Chávez se rió y se puso a escribir. Hjelm había vuelto.
Metieron los papelitos en los bolsillos.
Luego Hjelm volvió a desaparecer, la mirada perdiéndose dentro de las eternas cascadas de lluvia.
Ser padre. Con qué increíble facilidad se podían infligir heridas incurables. Una palabra imprudente, un momento de indiferencia en la ocasión menos oportuna, un brazo que se agarra demasiado fuerte, la imposición de obligaciones o la falta de las mismas. Un matrimonio que va fatal; entonces, ¿qué es mejor? ¿El silencio? ¿Las peleas constantes? ¿El divorcio? ¿El infierno de hielo que había congelado a Laban Hassel para siempre? ¿O el infierno ardiente, chisporroteante, de las peleas enloquecidas? El verano pasado, el caso del Asesino del Poder y la separación de Cilla y éclass="underline" ¿cómo había afectado a los niños, en esa edad tan sensible? ¿Y cuánto había de heredado en todo esto? La bandera del determinismo biológico ondeaba grandiosa y triunfante sobre la época. Parecía que ya no importaran las experiencias de cada cual, que todo viniera preprogramado en los genes. Eso debería haber consolado a Paul Hjelm: tal vez no fuese culpa suya que su hijo frecuentara a camellos; quizá existía un gen de la drogadicción que invalidaba cualquier educación. Se negaba a creerlo. De alguna manera, él tenía la culpa, pero ¿cómo? ¿Qué coño era? ¿Que no había sido capaz de cambiar los pañales sin vomitar? ¿Que usaba una jerga masculina? ¿Que era policía? ¿Qué cojones era?
Sabía que en el fondo no había una sola respuesta. En eso consistía la ventaja de su trabajo: una respuesta, un culpable. El campo de visión se reducía. Todo lo ambiguo y complicado quedaba fuera.
La lluvia caía a raudales.
Dos cazadores viajaban hacia el norte por la carretera de Norrtälje.
Dos papelitos les quemaban los bolsillos.
El centro del pueblo de Riala era minúsculo, pero la población se extendía sobre un área muy grande, en medio de un denso bosque de pinos. El mapa los alejaba cada vez más de ese pequeño centro y al final se encontraron en un camino que no era más que un sendero de vacas, en pleno bosque.
– Para aquí -ordenó Hjelm con la mirada fija en el detallado mapa de la policía.
Chávez detuvo el coche.
– La casa debe estar a doscientos metros, más o menos. Subiendo por la colina y luego a la derecha. Aislada de todo.
Chávez asintió, desenfundó el arma reglamentaria, la comprobó y la volvió a introducir en la funda sobaquera.
– ¿Tú crees que si dejamos el coche sin cerrar nos lo robarán? -bromeó.
Hjelm mostró una tenue sonrisa y se lanzó a la lluvia torrencial.
Eran más de las cinco. Al cielo plomizo se empezaba a sumar la incipiente caída de la noche. El bosque se hallaba envuelto en una densa oscuridad.
Corrieron a través de la tormenta otoñal medio agachados. Las copas de los pinos danzaban por encima de sus cabezas soltando abundantes agujas que salpicaban sus cabelleras mojadas. Un relámpago iluminó el bosque con una penetrante claridad. Los troncos de los árboles se separaron unos de otros para sólo un instante después, cuando llegó el trueno, contundente y pesado, volver a fundirse. La casa estaba encajada como una cuña entre los árboles, encima de la colina; si no fuera porque sabían que se encontraba allí, seguramente habrían pasado de largo. Era pequeña y marrón. Estaba a oscuras. No se veía una sola señal de vida.
Se acercaron a la puerta. Las armas en alto, preparados.
Junto a la puerta había una ventana en cuyo cristal se veía un agujero circular. Hjelm bajó con sigilo el picaporte. La puerta estaba cerrada con llave. Introdujo la mano por el agujero del cristal y giró el mecanismo de la cerradura. Acto seguido, abrió la puerta de una patada y los dos policías irrumpieron en la casa.
El hedor los golpeó de lleno ya antes de que Chávez diera con el interruptor y quedaran cegados por la luz. Cruzaron la mirada. Los dos supieron enseguida de qué se trataba.
No les llevó demasiado tiempo recorrer la casa. Un salón con cocina americana y un dormitorio minúsculo. Todo vacío, sin habitar. Si no hubiese sido por el agujero en el cristal y la pestilencia, ya habrían enfundado sus pistolas.
Había otra puerta, justo al lado del fregadero. Hjelm la entreabrió con cuidado. Una oscura escalera de cemento conducía a un sótano. No encontraron ningún interruptor. Bajaron la escalera despacio, con las armas levantadas, manteniéndose cerca el uno del otro.
No veían absolutamente nada. Llegaron abajo. El hedor resultaba cada vez más intenso.
Buscaron a tientas por la gélida pared de piedra y al final Chávez dio con un interruptor.
Desde el techo, una bombilla desnuda arrojó una débil luz sobre la estancia.
Andreas Gallano estaba sentado en una silla.
Los observaba fijamente. El mudo dolor se reflejaba en sus ojos.
En su garganta había dos pequeños agujeros.
Habían subido al salón de la casa. Hjelm estaba sentado en el suelo. Su mano temblaba al marcar el número de Hultin. Chávez se inclinaba sobre el fregadero echándose agua en la cara. Ninguno de los dos había soltado el arma.
Chávez se quedó un minuto con la mirada perdida en la ruidosa oscuridad del exterior. Un rayo iluminó el bosque. El paisaje parecía terriblemente indiferente.
Se sentó al lado de su compañero. Tronó fuera. Se acercó a Hjelm, que no se movía. Los hombros se rozaron. Lo necesitaban.
Más o menos al mismo tiempo sacaron los papelitos de los bolsillos y con no poco esfuerzo consiguieron desplegarlos.
En el de Chávez ponía: «Cadáver con agujeros en la garganta».
Y Hjelm había escrito: «Muerto con la garganta perforada».
Se sonrieron débilmente.
Buena compenetración.
16
Jubilado. Probó a decir la palabra un par de veces de camino al cobertizo donde estaba el barco. Aún no se había acostumbrado del todo.
Una vida de intensa actividad. Siempre con la agenda llena. Las reuniones. Los viajes. La euforia contenida a la hora de firmar un contrato.
Lo echaba de menos. Ésa era una realidad de la que no se podía huir.
Ahora sólo le quedaba el barco. Su mujer había muerto hacía ya muchos años. Apenas la recordaba, un débil aleteo en los confines del paisaje del pasado.
Toda su concentración recaía ahora en el barco. Su orgullo. Un antiguo y bien conservado velero de madera, de dos mástiles, de la marca clásica Hummelbo, hoy tristemente olvidada. Del año 1947 y todavía en plena forma.
Pero sólo gracias a que él lo cuidaba con tanto esmero.
Dos veces al día bajaba al puerto deportivo. Se había convertido en una especie de vigilante no remunerado del club náutico.
Ni siquiera la peor tormenta otoñal le impedía ir. ¿No era muy raro que tuvieran un tiempo tan desapacible ya a mediados de septiembre? ¿Sería el famoso efecto invernadero, que dejaba asomar su fea cara? Rechazó la idea. No creía en esas infantiles ocurrencias de los ecologistas. Siempre culpando a otros. ¿No entendían lo que la industria y el automovilismo habían hecho por el mundo occidental? ¿Qué sería de ellos mismos sin ese progreso? Además, ¿cuánta mierda soltaban los viejos barcos de Greenpeace?
En cualquier caso, la tormenta otoñal era irrebatible. Bajó luchando contra el viento hacia la orilla de la isla de Lidingö y entró en la zona del club con la ayuda de un robusto juego de llaves. Luego se valió de otras para salir al embarcadero.
Apenas era capaz de ver su propia mano. Se encontró prácticamente al lado de su velero Hummelbo antes de poder divisarlo siquiera. Le invadió una sensación de alegría y orgullo, como cada vez que lo veía. El barco era su vida.
Comprobó las cerraduras. La cadena estaba como debía; la trampa, parecida a un cepo de zorros, también se mantenía en su sitio. Se arrodilló, se inclinó hacia adelante y pasó la mano a lo largo del tajamar, pulido a la perfección. Qué placer.