– Para buscar pistas y ver si a ellos se les ha escapado algo.
– Aunque no podemos formularlo así. ¿Te vas a poner eso?
Paul Hjelm se miró.
– ¿El qué?
– No creo que debamos parecer más paletos de lo que ya somos. La verdad es que venimos de una gran capital, aunque sea pequeña.
– ¿Y qué problema hay? -preguntó Paul Hjelm sin entender nada.
– ¿De qué color es tu camisa? -replicó ella pedagógicamente.
– Azul.
– Bueno, más bien azul celeste. ¿Y la corbata?
– ¿Lila?
– ¿Pegan?
Él se encogió de hombros.
– ¿Por qué no?
– Ven aquí -dijo ella, y él obedeció.
Le desató la corbata y empezó a desabotonarle la camisa. «Contrólate», le ordenó Hjelm a su rebelde entrepierna.
– ¿Qué haces?
– Como doy por descontado que sólo llevas una corbata en el equipaje, tendremos que cambiar la camisa. ¿Qué te has traído?
Kerstin rebuscó en la maleta y consiguió dar con una camisa blanca.
– Habrá que conformarse con ésta -dijo antes de lanzársela a su compañero.
Luego cambió abruptamente de tema.
– Pues no, no podemos comportarnos como si estuviéramos aquí para corregir los errores del FBI. Sería delicado, si no para Larner, sí para sus superiores.
– O sea, que mejor nos centramos en la vertiente sueca del asunto, ¿no? -dedujo él mientras se abotonaba la camisa.
– Sí, yo creo que sí. Primero debemos compartir con generosidad toda nuestra información; es posible que ellos puedan aportar algo, pero sobre todo se trata de mostrar buena voluntad. Las cartas boca arriba. Así quizá ellos hagan lo mismo.
– A ver si lo he entendido bien, nuestra estrategia es: uno, darles, sin condiciones, todo lo que tenemos; dos, decirles que queremos repasar el material para buscar la relación con Suecia.
– Y convencerles de que estamos aquí única y exclusivamente para trabajar la rama sueca del caso. No meternos en camisa de once varas. Y ser diplomáticos. ¿Crees que podrás?
Debería haberse sentido ofendido, pero, de alguna manera, era el primer comentario medianamente personal que Kerstin le hacía en mucho tiempo.
– Sí -se limitó a responder.
– Como sabes, he estudiado con bastante detenimiento la documentación a la que hemos tenido acceso. No sé hasta qué punto está completa, claro, pero me da la impresión de que Larner se centró demasiado pronto en Wayne Jennings. Cuando éste desapareció de la investigación, las ideas se fueron con él. En el material que trata la nueva serie de asesinatos no aparece ni una sola hipótesis. Puede que sea injusta, pero me parece que Larner se rindió tras el fracaso con Jennings y que ahora se dedica sólo a recopilar datos. Creo que hay muchas más cosas que deberían hacerse, sobre todo con la última parte del caso.
Paul Hjelm asintió con la cabeza. Incluso para él, no tan al corriente de los detalles del caso, resultaba evidente que el regreso del Asesino de Kentucky, tras quince años sin dar señales de vida, había pillado al FBI completamente desprevenido.
– ¿Así que no crees que sea oportuno mencionar la pista del KGB? -dijo él serio.
– Quizá convenga esperar un poco con eso -repuso ella con la misma seriedad.
La comida de Ray Larner consistió en una magnífica pasta carbonara preparada como Dios manda en el pequeño restaurante Divina Commedia de la calle 11. Les sorprendió un poco que con la comida se sirviera Loka, una marca sueca de agua mineral, pero por otra parte era verdad que el mundo se estaba encogiendo. Larner se encontraba en plena forma y sólo quería hablar de la cocina italiana, rechazando cualquier intento de cambiar de tema. Se enfrascaron en un largo debate, con mucho prestigio en juego, sobre si el mejor aceite de oliva del mundo venía de España o de Italia, polémica que no acabó hasta que Kerstin, acordándose de repente de su estrategia diplomática, entregó la victoria a Italia. Las intervenciones de Hjelm a favor de Grecia no tuvieron eco alguno entre los contrincantes, aunque desde una mesa contigua se quisieron otorgar unos sorprendentes puntos a favor de Australia.
– Cuando me jubile me mudaré a Italia -anunció Larner en voz alta-. Los privilegios de un viudo jubilado son interminables. Voy a morir con la boca llena de una mezcla de pasta, aceite de oliva, ajo y vino tinto. Cualquier otra cosa es impensable.
No resultaría exagerado afirmar que el policía se desviaba un poco de la imagen estereotipada de un agente especial del FBI.
– ¿Así que eres viudo? -dijo Kerstin con un lamento suave en su voz.
– Mi mujer murió hace unos años -respondió Larner mientras seguía masticando con buen humor-. Afortunadamente, al duelo le sigue una sensación de libertad casi frívola. Si no te quitas la vida, o te vuelves alcohólico, claro, como suele pasar casi siempre.
– ¿Tienes niños? -preguntó Hjelm.
– No -contestó Larner-. Estuvimos hablando de tenerlos más o menos hasta el día en el que empecé a encargarme de K. Pero él me quitó toda la fe en la humanidad. No se puede traer niños a un mundo capaz de crear a un K. Aunque supongo que ya conocéis ese razonamiento.
– Yo lo he hecho -replicó Hjelm-. O sea, que he tenido niños.
– Pero entonces no conocíais a nadie como K. Espera a ver si tendrás nietos.
– Nacieron niños a pesar de Hitler -comentó Kerstin.
Ray Larner permaneció callado unos instantes. Luego se inclinó hacia Kerstin:
– ¿Tienes niños, Halm?
Ella negó con la cabeza.
– Porque lo que te voy a enseñar esta tarde -dijo Larner reclinándose en la silla- va a hacer que se te quiten las ganas para siempre.
«Zero tolerance» era un término que jugaba un papel muy importante en el nuevo espíritu neoyorquino. En realidad, no se trataba más que de un eufemismo de intolerancia, pero funcionaba de maravilla. Consistía en que la policía simplemente no toleraba nada al margen de la ley. La más mínima infracción acarreaba una detención inmediata basándose en la teoría del efecto dominó: si caen los pequeños delincuentes, también caerán los grandes. El punto de partida era la idea de que los que cometen los crímenes más graves también son culpables de toda una serie de delitos menores, y es entonces cuando se les puede pillar.
Ray Larner era agente federal, de modo que se encontraba al margen de la actividad que desarrollaba la policía del estado de Nueva York, y a pesar de que trabajaba en el corazón de la ciudad, observaba el fenómeno a distancia. Su franqueza, de la que ya tenían buena constancia Paul y Kerstin, jamás traspasó ni un solo milímetro el terreno de los temas polémicos. Sin embargo, cuando hablaba de los resultados del espíritu neoyorquino, sentado de copiloto en el coche, al lado de Jerry Schonbauer, se percibía cierta discordancia en su voz. ¿Podía ser el atisbo de una amarga visión de futuro lo que asomaba en su entonación?
Hacía un par de años había sido necesario tomar medidas en la ciudad más grande de Estados Unidos. No quedó más remedio. Las cosas se habían descontrolado por completo. El número de asesinatos no hacía más que aumentar. La policía y el sistema judicial estaban desbordados. Había dos caminos a seguir: el del largo plazo o el del corto. O sea, la prevención o el castigo. Desgraciadamente, habían dejado que la situación se les fuera de las manos de tal manera que, en realidad, no quedaba más que una posibilidad. No se contemplaba la opción de proporcionar la suficiente autoestima a la gente para que fuera capaz de ver alguna alternativa, por pequeña que fuera, a las drogas y al dinero rápido. No sólo llevaría demasiado tiempo, sino que también implicaría la ruptura de una tradición con varios siglos de antigüedad. La mejor solución parecía ser una síntesis entre las dos opciones: prevenir mediante la vía punitiva.