El resultado fue mucho mejor de lo que nadie se había imaginado. Dentro de lo previsto por el programa Community Policing, de repente aparecieron policías en todas las esquinas y Nueva York cayó en picado en el ranking de las ciudades con mayor número de asesinatos, desde la primera posición hasta una de las últimas. Los ciudadanos honrados, o sea, los bastante adinerados, estaban eufóricos, claro. Otra vez se podía hacer footing por Central Park sin recibir un navajazo entre la sexta y séptima costilla y coger el metro sin tener que ir de diez en diez. En resumen, de nuevo era posible moverse con libertad por la calle.
Pero ¿cuál había sido el precio? Primero: una aceptación absoluta y definitiva del statu quo. La idea de que un delincuente podía rehabilitarse, de una u otra manera, se esfumó. Ya no era cuestión de procurar que los ciudadanos no se convirtieran en criminales, sino de retirarlos de la circulación una vez que lo fueran. Los escasos recursos asignados, de los cuales antes la prevención se llevaba por lo menos unas migajas, se dedicaron ahora en su totalidad a la imposición del castigo ejemplar. Nadie en plena posesión de sus facultades hablaba ya de la vieja y fundamental idea estadounidense de la igualdad de oportunidades, y la otrora popular visión del crisol cultural se había convertido en pura mística; en ninguna otra parte se mantenían los grupos étnicos a tanta distancia los unos de los otros como en Estados Unidos. La estrategia de la policía se basaba en aparecer en cualquier sitio en cualquier momento, una forma de actuar que, sin duda, cargaba con un pesado lastre histórico. De cara al futuro, la cuestión era si la desigualdad ya había llegado tan lejos que el Estado policial constituía la única manera disponible de mantener la ley y el orden.
Además, se había producido un cambio desagradable en la forma de entender los derechos humanos. La pena capital seguía vigente en treinta y ocho estados, y había registrado un espectacular aumento. Una oleada de penas de muerte, tanto dictadas como ejecutadas, recorría todo el país. El último golpe maestro había sido la norma que establecía que en un juicio en el que la pena capital fuera posible, ninguna persona que se declarara contraria a la misma podría ser miembro del jurado. El invento se llamaba «jurados cualificados para la pena capital», y no sólo apartaba del proceso a cualquier lego liberal, sino que además allanaba el camino a las sentencias rápidas y con poca deliberación de por medio. Sin embargo, la tasa de criminalidad en aquellos estados que aplicaban la pena de muerte no era, en absoluto, más baja que en los pocos estados que aún se resistían. Un hecho que invalidaba el argumento más importante a favor de la pena de muerte -el efecto disuasorio-, dejando sólo la pura y dura venganza. El ajuste de cuentas.
La neutralidad mostrada por Larner al dar cuenta de la situación no distaba mucho de la de Hultin. La cuestión era si escondía tanta rabia como en el caso del comisario sueco. O si Larner -como insinuaba Kerstin- simplemente se dedicaba a recoger datos para luego presentarlos.
Hjelm estaba a punto de exponerle a esa prueba que, en su opinión, constituía la línea divisoria fundamental entre dos especies de seres humanos, la postura respecto a la pena capital, cuando el coche llegó a la parte más alta del puente de Brooklyn y Larner interrumpió su explicación.
– Ahora mirad hacia atrás -exclamó.
Se volvieron. Ante sus ojos Manhattan desplegaba su fabulosa silueta, bañada por los rayos de sol.
– A strange kind of beauty, isn't it? Cada vez que paso por aquí reflexiono sobre la naturaleza eterna de la belleza. Nuestros antepasados, ¿lo habrían encontrado bello? ¿O les habría parecido horrendo? ¿Existe la belleza eterna?
El espectáculo resultaba abrumador. Hjelm fue incapaz de retomar el tema de la pena capital. Era como si la panorámica sobre Manhattan le hubiese abierto las puertas a la ciudad. A partir de ahí siguió con un interés expectante el trayecto que quedaba hasta la New York Field Office del FBI. Cuando Schonbauer pasó el puente, se desvió, dio la vuelta y regresó para repetir la experiencia; al parecer, habían ido hasta allí sólo por las vistas.
Luego hicieron todo el camino hasta el poderoso City Hall, donde giraron para enfilar una de las pocas calles diagonales de Manhattan, Park Row, que rozaba el City Hall Park. Salieron al mismísimo Broadway, torcieron a la derecha, volvieron a pasar por City Hall y, tras dejar atrás unas bocacalles, llegaron finalmente a Federal Plaza, donde se abría la puerta de un garaje por el que entraron.
Estaban en el cuartel general del FBI en Manhattan, en el número 26 de Federal Plaza. También había oficinas en Brooklyn-Queens, en Long Island y en el aeropuerto JFK.
Recorrieron unos pasillos que no recordaban precisamente a los del edificio de policía en Kungsholmen. Todo era mucho más grande, más limpio, más clínico. Hjelm se preguntaba si sería capaz de trabajar allí. El sitio parecía inmune a ese pensamiento salvajemente heterodoxo que consideraba su especialidad.
Hjelm dejó pronto de contar el número de puertas de seguridad que franquearon con la ayuda de diversas tarjetas y códigos numéricos. Schonbauer las abría mientras Larner, imparable, seguía hablando. Los típicos datos que recogen los folletos informativos cruzaron el aire: número de empleados, departamentos, tipo de preparación de los agentes, grupos especiales; todo menos lo más relevante.
Al final se iban acercando al sanctasanctórum. Una última puerta de seguridad se abrió girando sobre unas monumentales bisagras, dándoles paso a un sistema de pasillos que pertenecía a la brigada de asesinos en serie dentro del FBI neoyorquino. Los nombres de Larner y Schonbauer adornaban dos modestas puertas contiguas que formaban parte de una larga fila de despachos. Sin pronunciar palabra, Schonbauer entró en el suyo y los demás pasaron al de Larner.
– Jerry os va a preparar un pequeño espectáculo multimedia -explicó Larner mientras se acomodaba tras su mesa.
El despacho era pequeño pero tenía una impronta personal, constató Hjelm con gratitud; se notaba que Larner había hecho suyo el espacio. Las paredes estaban cubiertas con tablones de anuncios, todos llenos de notas. Detrás de Larner había una pizarra blanca que le resultó familiar, pintada con flechas, cuadros y líneas que podrían confundirse con los garabatos de Hultin.
– Bueno, aquí está todo concentrado -dijo Larner al advertir hacia dónde dirigía Hjelm la mirada-. Veinticuatro cuadrados con cadáveres torturados. Cuarenta y ocho agujeros en veinticuatro gargantas. Una sobria esquematización de algo que no admite la simplificación. Horrores indescriptibles reducidos a unas líneas azules. ¿Qué otra cosa podemos hacer? El resto lo llevamos dentro.
Hjelm contempló a Larner. En el caso del agente del FBI se trataban duda, de una pesada carga.
– Primero, una pregunta -anunció Larner tranquilamente-. ¿Es verdad que creéis que ha matado a una de las víctimas de un tiro?
– Todo apunta a que es así -confirmó Hjelm.
– En tal caso, eso cambiaría de golpe el mínimo perfil psicológico que hemos conseguido trazar.
– Por otra parte -intervino Kerstin Holm-, tu teoría original era que se trataba de un veterano de la guerra de Vietnam. Suelen tener bastante inclinación hacia las armas.
La cara de Larner se torció en una mueca.
– Bueno, ya sabes lo que pasó con esa teoría…
– Sí, claro… -admitió Kerstin.
A Hjelm le pareció que se había sonrojado. Un error diplomático ya en el primer comentario. Seguro que se maldecía a sí misma por dentro. Aun así no estaba dispuesta a rendirse tan pronto.
– ¿Nos podrías explicar brevemente por qué descartaste al resto de los integrantes del Commando Cool? No se mencionaba nada en el material que nos mandaste a Suecia.
Larner se estiró mientras buscaba la información dentro del voluminoso archivo que guardaba en su cerebro.