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– Podía haber sido una novela…

Laban alzó la mirada hacia Hjelm, parpadeando intensamente. Tal vez se estaba estableciendo alguna especie de contacto entre los dos.

– A lo mejor -reconoció-. Por otra parte, quería ver su reacción. Quería averiguar si se le notaba algo cuando nos viéramos. Quizá alimentaba alguna vana esperanza de que confiara en su hijo. Si por una sola vez hubiese insinuado que lo estaban amenazando, lo habría dejado enseguida, eso está claro. Pero nada. Ni rastro. Cada vez que quedábamos la misma jerga cansina. No creo que se le llegara siquiera a ocurrir que el mal del que le acusaban los mensajes tuviese que ver ni remotamente con su condición de padre.

– Pues yo no estoy tan seguro -intervino Chávez desde la ventana-. ¿Sabes cuál es la contraseña de su ordenador?

Laban Hassel se volvió hacia él sin pronunciar palabra.

– Laban -anunció Chávez-. L-A-B-A-N.

– ¿Por qué crees que Elisabeth Berntsson te llamó? -preguntó Hjelm-. Estaba incluso dispuesta a asumir la culpa para mantenerte al margen de todo. ¿Por qué crees que ella sospechaba de ti?

– ¿Por qué crees que tu padre guardó todos tus correos en una carpeta a la que llamó «odio»? -añadió Chávez-. Cada uno de los archivos que miramos los había abierto al menos una decena de veces.

– Tú estabas esperando que él diese el primer paso -dijo Hjelm-. Y él esperaba el tuyo.

Laban parecía a punto de recaer en su mutismo de antes. No podían dejar que se les fuera del todo.

– ¿Qué pasó hace un mes? -inquirió Hjelm-. ¿Por qué empezaste de repente a escupir un correo tras otro?

Laban levantó la vista muy despacio, como si le supusiese un esfuerzo físico enorme. La mirada, asombrosamente estable, se fijó en la de Hjelm.

– Fue entonces cuando me acerqué más a Ingela. Me habló de Conny, de cuando nació y de que mi padre nunca había querido verlo.

– ¿Te acercaste? ¿Qué quieres decir?

– Y cuando decidí matarlo de verdad.

Hjelm y Chávez no se movieron. Hjelm procuró, con gran esfuerzo, formular la pregunta adecuada.

– ¿Empezaste a bombardearle con correos amenazantes con el objetivo de matarlo?

– Sí.

– ¿Y en el último le haces saber que estás al tanto de sus planes en Nueva York y que le vas a matar de tal forma que será incapaz de gritar su dolor? ¿Sabes cómo murió?

– Fue asesinado…

– Sí, pero ¿cómo?

– No sé.

– Fue torturado hasta morir; le seccionaron las cuerdas vocales para que nadie pudiera oírle gritar. ¿Cuándo fuiste a Nueva York?

– No he…

– ¿Cuándo? ¿Estuviste allí esperándolo o llegaste justo antes de que despegara su avión de vuelta?

– Yo…

– ¿Cómo te enteraste del modus operandi del Asesino de Kentucky?

– ¿Dónde conseguiste el pasaporte falso a nombre de Edwin Reynolds?

– ¿Cómo despistaste a la policía en Arlanda?

Laban Hassel, con la mirada perdida en el vacío, no reaccionaba ante el fuego cruzado de preguntas.

Hjelm se inclinó hacia él y preguntó con énfasis:

– ¿Dónde estuviste la noche del dos al tres de septiembre?

– En el infierno -respondió Laban Hassel de forma apenas audible.

– Entonces, deberías haber coincidido con tu padre allí -replicó Chávez-. No creo que nadie haya estado más cerca del infierno en vida de lo que estuvo tu padre en ese momento.

La dramaturgia del interrogatorio dictaba que a esas alturas Laban debía derrumbarse o quedarse mudo del todo. Lo que pasó fue algo intermedio. Con la cabeza caída y sin apenas mover los labios, habló con una voz extrañamente monótona.

– Es incomprensible. Estaba casi decidido a dar el paso, y entonces va y se muere. Otra persona lo mata. Es de lo más absurdo. O más bien perfectamente lógico. Justicia divina. Una voluntad tan fuerte que se ha materializado. No pudo ser una casualidad, tuvo que tratarse del destino. Un destino tan grotesco como la vida misma. Un mensaje desde el más allá. Y sólo ahora, ahora que todo es irreversible, me doy cuenta de que nunca habría podido matarlo. Ni siquiera quería hacerlo. Al contrario. Sólo quería castigarlo. Hablar con él. Que me diera alguna muestra, por pequeña que fuese, de arrepentimiento.

Se hizo el silencio durante unos instantes. Luego Hjelm repitió:

– ¿Dónde estuviste la noche del dos al tres de septiembre?

– Estuve en Skärmarbrink -susurró Laban-. En casa de Ingela y Conny.

Y Chávez, a su vez, repitió:

– ¿Qué pasó hace un mes? Te acercaste a Ingela, pero ¿hasta qué punto?

– Mucho -dijo Laban, sereno-. Demasiado. No sólo me acosté con la madre de mi hermano, no sólo se acostó ella con el hijo del odiado padre de su hijo, y fue un mazazo para ambos cuando fuimos conscientes de lo que habíamos hecho, sino que también descubrimos que los dos habíamos cometido otro acto terrible, y por las mismas razones. Fue eso lo que hizo que me decidiera. Lo que me llevó a mandar más y más correos. Se convirtió en algo que hacíamos juntos.

– ¿Y qué acto fue ése?

Laban Hassel echó la cabeza hacia atrás y miró al techo. La pequeña perilla se le balanceaba al hablar.

– Que los dos nos habíamos esterilizado.

Hjelm observó a Chávez.

Y Chávez a Hjelm.

– ¿Por qué? -dijeron al unísono.

Laban se levantó, se acercó a la ventana y la abrió.

La noche había caído sobre Estocolmo. Unos nubarrones barrían la ciudad de un lado para otro, robando aquí y allí la poca luz callejera que quedaba. Un soplo de otoño le pasó por el pelo y se abrió camino en el aire viciado de la habitación.

– Quien siembra mala sangre… -dijo Laban Hassel.

10

Ha llegado la hora.

Está de camino.

Es ahora cuando todo debe empezar.

Se mueve en silencio por la casa vacía y oscura. La bolsa le cuelga en bandolera, un golpeteo metálico sale de su interior.

Se detiene un segundo delante de la ventana. Se oye un silbido prolongado, hueco, como en sordina, cuando los vientos otoñales se cuelan por el agujero circular que hay en el cristal a la altura de la cerradura de la puerta.

Levanta la mirada y acoge con los ojos la tormenta otoñal, que arroja grandes cortinas de agua sobre el paisaje nocturno, casi negro. Pero en el porche y con la lluvia azotándole las mejillas, es otro viento el que siente. Un viento seco, del desierto, que baja desde Cumberland Plateau y recorre la gélida casa.

A través de la noche, la sombra del armario se perfila como una oscuridad aún más oscura. La sigue.

Atraviesa la lluvia. Pero para él no existe. Todo lo que hay es un objetivo. Una oscuridad aún más oscura.

Se pone al volante del Saab beige y arranca. Los caminos parecen senderos. Con cuidado esquiva las rodadas, que semejan ríos, intentando avanzar sobre los márgenes hasta que la primera luz de la civilización tiñe las capas de lluvia, y descubre la escalera que hay detrás de la puerta secreta en la que se ha enganchado la manga del abrigo. Da el primer paso, el segundo. La luz desaparece, llega el aroma dulce y polvoriento, el mismo que flota, denso, dentro del coche que acaba de enfilar la carretera. Faros de coches dispersos pasan volando. Fachadas iluminadas empiezan a tomar forma a su alrededor. La oscuridad adopta matices, no sólo siente la barandilla, húmeda y fría como el hielo, sino que también la ve, la ve como una difusa cinta que se precipita hacia el abismo, acompañando los serpenteantes peldaños, cubiertos de ruidosa arena, y el rascacielos se alza extrañamente solitario junto a la entrada de la ciudad. Mientras enfila la calle de la mediana verde lo ve a su derecha. No sabe ni un solo nombre, sólo siente el camino, siente el número de pasos, sabe con exactitud cuántos peldaños hay hasta la puerta enmarcada por la luz que ya casi vislumbra: un pequeño resplandor al fondo de la escalera. Siente con certeza cuándo debe mover el volante, rodea el estadio con la vieja torre del reloj; ahora está muy cerca. Otra vez el bosque, bordea el límite de la civilización: a un lado una urbanización de chalets, al otro el bosque, bosque inmemorial, nocturno, en el que se adentra hasta que los contornos de la puerta se hacen visibles. La luz detrás de la puerta se proyecta como un marco icónico en torno a una oscuridad más luminosa que cualquier luz. Una aureola que lo guía en el camino.