Los alojaron en habitaciones contiguas, cada uno con una ventana que daba a la calle 25 Oeste; ocupaban de hecho una cuarta parte de la sexta planta de ese hospedaje que guardaba cierta similitud con una fonda inglesa, o más bien con unas cuantas fondas puestas unas encima de otras. Las habitaciones no eran muy grandes, pero sí acogedoras, con un ligero toque rural, si uno era capaz de ignorar el ruido al otro lado de las ventanas con doble acristalamiento que no se podían abrir. El aire acondicionado, a pesar de estar puesto a la máxima potencia, compitiendo con el ruido de la calle, no lograba reducir el sofocante calor del cuarto por debajo de la temperatura corporal.
Hjelm se tumbó en la cama, que cedió peligrosamente bajo su peso. Era la primera vez que pisaba Estados Unidos, pero había dos cosas que asociaba con el país: aire acondicionado y hielo. ¿Dónde habían puesto el hielo? Se levantó y se acercó al minibar. Toda la mitad superior de la disimulada nevera era un congelador y, efectivamente, estaba lleno de cubitos. Cogió un par de ellos y volvió a la cama. Se los puso encima de la frente como dos cuernos en un difícil equilibrio hasta que acabaron convertidos en tapones para los oídos.
Cómo había añorado el sol en el lluvioso Estocolmo. Ahora echaba de menos la lluvia. «El césped siempre resulta más verde en el otro lado de la valla», pensó recurriendo al más trillado de los clichés. Sentía el cerebro pastoso.
En las películas norteamericanas, Nueva York siempre solía mostrar una de sus dos caras: o chispeante en medio de una histérica aunque feliz nevada de Navidad, o sumergida como una olla en el interior del sol. Ahora entendía por qué. Estaban a mediados de septiembre, y muy lejos de las felices nevadas navideñas.
Consiguió reunir fuerzas para arrastrarse al cuarto de baño, decadente pero de una manera amable. Había una ducha en una bañera algo desgastada en la que se metió sin más, sin ningún tipo de preparación, ni neceser ni ropa limpia. Estaba contento de haberse acordado de desnudarse. Cuando terminó la ducha ni siquiera se secó: se acercó al lavabo y se puso a beber. Tras cinco tragos se le ocurrió que a lo mejor no debería beber el agua del grifo y empezó a escupir y bufar. Lo único que le faltaba era que le diera la típica diarrea del turista.
Se contempló en el espejo. Como todo espejo hotelero que se precie, estaba rajado. Se enfrentó a su propia mirada, algo descentrada, ligeramente cubista. El grano de la mejilla seguía igual; daba gracias a los dioses porque había dejado de crecer. Hubo un tiempo en el que le llegó a preocupar que le cubriera toda la cara.
¿Por qué la presencia de Kerstin siempre le llevaba a pensar en el grano?
Regresó desnudo a la habitación. Cuando acabó de recorrer los cuatro pasos que le separaban de la cama ya estaba seco; y cuando se tumbó empezó a sudar de nuevo. Se quedó tendido contemplando su miembro. Por un momento pensó seriamente en masturbarse -siempre era una buena manera de sentirse como en casa-, pero las condiciones no eran las mejores. En su lugar intentó practicar una técnica respiratoria especial, destinada a mantener el máximo de fuerzas posibles, y en ésas estaba cuando se quedó dormido.
Y se le apareció Kerstin. Se encontraba en otra habitación de hotel. Estaba sumergido en sueños y soñando dentro del sueño. O más bien, se hallaba en duermevela. Apareció de la nada, una pequeña y morena figura deslizándose por la estancia. Aquella noche habían hablado de sexo, algo achispados pero de forma abierta, madura, moderna. No tenía por qué haber pasado de ahí.
A él se le había escapado, si es que se le puede llamar así, su fantasía favorita, y ahora, de repente, ella estaba a su lado masturbándose, a sólo unos centímetros de él. Su subconsciente, de manera meticulosa, había archivado cada movimiento. Los había evocado durante las noches de todo un año: cada peculiaridad en su forma de tocarse, cada caricia, y la acumulación de deseo albergada en cada gesto; se oyeron unos golpecitos, y ella pasó los dedos como si fueran un rastrillo por el triángulo velludo; otros golpecitos, y ella empezó a separar las piernas despacio, muy despacio; más golpecitos, y ella agarró…
Alguien estaba llamando a la puerta.
Se incorporó de golpe y descubrió su miembro erecto.
– ¿Paul? -susurró una voz femenina a través de la puerta-. ¿Estás despierto?
– ¡Sí, estoy desnudo! -vociferó él, fingiendo que no estaba dormido-. ¡Despierto! -se corrigió gritando un poco más alto y esperando que la puerta tuviese una buena resistencia contra los lapsus freudianos-. ¿Ya es la hora?
– Todavía no -dijo Kerstin-. ¿Puedo pasar?
– Espera -gritó, ahora despierto de verdad. La erección debería haberse bajado ya, pero se mostraba terriblemente firme. Llevado por la urgencia del momento, recurrió a la primera mentira que se le ocurrió:
– Estoy en la ducha, ¡dame un minuto!
¿Por qué le resultaba imposible trabajar con esta mujer sin convertirla en un objeto sexual? ¿No era un hombre maduro? Sus ideas sobre la igualdad, los derechos de las mujeres y todo eso le parecían bastante sanas, y sin embargo, la tiranía del deseo le acompañaría siempre. Aunque pensaba que lo que hacía era más bien convertirla en sujeto sexual, pero ¿dónde coño estaba la frontera entre una cosa y otra?
Pues justo aquí. La erección, por ridículo que pudiera parecer, no cedía. Consiguió salir de sí mismo y reírse de todo: ¡qué idiota! Y el idiota debía tomar una decisión: o mandarla a paseo y correr el riesgo de quemar los últimos atisbos de confianza que ella aún tenía en él, o ser sincero y, por tanto, correr el riesgo de quemar los últimos atisbos de confianza que ella aún tenía en él…
Unos segundos en la cuerda floja y luego:
– Tengo una erección.
– ¿Qué coño dices? Venga, déjame entrar.
Buscó una toalla apresuradamente y se la envolvió alrededor de la cintura. Tenía un aspecto patético, tan patético que cuando llegó a la puerta y giró la llave ya había dejado de serlo. Kerstin entró. Llevaba un brevísimo vestido negro que se ceñía a su cuerpo con elegancia.
– ¿Qué has dicho? -repitió ella mientras contemplaba a su colega, plantado allí en medio de la habitación, plenamente convencido de dar la apariencia de alguien recién duchado.
– Que estaba en la ducha -explicó él moviendo las manos en unos confusos gestos en dirección al baño-. Pensaba que aún no era la hora.
– Pero si estás seco -replicó escéptica.
– El calor -repuso él-. Todo se seca enseguida.
– Es pronto todavía -aclaró ella con otro tono de voz, más profesional, antes de sentarse en el borde de la cama-. Pensé que sería buena idea que habláramos de nuestra estrategia antes de que sea demasiado tarde.
– ¿Estrategia? -preguntó él inclinándose hacia la maleta al otro lado de la cama.
No se había enrollado bien la toalla, de modo que tuvo que agarrarla con una mano mientras intentaba desatar las tiras de la maleta con la otra. No resultaba del todo fácil.
Se sentía como un payaso.
– Eso parece complicado -comentó ella con tono maternal desviando la mirada-. Anda, suelta la toalla. Prometo no mirar.
La dejó caer y consiguió sacar ropa limpia. Mientras se vestía dijo con alivio:
– ¿Por qué necesitamos una estrategia?
– Es el FBI. Nos van a ver como paletos de pueblo de visita en la gran ciudad. Consideran que su misión principal es asegurarse de que volvamos sanos y salvos, sin que nos atropellen, ni atraquen, ni nos dé por las drogas. Debemos tener claro lo que nos interesa e insistir en eso. Son ellos los que deben proporcionarnos información a nosotros, y no al revés; el Asesino de Kentucky está en nuestro país. ¿Para qué estamos aquí en realidad?
Paul consiguió sacar una corbata estrecha de color lila de la maleta y se dispuso a hacer el nudo.