Allí estaban, negro sobre blanco: a la izquierda, una fotografía de las tenazas para las cuerdas vocales utilizadas por el Commando Cool, y a la derecha un dibujo que reconstruía las tenazas de K. La función era en principio la misma, pero las diferencias resultaban significativas. Las tenazas de K eran una variante más depurada que parecía haber pasado por algún tipo de proceso industrial de perfeccionamiento. A continuación, se proporcionaban detalladas descripciones del funcionamiento, el modo en que los microcables se movían por la cánula con la ayuda de unas minúsculas ruedas de mando, penetraban en la garganta y se enganchaban, con pequeñas lengüetas, a las cuerdas vocales, inutilizándolas. Luego, un ligero movimiento de una de las dos pequeñas ruedas permitía a la víctima pronunciar susurros. Acto seguido sólo había que volver a apretarlo todo de nuevo y terminar el trabajo en el más absoluto de los silencios. La variante de K estaba diseñada de tal modo que resultaba más fácil atinar. Sin embargo, el Commando Cool no llegó a usar esta versión, sino que siguió utilizando el primer tipo hasta el final de la guerra. De ese dato se podían sacar dos conclusiones: primero, que no existía la completa seguridad de que la identidad de K hubiera que buscarla entre alguien vinculado al Commando Cool, puesto que se trataba de unas tenazas diferentes. Segundo: que tras la guerra de Vietnam, ese horrible invento se había seguido desarrollando. ¿Por qué? ¿Por quién? En los informes de Larner no se formulaba hipótesis alguna.
Después venía la información sobre las otras tenazas: las que tenían como único objetivo torturar, las que agarraban y tiraban de los nervios de la nuca. Sobre éstas también se realizaron modificaciones: se habían localizado nuevos puntos de dolor, capaces de provocar un sufrimiento todavía mayor, aumentando así la eficacia de las tenazas. Además, se recogía una detallada descripción de cómo, exactamente, se distribuía el dolor; cómo descendía hacia los hombros y la espalda para al instante subir hasta el cerebro, provocando explosivos ataques.
Lo interesante era que tanto en la primera como en la segunda serie de asesinatos se habían utilizado las mismas tenazas; no es que se hablara de unas tenazas parecidas, sino que ciertas características en las heridas de las víctimas demostraban que se trataba exactamente de las mismas tenazas, y de ello se deducía que el autor de los crímenes debía ser la misma persona: K.
Si había tenido lugar un proceso de desarrollo industrial, entonces muchas personas debían haber estado implicadas en el trabajo de perfeccionamiento de la herramienta, ya se tratara de los servicios de seguridad militar, la CIA o quien fuera. Pero justo en ese punto de la investigación, donde se podría haber identificado a un número considerablemente mayor de sospechosos, Larner se dio de bruces con un muro de silencio total. ¿Habían inventado el personaje de Balls porque Larner sospechaba que de hecho existía un Balls? ¿Un comandante secreto que habría ido ganando posiciones hasta llegar al mismísimo corazón del Pentágono, donde, con gran eficacia, habría logrado impedir cualquier posible filtración de la información? Pero para empezar, ¿cómo había podido Larner conseguir los nombres de los miembros del Commando Cool, si luego no había conseguido averiguar nada más?
Llamó a Larner para preguntárselo.
– Eso fue un proceso de lo más raro -contestó Larner al teléfono-. Tuvimos que recurrir a toda una serie de sobornos, trapicheos y amenazas veladas. Tras haberme estrellado contra todos los muros que te puedas imaginar, conseguí dar con un funcionario anónimo que, a cambio de una determinada cantidad de dinero, copió el archivo, altamente secreto, sobre el Commando Cool. Pero lo único que encontré allí fue una relación de los miembros del grupo. El resto de la información ni siquiera los mismos militares la tenían.
– Y fue entonces cuando empezaste a pensar en la CIA, ¿no?
Larner se rió.
– Pensé en la CIA desde el primer momento -dijo y colgó.
Por su parte, Kerstin se ocupaba de otros aspectos de la investigación. Buscó la lista completa de víctimas y la imprimió para estudiarla. Una relación macabra que sólo recogía la información imprescindible: nombre, raza, edad, lugar de residencia, lugar del hallazgo y fecha aproximada de la defunción:
Michael Spender, blanco, 46 años, ingeniero de la empresa Macintosh, residente en Louisville, hallado en el NO de Kentucky, fecha de la muerte: en torno al 5 de septiembre de 1978.
Hombre blanco sin identificar, de 45 a 50 años, hallado en el S de Kentucky, fecha de la muerte: principios de noviembre de 1978.
Hombre blanco sin identificar, aprox. 60 años, hallado en el E de Kentucky, fecha de la muerte: en torno al 14 de marzo de 1979.
Yin Li-Tang, ciudadano taiwanés, 28 años, residente en Lexington, biólogo de la Universidad de Kentucky, Lexington, hallado en el campus universitario, fecha de la muerte: 9 de mayo de 1979.
Robin Marsh-Eliot, blanco, 44 años, residente en Washington, corresponsal del Washington Post, hallado en Cincinnati, Ohio, fecha de la muerte: junio-julio de 1979.
Mujer blanca sin identificar, aprox. 35 años, hallada en el S de Kentucky, fecha de la muerte: en torno al 3 de septiembre de 1979.
Hombre blanco sin identificar, aprox. 55 años, hallado en el S de Illinois, fecha de la muerte: enero-marzo de 1980.
Hombre hindú sin identificar, aprox. 30 años, hallado en el SO de Tennessee, fecha de la muerte: 13-15 marzo de 1980.
Andrew Schultz, blanco, 36 años, residente en Nueva York, piloto de Lufthansa, encontrado en el E de Kentucky, fecha de la muerte: octubre de 1980.
Hombre blanco sin identificar, aprox. 65 años, hallado en Kansas City, fecha de la muerte: diciembre de 1980.
Atle Gundersen, blanco, ciudadano noruego, 48 años, residente en Los Ángeles, físico nuclear de UCLA, hallado en el SO de West Virginia, fecha de la muerte: 28 de mayo de 1981.
Hombre blanco sin identificar, 50-55 años, hallado en Frankfort, Kentucky, fecha de la muerte: agosto de 1981.
Tony Barrett, blanco, 27 años, residente en Chicago, ingeniero químico de Brabham Chemicals, Chicago, hallado en el SO de Kentucky, fecha de la muerte: 24-27 agosto de 1981.
Hombre blanco sin identificar, 30-35 años, hallado en el N de Kentucky, fecha de la muerte: octubre-noviembre de 1981.
Hombre blanco sin identificar, 55-60 años, hallado en el S de Indiana, fecha de la muerte: enero de 1982.
Lawrence B. R. Carp, blanco, 64 años, residente en Atlanta, director adjunto de RampTech Computer Parts, hallado en su casa en Atlanta, Georgia, fecha de la muerte: 14 de marzo de 1982.
[El principal sospechoso, Wayne Jennings, fecha de la muerte: 3 de julio de 1982.]
Hombre negro sin identificar, 44 años, hallado en el SO de Kentucky, fecha de la muerte: octubre de 1982.
Richard G. de Clarke, blanco, ciudadano de Sudáfrica, 51 años, residente en Las Vegas, propietario de un club porno de Las Vegas, hallado en el E de Missouri, fecha de la muerte: 2-5 noviembre de 1982.
(Período de inactividad de casi quince años.)
Sally Browne, blanca, 24 años, residente en Nueva York, prostituta, hallada en el East Village, Manhattan, fecha de la muerte: 27 de julio de 1997.
Nick Phelps, blanco, 47 años, residente en Nueva York, carpintero en paro, hallado en el Soho, Manhattan, fecha de la muerte: noviembre de 1997.