También la realidad de la guerra parece distinta de lo que yo esperaba. Hasta ahora no había combates de ningún tipo, ni ataques, ni ruido de espadas. De tanto en tanto caen unas pocas flechas, cuando alguno se atreve a acercarse demasiado a las murallas de la ciudad, o caen un par de proyectiles de catapulta sobre el lugar donde se construye la torre de asedio; nada más. Todo está en calma. Los unos esperan lo que puedan hacer los otros. Por una parte, está la ciudad, segura al amparo de sus altas murallas; frente a ella, los sitiadores, igualmente atrincherados detrás de fosos, muros y palizadas, como si también ellos estuvieran sitiados. En el centro, una especie de tierra de nadie, en la que ambas partes pueden moverse con relativa libertad. Durante el día es usual ver gente de la ciudad ocupándose tranquilamente de sus huertos fuera de las murallas. Y hasta hace poco incluso enterraban a sus muertos en el cementerio, que se encuentra entre nuestro campamento y el al-Qasr. (Dejaron de enterrarlos fuera de las murallas de la ciudad sólo cuando cierta gentuza empezó a desenterrar a los recién sepultados para robarles las joyas y las mortajas.) De hecho, en las primeras semanas del sitio un observador sin experiencia, como yo, podía llevarse la impresión de que la guerra no es más que una competición inofensiva, más bien incruenta, en la que las armas sirven sólo para hacer ruido, no para matar.
En cualquier caso, desde hace algún tiempo puede intuirse que esta calma ya no durará demasiado. El aburrimiento de la vida en el campamento se ha transformado en una perniciosa irritabilidad, que puede descargarse en terribles peleas entre los soldados y violentas disputas entre los señores. El ejército de sitio ya no es una tropa unida. Cada unidad vigila celosamente el territorio que ocupa. Caballeros franceses atacan a gente del rey de Aragón cuando regresan de alguna expedición punitiva, y les arrebatan el botín. Una tropa de arqueros de nuestro campamento ha obligado a los tolosanos, que tienen su campamento más al este, a orillas del río, a soltar tres fugitivos. Hubo dos muertos. Los señores discuten sin cesar sobre cuestiones tácticas y sobre el reparto del esperado botín.
Por otra parte, los más juiciosos están convencidos desde hace tiempo de que tan sólo existe una mínima posibilidad de tomar la ciudad. Las murallas son demasiado fuertes, y en la ciudad no faltan víveres ni agua. Los hombres del rey de Aragón están construyendo una torre de asedio, con la que acometerán contra la parte más estrecha del al-Qasr, que está especialmente fortificada. Los expertos afirman que es una empresa sin esperanzas. Nuestro sire también está construyendo una torre móvil del mismo tipo, a mitad de camino entre el campamento y la ciudad. Cuando esté terminada, será llevada por la gran plaza a la muralla sureste de la ciudad. Pero aún faltan como mínimo seis semanas para que esté terminada, y entonces aún habrá que llenar el foso de tierra para poder acercar la torre a la muralla.
Por eso, las esperanzas de los sitiadores se concentran en el suburbio, protegido sólo por el río, que en esta época del año no representa un obstáculo, y por la palizada, que no parece infranqueable. Además, el suburbio está repleto de campesinos de los alrededores, y hay hambre, como sabemos de boca de los fugitivos que intentan huir de la ciudad al caer la noche. El número de esos fugitivos ha aumentado considerablemente en los últimos días. Intentan escabullirse entre los campamentos y escapar del cerco bordeando el río. Los franceses y la gente del conde de Urgel vigilan cada noche. Muchos fugitivos son capturados y robados, y, si son jóvenes, vendidos a los traficantes de esclavos, que ahora pululan por los campamentos cercanos al suburbio.
Entretanto, también en nuestro campamento empieza a decirse que donde puede conseguirse un buen botín es en el suburbio, más que en el sector que nos corresponde. Muchos salen secretamente por la noche a buscar su parte. Desde hace unos días, circulan también rumores de que se ha planeado un ataque al suburbio. Según parece, los rumores se están confirmando, y todo apunta a que el ataque tenga lugar mañana. Por lo visto, el rey de Aragón ha intentado impedirlo hasta el último momento, con la esperanza de que se pudiera obligar a toda la ciudad a negociar la rendición cuando el hambre se hiciera insoportable en el suburbio. Esta mañana, el rey ha convocado en asamblea a todos los comandantes del ejército de sitio. La mayoría de los señores franceses acantonados frente al suburbio, lo mismo que el conde de Urgel, no se han presentado a la asamblea, según me he enterado por boca de nuestro hidalgo español.
Y hay también otros indicios. Según información de Ibn Eh, los caballeros franceses sólo están obligados a servir a sus señores en la guerra hasta un máximo de cuarenta días al año. Mañana se cumplirán cuarenta días desde que se inició el sitio. La fecha también parece jugar un papel importante. Según el calendario cristiano, mañana es 15 de junio. En los campamentos de los franceses corren historias de un caballero llamado Roland, un vasallo del gran emperador franco Carolus. Según dicen, monjes franceses cuentan todo tipo de hazañas heroicas de este caballero, y trovadores cantan sobre él. Las historias narran que este caballero habría marchado con el emperador a Andalucía, habría vencido en duelo a varios caballeros del príncipe de Zaragoza y, al regresar con la retaguardia del ejército imperial, habría caído en una emboscada en el paso de Roncesvalles, encontrando allí la muerte. Al parecer, estas historias se cuentan para despertar sentimientos de venganza en los caballeros franceses y su séquito. En cualquier caso, muy sugestivo es que se dé como fecha de muerte de este Roland el 15 de junio.
También en nuestro campamento reina hoy una inusual actividad, a pesar de que estamos al otro lado de la ciudad y de que sólo un pequeño extremo del sector normando limita con el suburbio. Nadie sabe nada en concreto, pero todo el mundo parece olerse algo. Y ya he comprobado que los soldados tienen un olfato muy fino.
Yunus cerró el cuaderno y lo guardó junto con los utensilios de escritura en una jarra de barro, que metió en un agujero cavado en el suelo de la choza de esteras en la que vivía con Ibn Eh. Luego volvió a colocar la alfombra de césped que ocultaba el agujero y la pisoteó para asegurarla. En el campamento, todo lo que no estaba cuidadosamente oculto o vigilado terminaba siendo robado. Los soldados también habían demostrado poseer un gran talento en este sentido.
Cuando salió de la choza, el sol estaba tan bajo que ya no cegaba la vista. Se sentó a la entrada de la choza y observó a Lope, que estaba ensillando el caballo del hidalgo. La silla que ponía al caballo era la de pelea, con el respaldo alto. Al parecer, también el hidalgo preparaba algo. Tal vez sabía más de lo que había dicho.
Ibn Eh venia de la puerta norte, por la ancha calle del campamento. Yunus salió a su encuentro. El comerciante se había marchado a primera hora de la mañana; esos últimos días había andado mucho por los distintos campamentos, donde, al parecer, había encontrado muchos comerciantes.
– Yo tenía razón -dijo Ibn Eh en hebreo sin esperar la pregunta-. Esto se pone en marcha. Mañana al amanecer.