Выбрать главу

Yunus y los jinetes que lo llevaban rodearon la iglesia trazando un amplio arco, hasta llegar a un edificio con formas de castillo que se levantaba justo al lado de la iglesia. Allí los recibió un hombre vestido de negro, que cogió con expresión indiferente la soga a la que estaba atado Yunus y tiró de él hacia el interior del edificio como si de una res se tratara. Una vez en el interior, el hombre encerró a Yunus en una pequeña habitación oscura que llenaba el hueco de una escalera.

Yunus se acurrucó en el suelo. La habitación era demasiado estrecha para tumbarse, y demasiado baja para estar de pie. Esperó. Más tarde, en algún momento indeterminado, oyó un suave canto procedente del exterior, y, en algún otro momento, el hombre vestido de negro volvió a la habitación y dejó una jarra de agua en el suelo.

Yunus bebió con tragos breves y cuidadosos. Era agua buena, fresca, y Yunus tuvo que contenerse para no arrojarse ávidamente sobre ella. Luego oyó acercarse unos pasos y lo cegó el brillo de una lámpara. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la luz, vio ante él a dos sacerdotes vestidos con sobrepellices oscuras, que lo estaban mirando como a un insecto venenoso. Hablaban en francés, pero tan deprisa que Yunus no entendía lo que decían. Luego volvió nuevamente el hombre de negro, le hizo una seña para que saliera de la habitación y lo guió escalera arriba y luego por un largo pasillo iluminado tan sólo por delgadas ranuras que hacían las veces de ventanas. Se oía un extraño rugido, cada vez más intenso. Luego se abrió una puerta y estaban en la iglesia. El rugido era ahora tan fuerte que retumbaba en los oídos. Yunus podía distinguir ruidos particulares que brotaban del fragor generaclass="underline" gritos, carcajadas, ladridos y el sonido apagado de un gong de madera.

Se hallaban en el coro de la iglesia, frente al altar, que estaba velado con telas negras. Dominaba una sombría penumbra; no ardía ni una sola vela, y sólo por el otro extremo de la nave, cerca de la puerta principal, donde el tejado aún estaba abierto, se colaba una ancha franja de luz tan intensa que cegaba.

El hombre de negro acercó a Yunus a la barandilla del coro, que separaba éste de la nave de la iglesia. Ahora Yunus veía a los fieles, que llenaban toda la iglesia. Y, en ese mismo instante, la gente lo vio a él y el ruido se hizo aún más intenso. Y brotaron los mismos gritos que ya había oído en la calle:

– ¡Allí está! ¡El judío! ¡Allí está el judío!

Gritos agudos, que resonaban en la bóveda de la iglesia.

Habían clavado un poste de madera en el suelo. Yunus comprendió que el poste había sido preparado para él. No se defendió cuando lo pusieron de espaldas contra el poste, le encadenaron las manos y le pasaron una cuerda por debajo de las axilas. A través de la barandilla del coro veía rostros individuales, bocas abiertas gritando a voz en cuello, puños levantados. Cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, había tres hombres frente a él. Los tres eran más bajos que Yunus, y tenían los brazos gruesos, las cabezas redondas y el cabello muy corto. Yunus los observó, uno tras otro; no tenía miedo. Los dos de los extremos esquivaron su mirada; sólo el del centro la mantuvo, y le enseñó los dientes en una sonrisa burlona. Tenía una brecha inmensa en la mandíbula superior.

Desde el fondo del coro subía ahora un canto solemne que poco a poco fue haciéndose más intenso y apagó paulatinamente el barullo de los parroquianos. Luego llegó desde el altar la voz del sacerdote, y, desde la nave de la iglesia, la múltiple y monótona respuesta de la comunidad, que golpeó contra la bóveda como una ola. Yunus conocía el ritual de la misa cristiana y también conocía, a grandes rasgos, el texto de los Evangelios, así que podía seguir la lectura. Observó a los tres hombres que estaban frente a él y, nerviosos, cambiaban a cada momento la pierna en que apoyaban el peso de sus cuerpos.

– Ahora guardad silencio y escuchad las palabras del santo Evangelio según San Marcos -oyó decir al sacerdote y vio que, de repente, todas las miradas se dirigían hacia él. Supo entonces lo que le esperaba, y lo embargó el miedo. De pronto recordaba con toda claridad la descripción de aquel interrogatorio al que el Consejo había sometido a Jesús de Nazaret dos días antes de la fiesta del Pésaj, en Jerusalén. Los miembros del Yeshiva le habían preguntado si era realmente hijo de Dios, y él había contestado «vosotros lo habéis dicho». Con esta extraña respuesta indirecta y ambigua había perturbado a todo el Yeshiva, pues la afirmación implícita en ella atentaba contra el primer y más importante precepto del judaísmo, contra la férrea certeza de que existe un único Dios, un solo y único Señor del cielo y de la Tierra.

Yunus también sabía cómo continuaba la historia, relatada con todos sus desagradables detalles en los cuatro Evangelios: los miembros del Sanedrín habían escupido al blasfemo y habían ordenado a sus siervos que le pusieran un saco en la cabeza y lo golpearan, exhortándolo en tono de burla a adivinar quién le daba cada golpe, para que demostrara así su presunta omnisciencia divina.

El sacerdote leyó con voz muy potente los antecedentes de la historia, que empezaban con la cena de la noche del Seder y continuaba con la captura de Jesús de Nazaret, esa misma noche. La comunidad acompañaba las palabras del sacerdote con gritos. Las mujeres sollozaban, los hombres proferían violentas amenazas cuando se mencionaba a Judas Iscariote. Yunus ya no recordaba el desarrollo exacto de la historia, pero suponía que ahora seguiría la lectura de la captura. Y así fue.

De pronto los acontecimientos se precipitaron. Cuando el sacerdote llegó a la parte en que el gaón anunciaba la pena de muerte por blasfemia contra Dios, los tres hombres se adelantaron de repente y escupieron a Yunus a la cara, de forma tan sorpresiva que Yunus apenas pudo cerrar los ojos a tiempo. Sintió cómo le caían en la cara los escupitajos, escuchó el rugido de la gente y los gritos furiosos y enardecedores de los tres hombres, y un instante después ya tenía la cabeza cubierta por un saco y oía la voz potente y penetrante del sacerdote elevándose sobre el clamor de la multitud:

– Entonces algunos se pusieron a escupirle, le cubrieron los ojos y lo golpearon con los puños.

Yunus escondió la cabeza entre los hombros, apretó los dientes, cerró los ojos. Esperó inmerso en un creciente pavor el primer golpe, lo sintió venir, pero no estaba preparado para la terrible rabia con que le cayó encima. Sentía como si se le hubiera reventado el cráneo. La cabeza se le balanceaba de un lado a otro bajo los golpes, y en sus oídos resonaba un rechinante crujido, un trueno que apagaba todos los demás sonidos. Ya no podía distinguir dónde le caían los golpes. Quería gritar, pero el grito se le atascaba dolorosamente en la garganta. Sintió que estaba a punto de perder el conocimiento e hizo el desesperado esfuerzo de mantener firmes las rodillas, aterrorizado por la idea de que si flaqueaba caería en el vacío. Hasta que lo abandonaron todas sus fuerzas y se desplomó, quedando de pie sólo porque lo sostenían sus ataduras. En ese mismo instante cesaron los golpes, y Yunus comprobó que prácticamente no sentía dolor alguno, tan sólo el insoportable y ensordecedor bramido que parecía a punto de hacerle estallar la cabeza.

Prestó atención a los sonidos lejanos, que poco a poco se abrieron paso hasta su conciencia sofocando el horrible bramido. Chillidos de niños, gritos penetrantes y el aullido de un perro. Y luego otra vez la voz del sacerdote:

– En verdad, tú eres uno de ellos, tú habías como el galileo, ¡tú eres de los suyos!

Yunus entendía cada palabra, pero no llegaba a comprender el significado. ¿De qué galileo hablaba? ¿Y quién no conocía a ese galileo? El bramido que atormentaba sus oídos cedió y fue reemplazado por un dolor sordo y palpitante que parecía llenarle toda la cabeza. Yunus intentó localizar el dolor, entreabrió los ojos, movió cuidadosamente la mandíbula inferior, se tanteó los dientes con la punta de la lengua. Con cada movimiento surgían nuevos dolores, como si le clavaran en las sienes agujas al rojo vivo. Notó sabor a sangre entre los dientes, el labio superior se le empezó a hinchar y endurecer, y en el ojo derecho sentía una fuerte presión que le impedía levantar el párpado. Sentía la presión de sus ataduras en el pecho y las axilas, pero no hizo ningún intento de incorporarse. Prefería seguir colgado. Estaba infinitamente cansado, y daba gracias porque finalmente lo hubieran dejado en paz. Era la primera vez que sentía que le habían dado una paliza, una experiencia completamente nueva. Ni siquiera de niño le habían pegado, ni su padre ni ningún otro.