– ¿Anderson es de origen sueco? -preguntó Kerstin.
Larner esbozó una sonrisa.
– Se remonta a cuatro generaciones -respondió-. Su tatarabuelo vino de un sitio llamado Kalmar, tal vez os resulte familiar. La verdad es que Anderson figuraba en el número dos de nuestra lista; se trataba del hombre de confianza de Jennings. Tan frío y trastornado por la guerra como su jefe. Pero tenía mejores coartadas que Jennings, que, además, era más escalofriante. Ése fue mi principal argumento, o sea, me basé totalmente en la intuición. Teniendo eso en cuenta, lo cierto es que conseguí llevarlo todo bastante lejos.
– ¿Hasta qué punto estabas seguro de que era Jennings?
Larner se reclinó en la silla con los dedos entrelazados en la nuca. Reflexionó un momento.
– Del todo -contestó-. Cien por cien.
Se volvió para sacar una gruesa carpeta de un anticuado armario archivador que había al lado de la pizarra. Jerry Schonbauer asomó la cabeza en ese momento.
– Todo listo -indicó.
– Cinco minutos -dijo Larner, y tiró la carpeta encima de la mesa en dirección a Kerstin.
Ella la abrió. Un pequeño taco de fotos se desplegó como un abanico ante sus ojos. La primera era un retrato de Jennings con unos treinta años. Mostraba a un hombre joven y guapo, rubio, con una amplia sonrisa en los labios, pero con tal frialdad en los ojos azul acerado que la foto parecía partirse en dos. Kerstin tapó la parte superior de la cara y vio a un joven feliz y sonriente, luego bajó la mano hasta la parte inferior y se encontró con la mirada gélida de una persona despiadada.
– Eso es -exclamó Larner casi entusiasta-. Exactamente eso. Al principio, cuando lo visitábamos, se mostraba muy amable, simpático. La parte inferior. Cuando insistimos nos fue enseñando cada vez más la superior.
Repasaron el resto de las fotografías. Un Jennings adolescente en uniforme; algo mayor en medio de un grupo de soldados con el mismo uniforme de campo; Jennings con un atún grande; Jennings apuntando a la cámara con una ametralladora en un fingido gesto de ataque; Jennings en un baile, en compañía de una bella joven sureña con nombre de pila doble; Jennings con un bebé en las rodillas; Jennings morreándose con una prostituta vietnamita; y al final un Jennings carcajeándose mientras apuntaba con la pistola a la sien de un vietnamita desnudo, que se hacía pis encima y que estaba llorando, arrodillado junto a un profundo agujero en el suelo. Kerstin se la enseñó a Larner.
– Ah, sí -dijo Larner-. Ves ésa y se te olvidan las demás. Acojona, ¿eh? Me darían mucho dinero si la vendiera a Time Magazine. No entiendo cómo fue capaz de conservarla. Encontramos todas esas fotos en su casa durante el registro que realizamos después de su muerte.
– ¿Qué pasó exactamente cuando murió? -quiso saber Kerstin.
– Hacia el final lo vigilábamos las veinticuatro horas -empezó Larner, pero fue interrumpido enseguida.
– ¿Durante cuánto tiempo?
– Llevábamos un mes con esa vigilancia cuando murió.
– ¿Se cometieron algunos asesinatos durante ese período?
– Los cadáveres fueron hallados en un estado de putrefacción tan avanzado que resultó difícil determinar el momento exacto del fallecimiento. Pero es cierto que los dieciséis cadáveres que precedieron a su muerte ya habían sido encontrados por aquel entonces. Fue una de las razones por las que seguí insistiendo, a pesar de que tenía todas las instancias oficiales imaginables en mi contra; cuanto más tiempo lo vigilábamos las veinticuatro horas del día sin que aparecieran nuevas víctimas, más probable era como asesino. ¿Puedo continuar ahora?
– Sí, sí, claro -se apresuró a decir Kerstin avergonzada-. Perdón.
– Yo intentaba participar en la vigilancia todo lo que podía, y aquel día me encontraba allí. El tres de julio de 1982. Hacía un calor sofocante, casi insoportable. Jennings salió de su casa insultándonos a gritos, algo que llevaba haciendo unos cuantos días. Parecía totalmente agotado, al borde de un colapso nervioso. Se dirigió corriendo a su coche y se marchó. Lo seguimos a lo largo de la carretera durante unas diez millas hacia el norte. A una velocidad demencial. De pronto, un trecho más adelante, tras una larga curva, vimos que se elevaba una enorme nube de humo; cuando llegamos, descubrimos que Jennings había chocado de frente con un camión. Los dos vehículos estaban en llamas. Yo me acerqué corriendo todo lo que pude y lo vi moverse de forma borrosa dentro del coche, completamente quemado.
– ¿Así que no presenciaste la colisión en sí? -preguntó Kerstin.
Larner volvió a sonreír; la misma sonrisa de comprensión mutua e indulgencia que se estaba convirtiendo en el sello distintivo de su relación. Hjelm se sentía un poco marginado.
– Entiendo por qué insistes, Halm. No, nos encontrábamos a unas doscientas o trescientas yardas de distancia y había una curva de por medio, y no, tampoco vi su cara cuando se quemó. Y sí, es verdad que habría sido el lugar más apropiado para simular un accidente. Pero no había adónde ir, estábamos rodeados de desierto llano y no se veía ningún otro vehículo cerca y, lo que es más importante, los dientes que se encontraron en el coche eran suyos. He dedicado muchas horas de mi vida a convencerme de que efectivamente era él quien murió calcinado en ese coche. Y así fue. No creáis otra cosa. Procurad no caer en el mismo error que yo: no os obsesionéis con Jennings. Esa fijación mía ha arruinado la investigación del caso; ya no soy capaz siquiera de aventurar una hipótesis razonable. K sigue siendo un misterio. Seguro que se lo pasó en grande, riéndose a carcajadas desde su escondite, mientras yo acosaba a un pobre veterano de guerra en paro a quien terminé llevando a la muerte. Luego, sólo para demostrarme que me había equivocado, mató a otras dos personas en los seis meses que siguieron a la muerte de Jennings. Y se esfumó.
Larner permaneció quieto, con los ojos cerrados.
– Creí que me había librado de él -continuó despacio-. Seguí con el caso, dándole mil vueltas, analizando cada uno de los detalles una y otra vez después del decimoctavo y último asesinato. Así se pasan más de diez años. Empiezo con otras cosas, me meto a cazar racistas en el sur, traficantes de droga en Las Vegas, pero no me lo puedo quitar de la cabeza. Y luego el cabrón vuelve a la carga. Se ha trasladado a Nueva York. Se burla de mí.
– ¿Y no cabe ninguna duda de que se trata de la misma persona?
Larner se rascó la nariz. Parecía cansado.
– Por razones de seguridad, sólo un número muy reducido de agentes conoce los pormenores clave de cada caso. En el que nos ocupa éramos dos: un hombre llamado Don Camerun y yo. Camerun murió de cáncer en 1986. El detalle decisivo no lo sabe nadie más que yo en todo el FBI. Ni siquiera Jerry Schonbauer lo conoce. Se trata de las tenazas. Son las mismas, y el procedimiento para introducirlas no sólo es extremadamente complicado sino que también es idéntico. Ya que ahora el caso es vuestro os daré la descripción exacta, pero os pido encarecidamente que no compartáis la información con nadie más.
– ¿Qué pasó con ese tipo del Commando Cool que se trasladó a Nueva York? -insistió Kerstin-. ¿El agente de bolsa?
Larner se rió.
– Parece que todas mis viejas ideas están flotando por el aire aquí dentro y tú las atrapas al vuelo, Halm.
– Kerstin -replicó ella.
– De acuerdo, Charstin. Es verdad que en el informe que os mandé no se menciona a Steve Harrigan. Pero lo tengo controlado. Todo está incluido en la documentación completa, ya lo veréis. Harrigan es multimillonario y viaja sin cesar de un lado para otro. En cada uno de los seis asesinatos de la segunda vuelta se encontraba en el extranjero. Y definitivamente no está en Suecia ahora. Venga, vamos con Jerry al cine, que ya han pasado bastante más de cinco minutos.