El qa'id habló con cada comandante de torre, con cada centinela; tenía palabras de aliento incluso para el más insignificante radjul. Conocía a todos sus hombres por su nombre y se esforzaba subiendo y bajando escalinatas, a pesar de que ello le causaba visibles dolores. Era un hombre experimentado y apreciado por sus subordinados; el prototipo de buen caudillo militar. Ibn Ammar empezó a dudar si el príncipe había sido bien asesorado en cuanto a hacer caer a un hombre tan capaz.
Durante la ronda de inspección, el qa'id no había mencionado al príncipe ni una sola vez. Tampoco durante la comida del mediodía, en el gran madjlis del castillo, se dijo una sola palabra sobre Zaragoza o Lérida. Ni una pregunta sobre los mensajes que Ibn Ammar traía de la capital. El qa'id permanecía en silencio; sólo de tanto en tanto dejaba caer alguna observación mordaz sobre los sitiadores. Hacía chistes tontos que sus hombres respondían con sonoras carcajadas, sacaba con los dedos curvados la carne de mitad de la fuente, se limpiaba la grasa de la boca con el dorso de la mano, escupía. Se comportaba como un soldado dispuesto a demostrar que no le interesaban un ápice los refinados modales propios de la vida cortesana.
Sólo después de la comida, cuando ya la mayoría se había retirado, el qa'id abordó a Ibn Ammar, y fue directo al grano:
– ¿Qué te han encargado que me digas? -preguntó con aspereza-. ¿Y quién te lo ha encargado?
Ibn Ammar notó la postura tensa en que lo observaba el qa'id, la expresión impaciente de sus ojos, y decidió renunciar a todo juego diplomático y responder sin rodeos:
– No vengo por encargo del príncipe, como ya sabes por la carta de acreditación que entregué a tu criado. Estoy aquí como mensajero de Abú'l-Fadl Hasdai, el katib az-Ziman.
– ¿El judío que quiere ser hadjib? -preguntó, burlón, el qa'id.
– Sí -dijo Ibn Ammar-. El me ha encargado que te comunique que el príncipe no está dispuesto a enviar tropas en ayuda de Barbastro.
Eh qa'id empujó cuidadosamente con la lengua el hueso de dátil que bahía estado mordisqueando, lo dejó posarse sobre el dorso de su mano y lo contempló como un anciano contemplaría su último diente que acabara de caérsele. Luego lo arrojó hacia arriba y volvió a atraparlo con la misma mano.
– ¿Lo ha dicho el propio príncipe? -preguntó enérgicamente.
Ibn Ammar dudó un momento qué responder, aunque con ello abandonaba la línea acordada.
– Son sus propias palabras -dijo-. Dirigidas a mi mismo. Durante una partida de ajedrez.
El qa'id se dirigió al hombre que estaba sentado a su derecha e intercambió unas palabras con él, susurrando. Aquel hombre se les había unido a la hora de la comida; tenía unos cuarenta años, la misma estatura que el qa'id y la misma expresión amarga en el rostro. Le habían dejado sentarse a la mesa en el lugar de honor, y ello había hecho suponer a Ibn Ammar que debía de tratarse del hijo mayor del qa'id. Los dos conversaron un largo rato, sin que Ibn Ammar pudiera oir lo que decían. Luego el qa'id volvió a dirigirse a Ibn Ammar, en un tono aún más áspero que antes:
– ¿Por qué te han encargado a ti que transmitas ese mensaje?
– Supongo que no encontraron a ningún otro dispuesto a hacer de mensajero.
El qa'id no hizo ningún gesto, pero en sus ojos podía verse la sombra de una sonrisa, como si la respuesta le hubiera parecido divertida. Ibn Ammar supo de repente que estaba pisando hielo muy quebradizo. Al parecer, el visir judío le había ocultado alguna información importante. Ahora tenía que confiarse a su instinto.
– Vengo de Murcia -dijo con forzada serenidad-. Formaba parte del séquito del príncipe heredero, Hassún ibn Tahir, que fue derrotado por su hermano en la lucha por la sucesión. Llegué a Zaragoza como fugitivo. Un fugitivo debe estar agradecido de que le encomienden cualquier misión, incluso una tan poco deseable.
El qa'id intercambió algunas palabras con el hombre sentado a su lado.
– ¿Qué otra cosa te han encargado? -preguntó después.
Ibn Ammar mostró las manos vacías.
– Nada más -respondió con decisión-. Sólo que también transmita el mensaje al qadi de la ciudad.
Se hizo un instante de desagradable silencio mientras el qa'id, sentado con las piernas recogidas, se daba masajes en las articulaciones del pie. Luego se levantó repentinamente, con un doloroso impulso, y, señalando con la mano derecha al hombre que estaba a su lado dijo sin mucho interés:
– Ya has cumplido ese encargo. Este es Ahmad ibn Isa, el qadi de Barbastro.
El qadi también se levantó, y los dos salieron del madjlis sin decir una palabra más ni despedirse siquiera. Sólo seguía allí el sobrino del qa'id.
Éste llevó a Ibn Ammar a un nuevo alojamiento, en el extremo sureste del castillo. Una habitación cuadrada, de cuatro pasos por lado, situada al pie de una pequeña torre y provista de una única ventana que parecía más bien una aspillera. Sólo se podía entrar en la habitación por una trampilla que comunicaba con la planta superior a través de una escalinata. En el suelo había una jarra con agua, un cubo para las necesidades y, en un rincón, un saco de paja. También estaba allí el equipaje de Ibn Ammar.
El sobrino del qa'id señaló una marca junto a la ventana, que indicaba la dirección en que se debía rezar. Por lo demás, no dijo una sola palabra, no respondió a ninguna pregunta, ni dijo nada sobre el paradero de los dos criados, a los que Ibn Ammar no había vuelto a ver desde esa mañana. Al salir de la habitación, retiró la escalinata y cerró la trampilla del techo.
Ibn Ammar se puso a revisar su equipaje. Salvo su navaja de afeitar, unas tijeras para la barba y un cuchillo que Hassún ibn Tahir le había regalado en Murcia, no le faltaba nada. Echó un vistazo por la ventana. Sólo se veía una muralla lisa, coronada por un adarve. Hasta donde alcanzaba a ver, no había nadie en el adarve.
Sobre el techo de vigas se oyeron voces y ruido de pasos, que no tardaron en alejarse nuevamente. Ibn Ammar se tumbó boca arriba en el saco de paja y cruzó las manos bajo la nuca.
Por lo visto, tenía mucho tiempo para reflexionar sobre su situación.
24
Lope estaba sentado en lo alto de la pendiente que caía sobre la amplia plaza situada ante la ciudad. Estaba sentado a la sombra de una higuera, con la espalda apoyada en el tronco y las piernas estiradas. Era mediodía y hacía tanto calor que el aire rehilaba sobre el suelo. Pero a la sombra el calor era soportable, y a veces llegaba de las montañas una brisa que acariciaba dulcemente la piel, como un soplo fresco.
Habían pasado casi siete semanas desde que llegaron a la ciudad; a Lope le parecía una eternidad. Salvo en los últimos dos días, la guerra había sido completamente distinta de lo que él había imaginado. Nada más que trabajo. Trabajo duro, agotador, desde la salida del sol hasta la noche, cada día, sin descanso. Habían levantado un campamento con muralla, foso y una palizada de troncos y ramas entretejidas. Al este y al oeste del campamento habían construido sendas atalayas de madera, para cerrar aún más el cerco de la ciudad. Habían talado árboles y acarreado material de construcción, piedras y maderos de casas abandonadas. Habían recolectado leña y ramas delgadas para hacer fajinas. Dos semanas atrás, cuando el campamento por fin estuvo terminado, habían tenido que ayudar al segundo grupo de construcción, el cual, bajo la dirección de un carpintero de ribera griego, estaba construyendo en la gran plaza que se extendía ante ha ciudad una torre de asedio, que, por expreso deseo del sire, debía estar rodeada por una fortificación. El trabajo no cesaba, y el sire en persona hacía una ronda dos veces al día para alentar a los hombres. Muchos de los mozos campesinos y de los aventureros que se les habían unido durante el viaje ya se habían escabullido al amparo de la noche y habían pasado a servir a algún otro señor, como el conde de Urgel, que no exigía tanto a su gente.