Una cara lo observaba fijamente. Blanca, con gesto asombrado bajo la mirada rota. La lluvia golpeaba los globos oculares. Los párpados no mostraban ninguna intención de parar los golpes.
Se echaron atrás y contemplaron atónitos el rostro blanco que, iluminando la noche, se asomaba por el empapado envoltorio.
– ¡Hostia! -susurró alguien.
– Nos largamos -murmuró otro.
– No podemos dejarlo así -objetó Matte.
Alguien le agarró de las solapas y acercó su cara a la suya mientras le espetaba:
– ¡Sí que podemos! ¿Me escuchas, Matte? ¡Esto no es asunto nuestro!
– Has bebido -dijo otro, de repente sobrio-. Piensa en las consecuencias.
Regresaron al minibús. El ambiente ya no era el mismo.
Matte se quedó durante unos instantes observando el cuerpo con desganada fascinación. Era la primera vez en su vida que veía un cadáver.
Volvió a ponerse al volante. El minibús estaba chorreando; la lluvia se metería en la tapicería y la pudriría. Pero no era eso lo que le preocupaba cuando giró la llave y arrancó.
12
Gunnar Nyberg vivía en un piso de dos dormitorios en Nacka, pero prefería pasar su tiempo en la iglesia que estaba a sólo una manzana, cantando a pleno pulmón. Un par de noches atrás su cama se había desplomado bajo su peso y lo consideró un mal augurio. Cuando despertó, tenía dos microscópicas tenazas introducidas en la garganta que le apretaban las cuerdas vocales. Nunca más volvería a cantar. Le llevó mucho tiempo sacárselas, no de la garganta, sino del cerebro. Permaneció tirado entre los restos de la cama, dejando que las tenazas se desvanecieran de su mente. A su alrededor, asomaban puntiagudos fragmentos de madera. Poco a poco se fue dando cuenta de que había tenido mucha suerte: podría haber acabado empalado. Se echó a reír. Pasaron varios minutos antes de que fuera capaz de parar.
El incidente tuvo dos resultados concretos. Primero, empezó a hacer régimen; era consciente de que con el Asesino de Kentucky campando a sus anchas por las calles de Estocolmo quizá no había elegido el momento más oportuno, pero la necesidad le resultaba cada vez más imperiosa, y el naufragio del dormitorio fue la gota que colmó el vaso. Segundo, compró una cama nueva, diseñada para personas con sobrepeso. Eso sí que era coger el toro por los cuernos, pensó orgulloso. Había recuperado el control de su vida.
En esa cama de diseño especial para personas obesas, Nyberg estaba sumido en el más placentero sueño de soltero, con unas lascivas y bien dispuestas jóvenes como protagonistas, cuando fue interrumpido por unos molestos timbrazos. Como hacía mucho que no le llamaban por la noche, le llevó bastante tiempo entender lo que sucedía. Una vez le quedó claro que se trataba del teléfono, lo primero que le vino a la cabeza fue que la llamada, por extraño que pueda parecer, la hacía su ex mujer. ¿Le habría pasado algo a Gunilla? Al escuchar la típica voz policial resonar en el auricular, se le ocurrió que, si así fuese, sin duda él sería la última persona con la que contactarían.
– ¿Hay alguien ahí? -repitió la voz policial.
Nyberg consiguió reanimar sus cuerdas vocales y respondió con voz ronca:
– Sí, Nyberg al habla.
– Llamo de la policía de Estocolmo. Tengo instrucciones, hasta nueva orden, de informarle a usted inmediatamente de todos los «fallecimientos sospechosos». ¿Es eso correcto?
– No sé muy bien lo que significa ese término, pero sí, es correcto.
– Hay un homicidio en el puerto franco que, sin duda, entra en esa categoría.
Nyberg reaccionó enseguida.
– ¿Tiene la víctima dos agujeros en el cuello?
– ¿Está usted despierto? -inquirió el agente con suspicacia-. Los vampiros sólo existen en los sueños.
– Conteste la pregunta, por favor.
– No lo sé -respondió la voz secamente.
Antes de colgar, Nyberg consiguió que le describiera con detalle el camino. Luego se desperezó, se vistió, tan desastrado como siempre, metió las llaves de casa y las del coche en el bolsillo y, tras bajar volando -o al menos eso le pareció a él- las escaleras, se marchó al volante de su viejo Renault.
Apenas había tráfico en las carreteras castigadas por la lluvia. Intentó pensar en el Asesino de Kentucky, en las pequeñas tenazas que con una rápida maniobra arrebatan el rasgo más distintivo que posee el ser humano, la voz, pero no le fue muy bien; el repentino despertar le había traído a la mente aquello que procuraba reprimir más que ninguna otra cosa.
Durante los años setenta, Gunnar Nyberg había sido Mister Suecia, un culturista reconocido internacionalmente, a la vez que trabajaba en la policía del distrito de Norrmalm. En aquella época mantenía ciertos contactos con los integrantes de lo que años más tarde se conocería como «La banda del béisbol», los maderos más crueles de la historia del cuerpo; pero para cuando ese nombre se hizo famoso Nyberg ya se había trasladado al distrito de Nacka y abandonado los anabolizantes. Y había perdido a su familia.
Había sido un auténtico hijo de puta. Cuando pensaba en aquella época siempre tenía que cerrar los ojos, algo que, la verdad, se podía hacer sin problemas en la desierta carretera de Värmdö.
Todas esas palizas, la paciencia perdida ya de antemano, esos tremendos ataques de ira provocados por los esteroides…
Desde hacía un año iba a menudo a dar charlas a colegios. Él era una de las primeras víctimas de los efectos secundarios que causaban los anabolizantes, y veía a diario cómo el abuso de los esteroides no hacía más que aumentar en la ciudad. Era capaz de olfatear a un consumidor al instante. Fue el pastor de la congregación quien le pidió que visitara los colegios; Nyberg aceptó, aunque a regañadientes, y la primera vez fue sin muchas ganas. Sin embargo, los niños escuchaban; pese a que la mayoría de la masa muscular se había convertido en esa grasa que rompía camas, seguía teniendo un cuerpo que impresionaba. Mantenía un perfil bajo, mostraba fotografías espeluznantes que comentaba con una objetividad casi irónica. Posiblemente, en algún sitio, alguien había dejado de tomar esteroides gracias a él.
Pero el velo de la penitencia era tan fino que volvió a desgarrarse una vez más: detrás de los párpados se le apareció la misma escena de siempre. La última vez que maltrató a su mujer. Las cejas, más que rotas, reventadas de Gunilla. Las miradas angustiadas de Tommy y Tanja, miradas que su cerebro almacenaría hasta el final de sus días. Sabía que esas imágenes también se habían quedado grabadas en el cerebro de sus hijos, que ahora vivían en Uddevalla, adonde la familia se había mudado para alejarse de él todo lo posible. Llevaba más de quince años sin verlos. Si se hubiese cruzado con ellos en la calle, no los habría reconocido. Su vida giraba en torno a un enorme abismo.
Tuvo que parar el coche.
«¡Canto para vosotros!», gritó en silencio, como si unas tenazas apretaran sus cuerdas vocales. «¿No os dais cuenta? ¡Canto para vosotros!»
Pero nadie le oía. Nadie en todo el mundo le oía.
Despacio, se incorporó de nuevo a la carretera, rodeó el barrio de Danviksklippan siguiendo la larga y cerrada curva y pasó el puente de Danvikstull. La lluvia, ruidosa, azotaba la calzada sin descanso.
Y de pronto ya había llegado. No sabía muy bien cómo; los últimos kilómetros se habían esfumado, devorados por el enorme abismo.
Nada más entrar en la zona del puerto franco divisó la familiar luz azul que se elevaba, centelleante, entre las cortinas de agua. Se dejó guiar por la señal, adentrándose por los estrechos caminos hasta llegar a las cintas que acordonaban el lugar. La luz azul barría el aire sin descanso.
Además de tres coches patrulla, se veía una ambulancia. Y a Jan-Olov Hultin, que en medio de la aglomeración de agentes empapados y protegido por un paraguas, hojeaba un montón de papeles a pesar de la copiosa lluvia. Nyberg se coló bajo el paraguas, aunque tres cuartas partes de su cuerpo quedaron fuera.