Eh capitán desmontó y preguntó al guardia del yelmo moro quién era su señor y de dónde venían.
– ¿Qué es lo que quieres? -replicó el guardia. Hablaba el mismo idioma que los caballeros normandos que habían viajado con la tropa del conde Ebies de Roucy.
– Busco trabajo -dijo el capitán. Ya no se daba tanta importancia como al empezar el recorrido por la calle del campamento.
El guardia lo examinó con la mirada, sin hacer un solo gesto, y se volvió hacia el segundo guardia; hablaron en otro idioma, incomprensible para el capitán. Un instante después, el segundo guardia se marchó a una de las tiendas.
Cuando volvió, lo acompañaba un hombre alto como un árbol y de piel blanca, con la barba afeitada, la cabeza descubierta y el cabello cortado de una forma extraña. El Largo se presentó al capitán y lo miró de arriba abajo.
– ¿Qué tienes que ofrecer, además de caballo y armas? -preguntó. No sonaba muy amable.
– Hablo el idioma de los sarracenos -dijo el capitán, que era una cabeza más bajo que el Largo.
– Viene con nosotros uno que aprendió de su madre el idioma de los sarracenos -dijo el Largo, y torció la boca en una sonrisa apenas perceptible.
– ¿No me crees? -dijo el capitán-. ¿O qué quieres decir con eso?
El Largo se encogió de hombros.
– ¿Qué otra cosa tienes que ofrecer, viejo? -preguntó.
– He estado en los lugares a los que os dirigís -dijo el capitán con aspereza-. He estado en la frontera de Aragón, en Lérida, en Zaragoza. Conozco la región, y conozco a los moros.
El Largo asintió con la cabeza, sonriendo.
– Eso suena bien -dijo y, volviéndose, le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera.
El capitán se desabrochó lentamente el cinturón y se lo entregó a Lope. Luego, señalando por encima del hombro con el pulgar la bandera que ondeaba en el poste de la tienda, preguntó al Largo como de pasada:
– ¿Quién es? Nunca había visto esos colores.
– El obispo de Roma -dijo el Largo.
El capitán se volvió bruscamente.
– ¿El obispo de Roma? ¿El papa? -preguntó incrédulo-. ¿Vosotros servís al papa de Roma?
– ¿Por qué no? -dijo el Largo en tono indiferente-. Es un señor como cualquier otro.
Eh capitán se apresuró a seguirlo, mientras Lope se quedaba fuera con los caballos.
Daban gracias a Dios por el calor que hacía, por lo seco que estaba el suelo y por los rayos del sol. Salvo los dos yernos del comerciante de Tolosa; todos tenían una edad en la que una noche a la intemperie podía ser fatal si hacía frío y había mucha humedad. Y ya habían pasado varias noches a la intemperie. Sí, ya podían dar gracias a Dios.
Eran seis: Yunus, Ibn Eh, los tres tolosanos y un rabino de Montpellier que se pasaba el día rezando. Estaban tumbados entre los carros que llevaban el armamento, con los pies sujetos a una cadena que iba de una rueda a otra. Los habían encadenado al llegar a Tolosa, a pesar de que los carros del armamento estaban muy bien vigilados y era impensable que pudieran huir. La cadena parecía más bien un medio de ejercer presión para acelerar las negociaciones del pago de un rescate.
Yunus tenía la mirada perdida en algún punto frente a él. Los cuatro días de marcha a pie lo habían agotado de tal modo que ya no tenía fuerzas para protestar. Lo ocurrido aún se le presentaba de una manera extrañamente ajena a la razón. Como si su cerebro se negara a enfrentarse a ello, como si no quisiera admitir que era real. Recordaba con especial nitidez aquella escena incomprensible en la taberna, que había precedido a su captura. Estaba solo, sentado a la mesa frente a los huevos cocidos que había pedido al tabernero a falta de alimentos preparados según el rito judío. Al otro extremo de la taberna estaban los caballeros, dos viejos y seis jóvenes, alegres y relajados por el vino. Y, de pronto, uno de los caballeros, un muchacho joven, alto, de cara rosada, de apenas unos dieciocho años, se acercó a él y le arrancó la gorra de un manotazo, con ojos fríos, sin previo aviso, sin motivo alguno. Luego lo arrastró por la mesa tirándole de la barba y lo echó fuera de un puntapié.
– ¡Qué hace aquí un judío! ¡Fuera!
Yunus hubiera tenido que huir inmediatamente, pero, por extraño que parezca, en ese momento no había pensado en huir. Se sentía asustado, humillado, indignado; pensó en todas las posibilidades, una confusión, un ataque de locura, la borrachera desvergonzada y arrogante de un chico demasiado joven y poco acostumbrado al vino. Pero no se creyó realmente en peligro.
Tampoco después, cuando le robaron todas sus pertenencias y lo hicieron correr tras ellos atado de una cuerda, tampoco entonces había creído posible que eso que estaba viviendo fuera parte de la realidad cotidiana, que fuera algo normal en el país de los francos, nada extraordinario. Sólo más tarde, cuando de pronto trajeron también a Ibn Eh y los otros y los encadenaron entre los carros, sólo cuando se enteró de que a ellos les habían hecho lo mismo, sólo entonces fue tomando conciencia paulatinamente de la situación en que se encontraba. Era difícil de comprender. Era difícil, porque la razón se negaba a aceptarlo.
La voz del capellán llegaba desde la puerta del campamento; era como un ladrido fuerte y rabioso. Los Otros ya habían sufrido bastante bajo ese capellán del conde Ebles de Roucy. El sacerdote se había ocupado de que les quitasen las mulas y les había recitado cada día, desde la mañana hasta la noche, un versículo del salmo 59:
– ¿No dice en el libro de vuestros padres, en el salmo cincuenta y nueve: «Señor, haznos recorrer la Tierra»?
Una y otra vez había venido a repetirles esta frase, incluso cuando ya nadie se reía de su estúpida broma.
Lo oyeron acercarse, lo vieron aparecer entre los carros, pequeño, ponzoñoso, con el mentón estirado hacia arriba. Venia empujando a un muchacho vestido con un caftán corto y muy burdo.
– ¡Os doy tiempo para tres padrenuestros! -dijo bruscamente el capellán.
El comerciante levantó los brazos, espantado al ver al muchacho. Quiso decir algo, pero no le salieron las palabras. No hacía falta que dijera nada, para todos era evidente que el muchacho era su hijo.
– Perdonadme, padre -dijo el joven-. Tenemos poco tiempo. No nos han avisado hasta esta mañana, y sólo ahora me dejan venir a veros -hablaba de prisa y poniendo mucho énfasis en sus palabras, y su voz delataba temor, aunque él intentaba reprimirlo.
– ¿No os habréis puesto de acuerdo con el obispo? -lo interrumpió su padre-. ¿Por qué no ha venido contigo un representante del obispo?
– Perdonadme, padre, pero el nasí está negociando con la gente del obispo desde hace cuatro días. Además de vosotros, hay otros catorce miembros de la comunidad prisioneros.
– ¿En este campamento? -preguntó espantado el comerciante.
– Algunos aquí, otros en Saint Sernin.
– ¿En Saint Sernin? -preguntó Ibn Eh.
– En el suburbio -explicó uno de los yernos del comerciante.
– ¿Y por qué no se ocupa el obispo de ponernos en libertad? -preguntó el comerciante con voz ahora chillona.
– Perdonadme si os hago enojar, padre -contestó el muchacho con descorazonadora cortesía-. Pero vos no sabéis lo que ha ocurrido en la ciudad estos últimos días. El obispo ha mandado que sus hombres vigilen nuestro barrio. Sólo Dios sabe qué nos habría pasado si el obispo no nos hubiera protegido. Todas las casas de judíos que están fuera del barrio han sido saqueadas. En Saint Sernin han prendido fuego a cuatro casas. -Mencionó rápidamente los nombres de los propietarios de las casas atacadas y los nombres de los que habían muerto o habían sido heridos durante los saqueos-. Estamos encerrados, padre. Nadie se atreve a salir del barrio. Yo he tenido que salir por la portezuela del palacio episcopal.
– No lo sabía -murmuró el anciano con voz apagada-. Que Dios no retire su mano de nosotros.
El muchacho repitió la apelación a Dios y continuó en voz más baja: