Ella seguía eludiendo la mirada de él.
– ¡Le quedaba tanta vida…! Algo pudo vivir conmigo. Tenía una sabiduría vital tan bella y tan sosegada… No sé si se puede entender; poseía la capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas que la vida le regalaba cada día. Por lo menos me enseñó eso.
– ¿Qué pasó?
Por fin ella se volvió hacia él, aunque sólo un instante, con la mirada ligeramente empañada pero llena de energía.
– Murió -dijo antes de desviar la vista otra vez.
Él le cogió la mano y la sostuvo. Ella no la retiró. Mantenían las miradas lejos una de la otra, dirigidas a la calle. El tiempo se congeló.
– Ya estaba muriéndose cuando nos conocimos -siguió ella con voz queda-. No he empezado a entenderlo hasta ahora. Él sabía que llevaba toda esa vida dentro de sí. Quería pasarla a otra persona. Hacer un regalo de despedida a los vivos. Espero que también se llevara consigo algo de mí. Un poco de pasión, al menos.
Paul había dejado de preocuparse por cómo debía comportarse. Se limitaba a escuchar. Resultaba muy agradable.
– Fue rápido. En realidad, tenía que someterse a su tercer tratamiento de quimioterapia. Pero renunció. Eligió un último florecimiento vital en vez de luchar hasta el final. Me quedé con él por las noches durante una semana, todos los días, después del trabajo. Fue la primavera pasada. Me pareció que se iba encogiendo, pero sonreía casi todo el tiempo. Era muy extraño. No sé qué le alegraba más, si dar o recibir. Quizá precisamente ese intercambio. Como si le hubiese sido concedido un último momento de comprensión de los misterios de la vida y pudiera, sin miedo, aguardar la llegada del mayor de los misterios.
Ella volvió a mirarle a los ojos durante un breve instante, como para comprobar que seguía allí. Luego apartó la vista de nuevo.
– No sé -dijo-. Esas fotos que hemos visto hoy… Piensas que te puedes preparar, pero es imposible. Piensas que lo has visto todo, pero no es así. Es como si existieran diferentes muertes. Él también sufría, terriblemente, y sin embargo no dejaba de sonreír. En esas fotos no había sonrisas, sólo atroces muecas de dolor. Como un fresco de estremecedoras representaciones medievales de Jesucristo. Hechas para inspirar horror. Para aterrar. Como si el asesino nos estuviera diciendo que dejáramos de disfrutar de la vida, igual que los prelados medievales. Casi lo consigue…
– No sé -intervino él-. No veo ningún verdadero mensaje en lo que está haciendo. A mí más bien me da la sensación de estar ante desechos, restos, como residuos industriales, no sé si me explico. Es como la muerte industrial, mecánica, de Auschwitz. Si es que algo, alguna vez, se puede comparar con aquello…
Ahora ella le miraba a los ojos. Se había sincerado y también había aliviado todo ese peso que llevaba en el corazón. Paul se cruzó con unos ojos hondos, tristes, vacíos; y vio cómo, en ese preciso instante, la chispa se volvía a encender. Los ojos, esa fabulosa fuente inagotable.
Se preguntaba qué vería ella en él. ¿Un payaso que hace el ridículo procurando ocultar una inoportuna erección? Esperaba que hubiera un pequeño atisbo de algo más.
– Quizá no sea incompatible -repuso ella sin que la renovada energía mermara el tono reflexivo-. Desprecio por la vida y perfección clínica en una y la misma acción. Es que es una y la misma acción, en realidad.
Se sumieron en reflexiones. Lo profesional y lo privado se solapaban constantemente. Nada está aislado en esta vida.
Paul sintió que le tocaba a él. Volvió a cogerle la mano. Ella no opuso resistencia.
– ¿Lo nuestro fue sólo sexo? -preguntó sin que le temblara la voz-. ¿Existe algo que sea sólo sexo?
Ella esbozó una amarga sonrisa, pero sin quitar la mano.
– No, no quiero que eso exista -respondió ella-. Y definitivamente lo que tuvimos no fue sólo eso. Lo nuestro era… desconcertante. Demasiado. Yo acababa de escapar de una horrible relación con un hombre que me violaba sin saberlo. Era policía, ya lo sabes. Luego fui a parar con otro, aunque el tipo opuesto: duro e ingenioso como madero, tierno y torpe en la intimidad. Las imágenes se me mezclaban. Tenía que salir de ahí. Tú te refugiaste en el seno familiar; como eso no era una opción para mí, huí en otra dirección.
– En cierta manera, ahora vivir es más fácil que nunca -dijo Paul-. Pero también es más difícil.
Ella le miró a los ojos.
– ¿Qué quieres decir?
– No lo sé muy bien. Tengo la sensación de que las paredes se cierran a nuestro alrededor. Hemos entreabierto la puerta. Ahora se vuelve a cerrar. Y las paredes empiezan a acercarse.
Buscaba las palabras. Le costaba. Intentaba verbalizar cosas de las que nunca había hablado.
– No sé si se entiende.
– Creo que sí -contestó ella, y añadió-. La verdad es que has cambiado.
– Un poco, quizá -matizó él.
Permaneció callado unos segundos antes de seguir.
– Un poco en la superficie, quizá, pero es un comienzo. La estructura heredada de la rutina nos destroza antes de que tengamos siquiera la oportunidad de empezar a vivir. Yo no he pasado por vivencias revolucionarias como tú; todo lo contrario, ha sido un año bastante tranquilo. Pero, por otra parte, se me han abierto nuevos horizontes…
Ella asintió. La conversación se iba apagando, aunque continuaba por dentro. Las miradas se dirigían al vacío. Al final, Kerstin rompió el silencio.
– Empiezo a comprender hasta qué punto es importante que lo cojamos.
Paul entendía muy bien lo que quería decir.
Abandonaron el restaurante y subieron las escaleras cogidos de la mano. Se detuvieron delante de la puerta de él.
– ¿A qué hora quedamos? -preguntó ella-. ¿A las siete?
Él lanzó un ligero suspiró y sonrió.
– Vale, desayuno a las siete.
– Paso a buscarte. Intenta no estar en la ducha -dijo ella, y le dio un beso en la mejilla antes de marcharse a su habitación.
Él se rió ligeramente. Luego se quedó en el pasillo un par de minutos más.
24
Llegaron, vieron y vencieron. Aunque sólo a su jet lag. El campo visual se había reducido de manera asombrosa, eliminando toda la ciudad de Nueva York. Sólo quedaban dos ordenadores encima de una mesa.
El material era, en efecto, ingente. Miles de páginas con una riqueza de detalles impresionante; una información tan pormenorizada que llegaba a recoger aspectos aparentemente de lo más irrelevante: largas entrevistas con gente que había encontrado un cadáver, con sus vecinos y los vecinos de los vecinos; comparaciones científicas con asesinos en serie tanto anteriores como contemporáneos, de una meticulosidad a todas luces excesiva; mapas muy detallados de las áreas donde se había hecho algún hallazgo; análisis de política interior y social realizados por catedráticos universitarios; actas de autopsias que reparaban en las formaciones de cálculos renales y en los incipientes problemas de encías que tenían las víctimas; y prolijas investigaciones de los lugares del crimen, así como las descripciones, recopiladas con tanta dificultad, de Ray Larner sobre las actividades del Commando Cool en las junglas asiáticas.
Seguramente no era el sitio más adecuado por donde empezar, pero Hjelm se fijó enseguida en esta última parte. Si Larner había averiguado la verdad, algo sobre lo que, claro está, no existía una certeza absoluta, el Commando Cool se había creado a instancias del presidente Nixon, después de que se le informara sobre la resistencia inquebrantable que mostraban los soldados del FNL al ser capturados. Como tendían a fallecer antes de que lograran hacerles hablar, decidieron que lo que se necesitaba era un pequeño y secreto grupo de torturadores -aunque por descontado no se empleaba nunca ese término-, con gran movilidad y experiencia en el campo de batalla. El cometido fue encargado a los servicios de seguridad militares -y aquí Larner había escrito bastantes signos de interrogación-, que reclutaron a ocho individuos, algunos más jóvenes que otros, altamente capacitados para acometer la misión, que se habría llevado a cabo de forma constante durante la fase final de la guerra. De dónde salieron las tenazas no quedaba del todo claro, pero entre líneas Hjelm creyó ver el nombre de la CIA. Pasó al archivo sobre las tenazas, clasificado como alto secreto.