Los condujo hasta una sala que, en efecto, recordaba a un auténtico cine. Justo debajo de la pantalla, sentado encima de una mesa y balanceando las piernas, estaba el gigante Jerry Schonbauer. Las perneras se le habían subido un poco revelando un par de espinillas muy peludas que se asomaban por encima de los reglamentarios calcetines negros. Al verlos entrar, bajó de un salto y los invitó a sentarse en primera fila.
– Jerry se incorporó precisamente desde el departamento de Kentucky cuando comenzó la nueva tanda de asesinatos -comentó Larner mientras se arrellanaba en uno de los cómodos sillones-. Es un agente cojonudo; atrapó a Roger Penny él solito. Tal vez os suene. Adelante, Jerry. Voy a echar una cabezada. Resulta desagradable al principio, pero ya veréis lo rápido que se endurece uno.
Las luces se fueron apagando de forma gradual, igual que en el cine.
También había efectos especiales. Aunque desgraciadamente no tenían la impronta de Hollywood.
– Michael Spender -comentó la voz de bajo de Schonbauer ante la imagen de un hombre cuya única parte intacta en todo el cuerpo era la cabeza.
En la garganta brillaban dos pequeñas linternas rojas. La cabeza, blanca e hinchada, había sido forzada hacia atrás. No llevaba ropa. Los ojos muertos reflejaban el mismo terrible dolor que los de Andreas Gallano. Las uñas de manos y pies estaban arrancadas, y la piel del tórax desprendida en pequeñas tiras. El sexo, que había sido partido en dos, desde el glande hasta la raíz, yacía en dos sangrientos jirones a lo largo de las ingles.
Las náuseas los asaltaron a la vez. Casi tuvieron que salir corriendo. Schonbauer continuó imperturbable:
– Spender fue la primera víctima. Era ingeniero informático de Macintosh en Louisville. Trabajaba en el desarrollo del primer ordenador Apple. Lo hallaron unas personas que estaban recogiendo bayas en el bosque en el noroeste de Kentucky, unas dos semanas después de su fallecimiento. Se ausentó de su lugar de trabajo después del almuerzo el 4 de septiembre de 1978. Fue encontrado el 19 por la tarde, a unas sesenta millas de su domicilio.
La siguiente víctima, un corpulento hombre de facciones eslavas, permanecía sin identificar. Iba vestido, pero tenía los dedos y el sexo desfigurados. La foto resultaba algo menos dañina para el estómago.
– Parece ruso -intervino Hjelm a la vez que le venía a la memoria su absurda teoría sobre la implicación de la KGB.
– Sin duda -asintió Schonbauer-. En cuanto pudimos enviamos las huellas dactilares a la policía rusa, pero sin resultado. No tenemos ningún tipo de información sobre él, aparte de que lo encontraron en el sur de Kentucky unos dos meses después de Spender. En un viejo retrete exterior junto a una granja abandonada. Llevaba muerto más de una semana.
Siguiente imagen. Otra víctima sin identificar. Un varón de raza blanca, delgado, constitución atlética, de unos sesenta años, desnudo y desfigurado de la misma manera que Spender. La foto daba escalofríos. Se había tomado por la tarde: una luz crepuscular flotaba sobre las copas de los árboles. Lo único que brillaba era el cadáver. Estaba sentado encima de una piedra en pleno bosque. Rígido. Los brazos estirados en ángulo recto con el cuerpo, como levantados por una irresistible fuerza interior; de las manos salían los huesos, como clavos que se hubieran sacado desde dentro. Los ojos les lanzaban una mirada abiertamente acusadora.
Lejos de acostumbrarse, Hjelm se sentía cada vez más cerca del vómito.
Y el espectáculo continuaba en la misma línea: un escalofriante desfile de restos torturados que pronto sobrepasó el límite de la comprensión humana. Y el hecho de que fueran tantas las víctimas lo hacía aún más estremecedor. Poco a poco les iban quedando claras las dimensiones del caso, la increíble acumulación de sufrimiento humano que englobaba. Kerstin lloró dos veces, en silencio; Hjelm sintió cómo su hombro temblaba junto al suyo. Él también lloró una vez.
– ¿Queréis que lo pare? -preguntó Schonbauer de lo más tranquilo-. Yo no fui capaz de verlo todo hasta el tercer intento. Y eso que estoy bastante acostumbrado.
A su lado, Larner roncaba sonoramente.
– No, no, sigue -insistió Hjelm intentando convencerse a sí mismo de que se había recuperado.
– Hay tantos… -comentó Schonbauer con voz apagada-. En este país hay tantos asesinos en serie que es increíble. Y la verdad es que nadie ha sido capaz de entender ni a uno solo de ellos. Y tampoco se entienden ellos a sí mismos.
No llegaron a dormirse, pero la verdad es que al final los mecanismos de defensa se activaron y poco a poco los sentidos se les fueron embotando. Como un horrendo colofón, la visión de Lars-Erik Hassel los sacó de su letargo. Sentado en su silla con los dedos destrozados, apuntando en todas las direcciones, y la entrepierna como una ciénaga de restos medio flotando. Al fondo, a través del pequeño hueco en la pared que hacía de ventana, se divisaban partes del cuerpo de un enorme avión.
La cabeza forzada hacia atrás los miraba fijamente al revés, el dolor mezclado con el asco, el sufrimiento con un paradójico alivio.
«Quizá -pensó Hjelm- le había supuesto un consuelo que el asesino no fuera su hijo.»
La luz se volvió a encender. Schonbauer regresó a la mesa y se sentó una vez más balanceando las piernas como una adolescente. Larner se despertó dando un respingo en medio de un ronquido y empezó a sorberse los mocos ruidosamente. Hjelm rotaba los hombros para relajar los músculos. Holm permaneció inmóvil. Todos evitaban mirarse.
Larner se levantó, bostezó y se estiró tanto que su compacto cuerpo crujió.
– Bueno, tengo entendido que queréis ponerle la guinda a este pastel, ¿no? -comentó.
Kerstin le entregó las carpetas suecas en silencio. Larner las abrió, hojeó con rapidez las fotos y se las dio a Schonbauer para que las fuera introduciendo en la serie de diapositivas que acababan de ver.
Tras darle las gracias a Schonbauer, que respondió con un breve gesto de cabeza, abandonaron la sala. Siguieron a Larner por el pasillo hasta llegar a una puerta sin letrero. Entraron en una habitación desocupada.
– Vuestro despacho -anunció con un pequeño gesto-. Espero que no os importe compartirlo.
El despacho era idéntico al de Larner, a excepción del toque personal. ¿Iban a poder contribuir con algún detalle propio? La mesa estaba separada de la pared y habían puesto una silla a cada lado. Encima había dos ordenadores, colocados espalda contra espalda junto a un teléfono y un pequeño listín. Larner lo señaló con el dedo.
– Allí encontraréis tanto mi número y mi busca como los de Jerry; siempre estamos localizables. Ahí veréis también el nombre de los archivos y su contenido, contraseñas personales y tarjetas de pase con códigos para llegar hasta aquí, pero sólo hasta aquí. Una puerta cerrada con llave significa que no contáis con autorización para acceder. No tenéis ni posibilidades ni motivos para entrar en otro pasillo que no sea éste. Los baños están a unas pocas puertas de aquí. Hay un par de comedores, os recomiendo La Traviata, dos plantas más abajo. ¿Preguntas?
No tenían. O quizá fueran demasiadas las que necesitaban plantearle, eso dependía de cómo se viera el asunto. De todas formas, no le hicieron ninguna.
– Son las tres y media -continuó-. Si queréis seguir un par de horas más, no hay problema. Yo me quedaré hasta las seis más o menos. Lamentablemente, esta noche tengo un compromiso, si no podríamos haber cenado juntos. Jerry se ha ofrecido a llevaros a cenar y enseñaros un poco la ciudad, si os apetece; así que hablad con él. Bueno, pues sólo me queda desearos suerte. No os preocupéis por entrar en territorio vedado en los ordenadores; han sido programados para vosotros, de modo que no contienen ningún material secreto. Contactad conmigo o con Jerry si surgen problemas o preguntas. Hasta luego.