El madjlis en el que se encontraban estaba en la torre este. Una cúpula sencilla, que descansaba sobre delgados pilares, permitía ver desde cualquier punto el río, las montañas cubiertas de nieve, al norte, y la imponente ciudad, que se extendía mil pasos río arriba, a orillas del Ebro. Era el madjlis verde, como se lo llamaba por los mosaicos de plantas de color verde sobre oro que adornaban la bóveda de la cúpula y por los numerosos tiestos con plantas esparcidos sobre la plataforma de la torre, que creaban la ilusión de que uno se encontraba en el quiosco de un amplio parque y no en el prominente bastión de un palacio construido como fortaleza inexpugnable.
Ibn Ammar disfrutaba por primera vez del gran honor de haber sido invitado a la corte del príncipe. Además de él, había tan sólo otros dos convidados: un shaik sesentón de barba blanca y descuidada y ojos astutos, que estaba considerado un importante astrólogo y había sido llamado a la corte ya por Sulaimán ibn Hud, el padre del actual príncipe; y Abú'l-Fadl Hasdai, a quien Ibn Ammar debía agradecer la invitación. Éste era un hombre tan sólo dos o tres años mayor que Ibn Ammar, elegante, juicioso y muy bien informado de todo cuanto ocurría en el reino del príncipe y las otras cortes de Andalucía y de los reinos españoles. Un judío de quien se decía que tendría todas las posibilidades de suceder al viejo hadjib con sólo declararse dispuesto a convertirse al Islam. Era uno de los pocos que siempre tenía acceso al príncipe. Administraba su fortuna, controlaba las finanzas, ocupaba el cargo de emil supremo, y contaba con su ilimitada confianza, lo que hacía de él uno de los hombres más poderosos del reino de Zaragoza.
Ibn Ammar estaba sentado frente al príncipe, separado de él sólo por una mesa baja de ajedrez. Ahmad Abú Djafar ibn Sulaimán ibn Hud al-Muktadir, príncipe de Zaragoza, señor de todo el fértil valle del Ebro, desde Tudela hasta casi la costa, desde Huesca, al pie de los Pirineos, hasta Medinaceli, la colosal fortaleza de la frontera con Toledo. Cuarenta años de edad, alto, de una seriedad rayana en la reserva. Un monarca severo, que imponía en su corte y en todo su reino un gobierno muy estricto, aunque sin las arbitrariedades de al-Mutadid de Sevilla. La corte de Zaragoza no conocía el lujo y la ostentación de las cortes principescas de Andalucía; la atmósfera era aquí más sobria, más fría y, debido a las constantes luchas por defender las fronteras, también más marcial. Comandantes de tropas y fortalezas daban el tono en la corte, y, en lugar de poetas y literatos, al-Muktadir prefería la compañía de científicos, astrónomos, geógrafos, botánicos y agrónomos.
Que Ibn Ammar hubiera conseguido introducirse en la corte no se debía a su fama como poeta, sino a su habilidad como ajedrecista. El príncipe jugaba muy bien, pero el placer que le deparaba el juego disminuía por el constante recelo de que sus adversarios le daban ventaja. Así pues, Ibn Ammar se esforzaba por no mostrar flaquezas en su juego, siguiendo el consejo de Abú'l-Fadl Hasdai, quien le había explicado que el príncipe prefería una derrota ajustada ante un adversario de reconocida valía a una victoria regalada.
Pero no era únicamente su talento para el ajedrez lo que había permitido la rápida ascensión de Ibn Ammar en Zaragoza. Eh visir judío tenía también otros motivos para interesarse por él. Habían llegado importantes noticias de Sevilla. Se decía que Ismael, el primogénito del monarca sevillano, se había enemistado con su padre. Se decía que el príncipe heredero se había quejado públicamente de haber sido enviado por su padre, con un ejército insuficiente, a una absurda campaña de primavera contra Córdoba. Y estaba irritado por la manera en que el monarca mostraba abiertamente su predilección por el príncipe Muhammad, su segundo hijo, sólo porque éste ya le había dado tres nietos, mientras que el príncipe heredero, quien sólo trataba con hombres, hasta ahora no había tenido ningún hijo.
Probablemente, Abú'l-Fadl Hasdai disponía aún de más información, y, en todo caso, sabía de la estrecha amistad que Ibn Ammar había mantenido con el ahora predilecto príncipe Muhammad, y era lo bastante previsor como para invertir en él.
Reinaba tal silencio que podía oírse el crujir de las ruedas de los molinos de la ciudad. El paje abisinio que atendía a los invitados se deslizó sigilosamente y encendió las lámparas de aceite. Las músicas, ocultas tras una mampara, habían dejado de tocar por un momento. El príncipe estaba inclinado sobre el tapete de ajedrez.
Tres jugadas antes del jaque mate, se dio cuenta de que había perdido. Se levantó y, con una sonrisa apenas perceptible, entregó a Ibn Ammar la joya que adornaba la cabeza de su rey rojo, un rubí del tamaño de una lente.
– Bello ataque con el alfil -dijo con una mínima sonrisa. Luego se recostó, miró a Ibn Ammar a los ojos y, sin transición, empezó a hablar del tema que por entonces dominaba todas las conversaciones en Zaragoza: la inminente campaña del rey de Aragón.
– Desde hoy tenemos noticias confirmadas de que la fuerza principal de los caballeros francos se ha unido a las tropas del rey -dijo.
– Dios los maldiga -respondió Ibn Ammar, consciente de su deber. Abú'l-Fadl Hasdai lo había preparado para la conversación.
– Se dice que el ejército cuenta con seis mil hombres, pero las cifras siempre se exageran. -El príncipe dirigió una mirada interrogante al visir, quien confirmó sus palabras asintiendo con la cabeza-. Marchan hacia Graus, por el mismo camino que siguió el padre del rey el año pasado -continuó el príncipe-. No tenemos pensado atacar con un ejército auxiliar. Sólo reforzaremos las guarniciones de los castillos fronterizos. Por lo demás, el enemigo podrá avanzar sin ser molestado hasta Barbastro, y también encontrará despejado el camino hacia Lérida. Nosotros únicamente impediremos que penetren en nuestros territorios. No más allá de Barbastro.
Ibn Ammar escuchaba con creciente interés. Aquello era algo nuevo para él; nuevo y desconcertante. Ibn Ammar sabía por qué el príncipe estaba descontento de los habitantes de Barbastro y del qa'id que capitaneaba la guarnición del al-Qasr de la ciudad. Abú'l-Fadl Hasdai también lo había puesto al corriente de que el príncipe quería enviarlo a Barbastro con una embajada. Pero ¿qué sentido podía tener enviar una embajada cuando el príncipe ya había decidido firmemente no prestar ayuda a la ciudad?
– Deseo que vayas a Barbastro y hagas conocer mi decisión al qa'id y al qadi de esa ciudad desagradecida -terminó el príncipe. Se levantó sin dar más explicaciones, llamó con unas palmadas al paje, que se apresuró a ponerle un capote, y salió del madjlis seguido por el shaik, dirigiéndose hacia la atalaya instalada encima de la cúpula, desde donde solía observar las estrellas cuando la noche era clara.
Abú'l Fadl Hasdai hizo una seña a Ibn Ammar para que se acercara.
– Partirás mañana. Todo está arreglado. El emir de Huesca pondrá a tu disposición una escolta que te acompañará hasta Barbastro.
– ¿Viajo por encargo oficial del príncipe? -preguntó Ibn Ammar.
El visir titubeó.
– Un embajador oficial del príncipe tendría que exigir el sometimiento incondicional de la ciudad -dijo por fin, en tono más bien indiferente y sin mirar a Ibn Ammar-. Tú no eres vasallo del príncipe. Tu condición te permite presentarte con modos más conciliadores y negociar con mayor flexibilidad.
– Pero ¿en nombre de quién negocio? -preguntó Ibn Ammar.
– En mi nombre -respondió el visir sonriendo-. En nombre del director de la administración fiscal.
– ¿Y cuál será el objeto de la negociación? ¿Qué ofertas puedo hacer? El príncipe únicamente ha dicho que dé a conocer su decisión.
– Ésa es tu primera misión -dijo el visir con rostro imperturbable-. La gente importante de Barbastro debe enterarse de que no han de esperar ayuda de Zaragoza. Ni la mínima ayuda. Debes dejar muy claro que el príncipe está furioso por su desobediencia. Puedes hacer que suene como información fidedigna de la corte. Di que el príncipe ha manifestado a un pequeño circulo de amigos que si Barbastro quiere someterse a su hermano, que busquen ayuda en Lérida. En cualquier caso, esta información es sólo para el qa'id.