Sintió vagamente que le quitaban el saco de la cabeza y lo desataban del poste. Movió las piernas mecánicamente, como intentando andar, mientras lo sacaban de la iglesia para llevarlo de regreso a la pequeña habitación bajo la escalera. Más tarde comprobó, humillado, que mientras lo golpeaban le había fallado el esfínter, y se puso a limpiar su traje. Pero pronto lo dejó. Los dolores que le llenaban la cabeza eran más soportables si no se movía.
Cuando ya había oscurecido lo visitó un monje, que le dio de beber agua y le lavó la cara con un trapo húmedo.
– Te esperan fuera, para llevarte de regreso -dijo mientras ayudaba a Yunus a ponerse de pie. Rebosaba compasión.
Los que esperaban eran los mismos hombres que habían traído a Yunus esa mañana, pero ahora iban a pie. Tenían prisa, y actuaron con rudeza cuando Yunus no podía mantener el paso. Cuando tomaron la calle del campamento, unos cuantos adolescentes repararon en ellos, y uno reconoció a Yunus y se puso a gritar:
– ¡Allí está el judío que han apaleado en la iglesia!
Una anciana se interpuso en su camino intentando escupir a Yunus. Los guardias la hicieron a un lado.
– ¡Pero no hagáis tonterías! ¡Esfumaos! ¡Apartaos del camino!
Bajo la luz trémula de una antorcha, Yunus distinguió el rostro de un hombre que le era familiar. Un rostro pálido y afeitado al ras, con marcadas arrugas alrededor de los labios. Perdió de vista al hombre. Cincuenta pasos más adelante volvió a verlo y recordó quién era. Lo conocía de Conques. Era un monje al que había extirpado un furúnculo durante su primera visita al monasterio; un hombre sencillo y quejumbroso que, a pesar de la fuerte dosis de opio, había acompañado la inocua operación con alaridos bestiales. El hombre estaba en medio de la calle, sosteniendo una antorcha por encima de su cabeza y con la otra mano levantada hacia Yunus; una mano como una garra, el índice y el meñique extendidos. De pronto se puso a gritar. Frases cortas surgidas de un arrebato nervioso, gruñidos tan ensordecedores como incomprensibles, que se precipitaban unos sobre otros.
Los dos guardias lo amenazaron con sus lanzas, pero el monje no se dejó acallar. Empezó a andar hacia atrás, siempre frente a ellos y sin dejar de gritar. Y ahora podía entenderse lo que gritaba:
– ¡Satanás! ¡Satanás! ¡Es un siervo de Satanás, un discípulo del demonio! ¡Ha hecho un pacto con el demonio!
Empezó a acercarse cada vez más gente, hasta que el tumulto era ya tan grande que los guardias tenían problemas para abrirse paso. El monje levantó los dos brazos y empezó a hablar a la gente en tono de predicador:
– ¡Escuchadme, soldados de Cristo, nuestro Señor! ¡Prestadme atención! Yo vengo del convento de Santa Fides. Conozco a este hombre. Es un judío, un hereje, un siervo de Satán. Lo conozco, y os voy a contar cómo este hombre arrojó a uno de nuestros hermanos en brazos de Satán, el Espíritu del Mal y Señor de las Tinieblas. ¡Os lo voy a contar!
Los guardias se habían detenido, y Yunus con ellos. Ya no había por dónde pasar, un denso círculo se había cerrado alrededor de ellos, un circulo de rostros boquiabiertos y ojos temerosos dirigidos hacia Yunus con nerviosa curiosidad. El monje continuó su sermón:
– ¡Escuchad lo que os voy a decir! Un día Dios castigó a uno de nuestros cofrades enviándole enfermedad. El demonio le inspiró la idea de mandar traer a un médico, a pesar de que en el capítulo diecisiete de Jeremías dice: «¡Huid del hombre que se confía a hombres!». ¡Ay, si tan sólo hubiese depositado su confianza en Dios y en Santa Fides! Pero así fue como llegó este mago judío a nuestro convento. -Cogió la cruz que le colgaba del pecho y apuntó con ella a Yunus-. Mediante lisonjas y poderes mágicos, se ganó la confianza de nuestro cofrade y, finalmente, lo inició en sus misterios. Se aprovechó de la curiosidad blasfema de este desgraciado hermano y le prometió un encuentro con el diablo, con el mismísimo Satanás, el Maestro de la Maldad. Y oíd, hijos de la fe verdadera, oíd lo que ocurrió después.
Yunus miraba al monje, completamente desconcertado. ¿De qué estaba hablando ese hombre? ¿Qué quería de él? En Conques se había topado con él muy a menudo, y jamás habían tenido siquiera una discusión. ¿Qué podía tener ahora contra él?
– ¡Oíd cómo este hechicero judío invocó al demonio para perder a nuestro hermano! -continuó el monje en voz más alta-. Se encontraron en un lugar secreto, y el Príncipe del Infierno dijo a nuestro cofrade:
»-Si quieres participar de las enseñanzas ocultas de la magia, debes hacerme una ofrenda.
»Y nuestro cofrade, en su ceguera, le preguntó:
»-¿Qué ofrenda debo hacerte?
»Y Satán respondió:
»-Debes ofrecerme aquello que más ama el hombre.
»Nuestro cofrade preguntó entonces:
»-¿Y qué es eso, oh, Príncipe de las Tinieblas?
»Y Satán le respondió:
»-Es el flujo de tu semen; dame tu semen y serás maestro en todas las ciencias de la magia y conocerás los secretos de los libros sellados.
»Eso fue lo que dijo Satán a través de este judío, que es su discípulo y su siervo fiel; y, en verdad, lo dijo a un sacerdote consagrado. ¡Ay, infame sacrilegio! ¡Ay, terrible, maldito suceso!
Los espectadores hicieron la señal de la cruz, algunos lanzaron suspiros y otros se pusieron a rezar. Una mujer repetía una y otra vez, siempre en el mismo tono agudo y sollozante, el mismo versículo de la Biblia. Yunus veía con espanto cómo se convertía la hostilidad de los rostros en odio declarado. Pero todavía era incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo. ¿Cómo era posible que esa gente creyera a ese hombre, que evidentemente estaba loco? ¿Por qué a ninguno se le ocurría preguntarle si él había estado presente en ese supuesto encuentro con el diablo? ¿Cómo sabía con tanta exactitud qué se había dicho en ese encuentro? ¿Cómo era posible que nadie desconfiara de sus palabras?
– ¡Prestad atención! -continuó el monje, gritando a voz en cuello-. ¡Prestad atención a lo que os voy a decir, ovejas de Cristo! Este hermano entregado al demonio empezó a tener trato con una monja y se la llevó a escondidas a su celda, para hacer con ella lo que el demonio y este judío le habían encargado. Y cuando el abad, preocupado por su cofrade, fue a ver qué ocurría, aquel siervo indigno del Señor transformó a la mujer en una perra gracias a las artes mágicas que este diabólico judío le había enseñado, consiguiendo así ocultaría al abad. ¡Todo esto os digo! ¡Lo le visto con mis propios ojos y puedo jurarlo ante el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo! -Dio un paso hacia Yunus y le apuntó con la cruz, como con un arma-. ¡Y este judío, este hereje y enemigo de nuestro Señor Jesucristo, fue quien entregó al demonio esa alma desgraciada! ¡Fue éste quien lo hizo!
Se acercó aún más, y con él los que estaban a su lado. El círculo se estrechó, y Yunus advirtió que los dos guardias empezaban a apartarse cautelosamente de él.
– ¡Fue éste! ¡Éste de aquí! -gritó el monje. Estaba a menos de tres pasos de distancia. Yunus veía la cruz ya casi sobre su rostro, y veía las caras deformadas de la gente, en las que el odio finalmente había ganado la partida al temor que los había contenido hasta entonces.