También Lope, algunos días, había terminado tan cansado que de buena gana hubiera puesto pies en polvorosa. Pero, al mismo tiempo, se sentía orgulloso de que el capitán estuviera al servicio de los normandos, y de la excelente reputación que con eso había ganado, parte de la cual recaía a su vez sobre Lope.
Éste era un día en el que Lope tenía motivos para estar especialmente orgulloso. Era un buen día. Hubiera sido un día perfecto de no ser por aquel gimoteo, un gimoteo constante y quejumbroso a sus espaldas. En las últimas horas se había atenuado, y ahora, a ratos, incluso cesaba por completo. Pero cuando volvía, resonaba dentro de sus oídos. No lo dejaba en paz.
Tenía los ojos entreabiertos, dirigidos hacia su caballo, que estaba junto a él, a la sombra, mordisqueando las ramas que él le había cortado del árbol con su cuchillo. Dirigió la mirada nuevamente hacia la muralla y hacia la puerta de la ciudad, flanqueada por dos imponentes torres. En cuanto apareciera una tela blanca en lo alto de la muralla, Lope y el cabañero, que le había sido asignado como compañero en esa misión, tendrían que liberar a los dos prisioneros de la viga de donde colgaban atados de las manos. La tela blanca era la señal de que los moros de la ciudad estaban dispuestos a rescatar a los prisioneros. Si, por el contrario, se abría la puerta, lo que sólo podía significar que los moros preparaban un ataque, su tarea era cortar tan rápido como fuera posible las sogas de las que colgaban los prisioneros, para que éstos cayeran sobre las afiladas estacas clavadas debajo de ellos. Esa era la misión que les había confiado el capitán. Lope no podía perder de vista las murallas de la ciudad y, sobre todo, la puerta.
De pronto se oyó un ruido, piedra contra piedra, justo detrás de él. Lope se levantó sobresaltado y echó mano al cuchillo. Pero no era más que el cabañero, que estaba tirando piedras a los prisioneros. Los dos hombres colgaban de una larga viga apoyada de tal modo que el extremo libre sobresalía más allá del borde de la pendiente. Estaban desnudos, y podía verse que los brazos ya se les habían desencajado de los hombros. Colgaban inmóviles, como animales degollados en una carnicería. Al de más edad se le había erguido el miembro. A eso era a lo que apuntaba el cabañero con sus piedras.
– ¡Ya basta! -dijo Lope-. ¡Déjalo en paz!
El cabañero fingió que no lo había oído y arrojó una piedra más, y otra. La segunda dio al más joven en la cadera. Era casi un niño; no tenía más de catorce años. Se estremeció como un pez desfalleciente en el anzuelo, abrió los ojos y echó una mirada perdida a su alrededor, ya sin ver nada. Luego sus ojos volvieron a hundirse y su cabeza cayó hacia delante. Había llorado como un niño cuando lo colgaron de la viga, y, al empezar los dolores, había gritado y berreado. Luego solo había dejado escapar gemidos, durante horas.
– ¡Para, maldito! -gritó Lope. Estaba furioso por haberse sobresaltado tanto con el ruido de las piedras, y estaba furioso por tener que aguantar la presencia del cabañero.
El cabañero tiró una piedra más, sin apuntar, y se volvió hacia Lope enseñando los dientes en una sonrisa burlona.
– Cágate en los pantalones, pequeño -dijo. Tenía el labio superior muy delgado, y apenas abría la boca, éste se levantaba descubriendo los dientes delanteros y la encía.
Lope volvió a sentarse en su puesto e intentó reprimir la ira que vibraba dentro de él. Algún día le daría una lección a ese mierda. Ya desde el primer día no había podido tragarlo. Era un asqueroso e insignificante pastor de ovejas que se había topado con ellos en las montañas, detrás de Tolosa, y se les había pegado como una chinche. El capitán lo había tomado como segundo mozo, porque conocía endemoniadamente bien las montañas y sabía en qué arroyos encontrar peces y en qué lugares de los bosques podían tenderse trampas. Era un palmo más bajo que Lope, pero dos años mayor y algo más fuerte; un zoquete de cabeza grande y manos regordetas, inculto y basto, astuto y taimado, sumiso ante el capitán y artero con Lope. No podía fiarse de él ni un solo instante.
Lope volvió a dirigir su atención a la puerta y recorrió con la mirada la cima de la muralla. Al principio había tras las almenas un enjambre de moros que miraban hacia ellos y gesticulaban con los brazos; ahora todo estaba tranquilo, ya no se veía a nadie. ¿Habrían abandonado a esos dos miserables? ¿No podía su familia reunir el dinero? El capitán se había mostrado tan seguro de que los moros pagarían…
Los dos prisioneros eran hermanos. Iban ricamente vestidos y no tenían callos en las manos. Eran hijos de un comerciante en pieles, según habían confesado cuando el capitán empezó a interrogarlos. ¿Por qué un rico comerciante en pieles no podía reunir los doscientos dinares de oro que exigía el capitán? ¿Habría sido en vano todo el trabajo que se habían tomado?
Dos noches enteras habían pasado al acecho el capitán, dos caballeros normandos con sus escuderos y dos arqueros, ansiosos de procurarse caballos. Se habían arrastrado a lo largo de la pared del cementerio y bordeado la gran plaza, hasta alcanzar el foso paralelo a la muralla de la ciudad, donde habían esperado con los rostros ennegrecidos con hollín y los trajes empapados en orina de caballo. La segunda noche, los moros habían salido por la pequeña portezuela abierta en la parte baja de la puerta de la ciudad, para hacer pastar a sus caballos en el foso, tal como el capitán había previsto. Dieciséis caballos, cada uno guiado por un hombre, y dos guardias con perros. El capitán había elegido para él un gran caballo morcillo con un lucero blanco del tamaño de un puño en la frente, fácil de distinguir a pesar de la oscuridad. Habían esperado hasta que los moros se dispusieron a regresar a la ciudad. Entonces todo se había precipitado. El capitán se levantó de un salto, sigiloso como un gato, y con un par de pasos alcanzó el borde del foso. Luego alzó un brazo por encima de la cabeza, se oyó un suave silbido y, un instante después, el jinete del morcillo salió despedido de su silla como arrancado por la mano de algún espíritu. El capitán estaba aún a cinco pasos de él. El caballo que iba detrás se encabritó y derribó a su jinete. Para entonces, los normandos estaban ya en el foso, y arrastraron a los dos hombres fuera de éste; luego, a los caballos. Los otros moros se habían desbandado presas del pánico, gritando y pidiendo ayuda a los centinelas de la muralla, mientras el capitán y los otros corrían ya colina arriba, llevando consigo los caballos y a los dos prisioneros. No se detuvieron hasta llegar a la pared del cementerio moro, donde ya no podían alcanzarlos las flechas disparadas desde la muralla.
Lope tenía la mirada fija en la puerta; pestañeaba, ante sus ojos seguían las imágenes de la noche anterior. Y de pronto se levantó de un brinco. Allí estaba la tela, la tela blanca. Colgaba extendida entre dos almenas. ¿Se habría quedado dormido? ¿Cuánto tiempo llevaba allí la tela, sin que él lo hubiera notado? Dio un salto.
– ¡La tela! ¡La tela! -gritó al cabañero, saliendo de la sombra del árbol y mirando a los centinelas del bastión de la entrada de las fortificaciones dispuestas alrededor de la torre de asedio, que, desde donde se encontraba Lope, podía verse justo por encima del perfil de la colina. Como Lope ya había visto la tela blanca, ahora intentaba hacérselo comprender a los centinelas del campamento para que se lo comunicaran al capitán.