que sólo lo escuchara el infirmarius:

– Por eso también es imposible que una persona a la que le han arrancado los dos ojos pueda volver a ver alguna vez. En este mundo es imposible. -Sabía que se estaba metiendo en un asunto muy espinoso, pues la primera historia de un milagro que se conocía respecto a la santa adorada en el monasterio afirmaba precisamente lo contrario-. Por suerte este chico ha conservado los globos oculares. -Se apresuró en continuar-. Y en el ojo derecho también tiene el cristalino intacto. Es cierto que estuvo dañado, pero la herida ha vuelto a cerrarse. Por eso el chico ha recuperado la vista.

Se detuvo. Tenía la mano izquierda sobre la espalda del muchacho, y notó de repente que su cuerpecito enjuto había dejado de temblar. Su enorme cabeza ya no se balanceaba; sus ojos, mudos, apuntaban a la cara de Yunus, más bien a su boca, como si el muchacho se hubiera tranquilizado aferrándose a la voz del médico. Yunus miró al infirmarius y vio los labios apretados, el rostro de desilusión del joven monje.

Quiso decir algo conciliador, quiso decir que podía verse como un milagro que Dios hubiera dotado al ojo de la capacidad de recuperarse incluso de la herida más grave. No quería arrebatar a los monjes su milagro. Pero antes de que pudiera decir una sola palabra se le adelantó el monje anciano, que estaba sentado junto a la puerta y había estado escuchando a Yunus con el mismo silencio que el sacristán. El anciano se levantó soltando un ligero gemido, y, con las manos entrelazadas y una marcada contracción en la comisura de los labios, dijo:

– ¡Ésas son las palabras de un hereje! ¡Es un judío hereje! Incrédulo como lo fueron sus padres, que negaron los milagros que Nuestro Señor Jesucristo hizo ante sus propios ojos. -Tenía una voz muy aguda, que daba dolor de oídos a pesar de que no hablaba muy alto-. ¡Dios lo castigará por ello, como castigó a sus padres! -La voz empezó a abandonarlo, como si aquel estallido lo hubiera agotado, y continuó enronquecido e interrumpiéndose a cada momento para tomar aire-: Ay de ti, endurecido corazón humano; tú, ojo ciego; tú, oído sordo; tú, espíritu perturbado; tú, lengua balbuciente; ¡qué sabes tú de los milagros de Dios! Yo conocí a un hombre que negaba los milagros de Santa Fides, igual que tú. También él decía que si a alguien se le arranca un ojo, Dios no puede devolverle la vista. También él afirmaba que Dios no podía volver a encender la luz en un ojo vacío. Era un hereje, como tú, un hijo de Satanás. Yo lo vi en su lecho de muerte. Olí el repugnante olor del infierno, que fluía hacia él; vi la serpiente negra que salió arrastrándose de su boca cuando la muerte se lo llevó. Lo vi con mis propios ojos.

Respiró hondo, se dejó caer sobre el banco y se quedó allí sentado, con la cara blanca y los ojos dirigidos hacia Yunus. Los restos de fuerza que le quedaban al anciano estaban concentrados en su mirada, como si quisiera maldecir a Yunus también con los ojos.

Se hizo tal silencio, que por la puerta cerrada podía oírse el murmullo del agua hirviendo en el caldero puesto al fuego. Yunus no dijo nada. El infirmarius tampoco se atrevía a decir nada. Parecía atormentado, como si las palabras del viejo monje le hubieran caído en mitad del rostro.

El sacristán se levantó, sin sacar las manos de las mangas de su hábito.

– Si Dios así lo quiere, hace ver a los ciegos -dijo con voz cortante-. Si Dios así lo quiere, nos hace ver aunque tengamos los ojos vacíos. Él es el Señor. ¡Quien cree en él será sanado! -Dio un paso hacia el infirmarius y continuó en voz más baja y desinteresada-: Lleva al niño otra vez a la iglesia. Los peregrinos quieren verlo. Quieren ver el milagro que Dios ha obrado en él por intermedio de Santa Fides -y, sin dignarse siquiera a mirar a Yunus, dio media vuelta, cogió al anciano por debajo del brazo y se marchó con él.

El infirmarius miró al chico, luego a Yunus, buscando un apoyo, con los hombros encogidos.

– Tengo que obedecer -dijo, sintiéndose desgraciado.

Yunus esperó hasta que el infirmarius y el niño hubieron salido del hospital. Luego se dirigió a la habitación que le habían asignado como dormitorio y empezó a empacar. Ya casi había terminado, cuando recordó que había olvidado cambiar las vendas al armarius. Mandó calentar una medida pequeña de vino en la cocina y subió a la planta alta.

El anciano yacía en su cama casi como un cadáver. Su cuerpo enjuto apenas abultaba bajo la pesada manta de lana; tan sólo destacaban los dedos de sus pies. Uno de los monjes que había venido cuando trajeron al niño del claustro estaba sentado al lado de la cama. Nada más abrir Yunus la puerta, el monje calló y se apresuró en salir de la habitación. Al salir se rozó temeroso con Yunus e hizo rápidamente la señal de la cruz.