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El capitán tenía suficiente. Con su parte del oro de los moros en el bolsillo, era un hombre rico, un rey en el pueblo. Lope no tuvo que preguntar mucho por él; ya en la primera taberna estaban enterados: el capitán había hecho una ronda por todas las tabernas, y ahora estaba con la negra Doda.

La negra Doda vivía en la segunda casa más grande, de las cinco de piedra que había en el poblado, apartada de la ancha calle de chozas en la que se divertía el pueblo llano de los sargentos y pequeños hidalgos. La negra Doda era la mejor puta que podía encontrarse en la ciudad; la más cara, pues sólo podían conseguirse sus atenciones a cambio de oro, y la más codiciada, pues seleccionaba a sus clientes y sólo dejaba entrar a quienes llegaban a caballo. La hermosa Doda, de cuyos servicios disfrutaban también los grandes señores, mantenía una corte, como una dama; tenía un criado, dos criadas y dos guardias. Era la mujer, o la hermana, o la amante de un matarife de Carcasona, un individuo fuerte como un oso que había llegado en el séquito del conde de Tolosa. Todos los hombres del ejército conocían a la negra Doda, todos soñaban con ella. Eh capitán había estado ya dos veces con ella.

Cuando Lope llegó a la casa, uno de los guardias le cerró el paso.

– ¡Lárgate, chico! ¡Esfúmate!

Sólo cuando Lope explicó que era el mozo del capitán, el guardia se mostró más apacible y lo dejó entrar en el establo, donde se encontraba el caballo del capitán. La oscuridad era casi totaclass="underline" el cielo estaba nublado, no había luna, y tampoco salía luz de la casa, pues las ventanas estaban cerradas con postigos de madera. Lope se sentó a las puertas del establo, se acurrucó y metió la cabeza entre las rodillas. El capitán no salía de juerga desde hacía varias semanas, pues había estado escaso de dinero. Ésta sería una noche larga.

Lope estaba dormitando. A veces oía la voz del capitán salir de la casa. Maldiciones a voz en cuello y roncas risotadas. Otras veces oía la voz de la mujer, que podía ser suave y profunda, con un tono gutural similar al arrullo de una paloma, o aguda y entrecortada cuando reía, o sonora y enérgica cuando llamaba a la criada:

– ¡Mira! ¡Mira!

Lope se levantaba de golpe cada vez que oía ese grito, como si lo llamaran a él.

Luego se quedó dormido, pero algún ruido lo volvió a despertar. Oyó que la voz del capitán se hacía cada vez más ronca y quebradiza, hasta que ya no se entendía lo que decía; ya era sólo un jactancioso balbuceo, una serie de gritos inarticulados e inconexos. Lope sabía que el capitán no tardaría en callar, lo conocía bastante bien. Ya había presenciado muchas borracheras suyas. Podía verlo frente a él, con la cabeza balanceándose, la mirada fija, los ojos apenas entreabiertos, la barba surcada por hilos de saliva. No debía de faltar mucho para que perdiera el equilibrio y se pusiera a roncar.

Sin embargo, de pronto, Lope lo vio salir por la puerta. El capitán caminó a tientas junto a la pared, llegó al establo cruzando el pequeño patio de la entrada, tambaleándose, con los brazos extendidos en un intento por mantener el equilibrio. Se colocó de cara a la pared del establo para orinar, apoyando las dos manos contra la pared y mascullando para sí.

Cuando Lope se levantó para dejarse ver, el capitán retrocedió, se llevó la mano al cinturón y maldijo por no encontrar su cuchillo.

– ¿Quién está ahí? -preguntó, gruñendo.

– Soy yo, señor -se apresuró a decir Lope-. Sólo quería deciros que estoy aquí, por si me necesitáis.

El capitán se le acerco.

– ¡Lope! ¡Condenado! ¿Qué demonios haces aquí? -Su voz ya sólo era un ronco bramido, y Lope se preparó para recibir un golpe al ver que el capitán había levantado el brazo. Pero dejó caer la mano sobre su hombro y dijo-: ¡Qué bien que estés aquí! ¡Bien hecho, muchacho! -Y, agarrando firmemente a Lope, lo llevó consigo hacia la casa-. Ven conmigo, muchacho, ven a la casa. Muchacho, ya va siendo hora de que te enseñe cómo ataca un hombre con su propia lanza. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

El hombre que montaba guardia a la puerta les cerró el paso.

– No, sire, el chico no puede entrar en la casa -dijo con voz cordial pero, al mismo tiempo, enérgica-. El chico, no.

– ¡Apártate! -dijo el capitán, retirando el brazo del hombro de Lope y caminando hacia el guardia-. ¡Apártate, imbécil! -rugió, e inesperadamente, antes incluso de terminar la frase, lo golpeó con el puño derecho en la boca del estómago, a tal velocidad que el propio Lope quedó sorprendido. Luego hizo un movimiento apenas perceptible con la pierna izquierda y el guardia cayó al suelo, rodó hasta quedar tumbado de lado, apretándose las manos contra el estómago y jadeando con la boca muy abierta, como un pez al que le han dado un golpe justo debajo de la cabeza. El capitán pasó por encima del guardia, abrió la puerta de un empujón y metió a Lope en una gran habitación iluminada sólo por un débil fogón que ardía en la pared opuesta. Lope vio de reojo que había una muchacha junto al fogón, pero el capitán ya lo estaba llevando hacia una pesada cortina que limitaba la habitación por el lado izquierdo.

– ¡Vamos, muchacho, ahí adentro! ¡Ahí estaremos bien! -dijo el capitán apartando la cortina y metiendo a Lope a empellones en la habitación que se abría detrás de ésta: una habitación enorme y decorada con gran derroche, tan iluminada que Lope tuvo que cerrar los ojos, cegado por el resplandor. Un perfume penetrante y resinoso le subió por la nariz, cortándole casi la respiración. Y en ese mismo instante escuchó la voz de la mujer, chillona y furiosa:

– ¡Qué pasa! ¿Qué hace ese chico aquí? ¡Fuera con él, fuera!

Lope sintió sobre su espalda la pesada mano del capitán.

– ¡Cierra la boca! -oyó decir al capitán.

– ¡Saca a ese chico de aquí! ¡Estás borracho! -chilló la mujer.

– ¿Por qué no cierras esa boquita impertinente? -dijo el capitán en tono conciliador.

Lope sólo conocía a la bella Doda por las historias que contaban de ella los hombres del campamento. Nunca la había visto con sus propios ojos. Estaba recostada entre cojines moros, y en la mano izquierda sostenía una tela amarilla con la que ocultaba su desnudez. Lope podía verle los hombros desnudos, unos hombros suaves, redondeados. Piel blanca, tan blanca como Lope jamás había visto en una mujer. Su cabello negro y rizado caía de su cabeza como las crines de una yegua.

La mujer siseó como una serpiente, gritó regañando al capitán y le arrojó una bandeja, sin dar en el blanco. El capitán contestó a sus gritos, apagó sus gritos:

– ¡Escúchame, pedazo de mierda, estate tranquila! ¡Que pares de una vez, te he dicho!

El capitán estaba de pie frente a Doda, inclinado hacia delante. De pronto, dio a Lope un empujón que acabó con él en los cojines, junto a la mujer.

– ¡Maldita sea! -gritó el capitán señalando a Lope con el brazo extendido-. ¡Éste es mi mozo! ¿Has oído? ¡Mi mozo! Yo lo he formado, yo le he enseñado cómo tiene que pelear un hombre. Algún día será un luchador, un al-Barraz, como yo, algún día será mi sucesor. -Estaba de pie sobre ella, grande y peligroso, sin tambalearse, sin rastro de inseguridad, la voz tan firme como si no hubiera bebido una sola gota-. Es mi mozo, ¿entendido? ¡Así que sé amable con él! -Se sentó esparrancado en el colchón, al lado de la mujer, cogió la jarra de vino y echó un largo trago.

Lope no dejaba de mirar a la mujer. Elia parecía furiosa por dentro, mientras el capitán la observaba con ojos negros y centelleantes. Doda apretó los dientes y los labios le temblaron, pero no dijo nada.

– Necesitamos vino -dijo el capitán en tono alegre-. Vino para mí y para mi mozo, ¿me has oído? Di a tu pequeña fierecilla que traiga vino! -Su voz ya no sonaba tan firme como poco antes y, al dejar la jarra, tuvo que apoyarse para no caer. Sin embargo, un instante después volvió a levantarse y sacudió la cabeza, como si quisiera quitarse de encima la borrachera. Una amplia sonrisa iluminó su rostro y, con mano ágil como una serpiente, cogió la tela amarilla con la que se cubría la mujer y se la arrebató de las manos tan rápida e inesperadamente como antes había caído sobre el guardia de la puerta.