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– ¿Resultó eficaz? -interrumpió la voz del coronel Green.

– Muy eficaz, sir. Los primeros obuses cayeron en medio del grupo. ¡Una verdadera suerte! Los dos quedaron descuartizados. De ello me aseguré con los prismáticos. Créame, sir, yo tampoco quería dejar este trabajo inacabado… En realidad, debiera haber dicho los tres. El coronel también. No quedó nada de él. Tres disparos en el blanco. ¡Todo un éxito!

– ¿Y luego?

– Luego, sir, les lancé todo mi arsenal de obuses. Y no eran pocos… Las granadas también. ¡La elección del emplazamiento había sido excelente! Una lluvia generalizada de proyectiles, sir. Debo confesar que me encontraba un poco exaltado. Cayeron por todos sitios: sobre el resto de la compañía que acudía del campamento, sobre el tren descarrilado, del que emergía un concierto de alaridos, y sobre el puente también. Los dos tailandeses se mostraron igual de apasionados que yo… Los nipones comenzaron a responder. Poco después, la humareda se extendió y ascendió hasta donde estábamos, ocultando poco a poco el puente y el valle del río Kwai. Nos encontrábamos aislados en una niebla gris y hedionda. Nos quedamos sin munición, sin nada más que arrojarles. Entonces, iniciamos la huida.

»Más tarde, he tenido ocasión de reflexionar sobre esa iniciativa, sir. Aún estoy convencido de que era lo mejor que podía hacer, que he seguido la única línea de conducta posible, que era la única acción verdaderamente razonable…

– La única razonable -admitió el coronel Green.

Pierre Boulle

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