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– Mi más sentido pésame -dijo Söderstedt con tranquilidad-. ¿La prensa ha sido muy molesta?

– Son terribles -respondió ella.

Söderstedt desistió de hacer un comentario al respecto. Ahora debía decidir sin más dilación si tutearla o no. Optó por el tuteo y fue al grano.

– ¿Puedes pensar en algún motivo por el que asesinaran a tu marido?

Ella negó con la cabeza lentamente. Seguía evitando mirarle a los ojos.

– No -dijo-. Si se trata de un asesino en serie, supongo que será una casualidad. La más cruel imaginable.

– ¿Y no existe otra posibilidad? ¿Algo que tuviera relación con vuestros contactos en el mundo árabe?

– Nuestros contactos siempre han sido de lo más pacíficos.

– Tenías previsto viajar a Arabia Saudí el viernes. ¿Cuál era la razón de ese viaje?

Por fin, sus miradas se cruzaron. Sus ojos marrón oscuro estaban inundados de tristeza, pero a Söderstedt le pareció, por un instante, que ahí dentro existía una pena aún más honda, una culpa incluso más profunda que la que los supervivientes solían experimentar tras la muerte de la pareja; todo lo no resuelto, lo que no se resolvería jamás; todo aquello que debería haberse dicho pero que nunca se llegó a decir. En definitiva, le dio la impresión de que había algo más que eso, aunque antes de que pudiera descubrir lo que era ella desvió la mirada.

– Se trataba de unos detalles relativos a la nueva legislación saudí de importación y las consecuencias que podría conllevar para las pequeñas empresas suecas. ¿Qué relación podría tener eso con el asesinato de Eric?

– Seguro que ninguna. Sólo necesito hacerme una idea de la situación. Por ejemplo, ¿hay alguien que saliese beneficiado si no fueras a esa reunión? Que seguramente es lo que va a pasar, ¿no?

Ella asintió con un pesado y largo movimiento de cabeza.

Luego volvió a cruzar su mirada, tal vez con una nueva, aunque pequeña, chispa en sus ojos.

– ¿Quieres decir que no se trata de ese, como se llame…, Asesino de Kentucky?

Escupió la palabra.

– Sólo intento averiguar si puede haber otros motivos que no sean el puro azar -replicó Söderstedt con suavidad.

– Mi misión es facilitar que las empresas suecas hagan negocios en Arabia Saudí, en detrimento de empresas locales y de otros países. De momento soy la única persona que conoce a fondo este tema, por lo que mi ausencia podría significar ciertas ventajas competitivas para empresas de otros países.

– ¿Qué sectores se ven afectados por las nuevas leyes?

– Sobre todo la industria de componentes para maquinaria. Pero se trata de modificaciones demasiado pequeñas como para motivar ningún tipo de actividad delictiva, y menos aún un asesinato.

Söderstedt asintió con la cabeza y cambió de rumbo:

– ¿Cómo describirías vuestra relación? ¿La tuya con Eric?

– Era muy buena -repuso Justine en seguida-. Muy, muy buena. En todos los sentidos.

– ¿No resulta difícil trabajar con el marido?

– Al contrario. Nos interesan las mismas cosas. Nos interesaban. ¡Pasado! -gritó de repente, se levantó y se fue corriendo al baño.

Söderstedt oyó el impetuoso torrente de los grifos abiertos, como en un lujoso cuarto de baño japonés. Se levantó y se puso a deambular por el piso. Poco a poco le fue quedando claro que era mucho más grande de lo que había pensado al principio. Caminaba y caminaba -la casa parecía no tener fin- hasta que, de pronto, se encontró en el punto de partida. En el rellano se había fijado en que había tres puertas; por tanto, el hogar de los Lindberger comprendía toda la planta, que en su origen había estado dividida en tres pisos. Contó por lo menos diez habitaciones. Tres cuartos de baño. Dos cocinas. ¿Por qué dos cocinas?

Es cierto que los diplomáticos tienen un buen sueldo y que puede que con las dietas se duplique, pero un piso de éstos debía de haberles costado decenas de millones. Sin duda había bastante capital familiar invertido por ambas partes.

Se sentó de nuevo en el sofá intentando aparentar no haberse movido de allí. Cuando Justine Lindberger regresó tenía la cara un poco roja y con aspecto de habérsela secado hacía un momento; por lo demás todo seguía igual.

– Perdona -dijo antes de volver a sentarse en el borde de la silla blanca.

– No te preocupes, no pasa nada -replicó él magnánimo-. ¿No tenéis niños?

Ella negó con la cabeza.

– Sólo tengo veintiocho años. No teníamos prisa.

– Es un piso bastante grande para dos personas…

Ella cruzó su mirada, de pronto a la defensiva.

– ¿Y qué te parece si nos ceñimos al tema que nos ocupa? -preguntó ella con mordaz retórica.

– Lo siento, pero como comprenderás también debemos aclarar el asunto de la herencia. ¿Cómo es? ¿Lo heredas todo?

– Sí, sí, lo heredo todo. ¿Crees que he torturado a mi propio marido? ¿Crees que lo he atado a una silla para hacerle pasar por un infierno durante horas mientras introducía unas horribles tenazas en su garganta?

Vale, pensó, ahora toca calmar los ánimos.

– Perdóname. Lo siento.

No fue suficiente. Ella se había levantado. Medio gritaba. Un creciente pánico se iba apoderando de su voz:

– La gente miserable como tú no podéis haceros una idea de cuánto lo quería. Y ahora está muerto, y no lo volveré a ver nunca. Nunca más. Algún psicópata hijo de puta ha torturado a mi amor y lo ha tirado al mar. ¿Eres capaz de imaginar lo que le pudo pasar por la cabeza durante esas horribles horas? Sé que lo último que vio dentro de sí antes de morir fue a mí y que eso le supuso un poco de alivio. Tiene que haber sido así; es mi único consuelo. ¡Pero murió por mi culpa! ¡Soy yo la que debería estar muerta, no él! ¡Murió en mi lugar!

En mitad de la avalancha de palabras, Söderstedt ya se había situado al lado del teléfono. Estaba a punto de llamar a una ambulancia cuando Justine Lindberger, de pronto, se calló y se dejó caer en la silla. Las manos no paraban de moverse, haciendo círculos y más círculos sobre las rodillas, aunque de repente se encontró lo suficientemente tranquila como para informarle.

– Tomé un par de tranquilizantes en el cuarto de baño. Ya están empezando a surtir efecto. Puedes continuar.

– ¿Seguro?

– Sí, sí. Continúa.

Söderstedt, algo vacilante, volvió al sofá y se sentó, esta vez como lo hacía ella, en el borde. Intentó retomar el hilo.

– ¿Qué querías decir con que tú deberías haber muerto en su lugar?

– El era una persona más feliz que yo.

– ¿Sólo eso?

– ¿Te parece poco? El mundo habría ganado muchísimo en felicidad acumulada si yo hubiera muerto en su lugar.

Söderstedt pensó en la sutil diferencia que había apreciado en las fotos de boda que decoraban las respectivas mesas de trabajo de los cónyuges y se alegró para sus adentros de haber acertado.

– ¿Puedes explicarlo un poco mejor?

– A Eric todo le resultaba muy fácil, pasó por el mundo como flotando, feliz. Yo no. En absoluto. Y no quiero seguir con este tema.

Söderstedt no tenía intención de insistir; le preocupaba demasiado el estado psíquico de la mujer. En su lugar le preguntó:

– ¿Se te ocurre algún motivo que explique por qué se hallaba en el puerto franco a las dos y media de la noche?

– Ninguno en absoluto. No me lo creo. Deben de haberle llevado hasta allí.

Söderstedt volvió a cambiar de rumbo, medio improvisando, medio siguiendo su plan.

– ¿Cómo es la situación en Arabia Saudí ahora?

Ella lo miró asombrada.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Con el fundamentalismo, por ejemplo?

Ella pareció ligeramente desconfiada, pero respondió de modo profesional.

– Existe. Aunque de momento no constituye ningún tipo de impedimento para el comercio. El régimen lo controla, a menudo con mano bastante dura.