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Daniel Dan the Man Jones, negro, 21 años, residente en Nueva York, rapero, hallado en Brooklyn, fecha de la muerte: marzo-abril de 1998.

Alice Coley, blanca, 65 años, residente en Atlantic City, New Jersey, pensionista por enfermedad, hallada en su casa, fecha de la muerte: 12-14 mayo de 1998.

Pierre Fontaine, blanco, ciudadano francés, 23 años, residente en París, turista, estudiante universitario, hallado en Greenwich Village, Manhattan, fecha de la muerte: 23-24 de julio de 1998.

Lars-Erik Hassel, blanco, ciudadano sueco, 58 años, residente en Estocolmo, crítico literario, hallado en el aeropuerto de Newark, fecha de la muerte: 2 de septiembre de 1998.

Andreas Gallano, blanco, ciudadano sueco, 42 años, residente en Alby, narcotraficante, hallado en Riala, fecha de la muerte: 3-6 de septiembre de 1998.

Eric Lindberger, blanco, ciudadano sueco, 33 años, residente en Estocolmo, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, hallado en Lidingö, fecha de la muerte: 12 de septiembre de 1998.

Hombre blanco sin identificar, 25-30 años, hallado en Estocolmo, fecha de la muerte: 12 de septiembre de 1998.

Kerstin Holm se detuvo. ¿Realmente no era posible sacar de esta lista unas conclusiones diferentes a las que había extraído Larner? De repente, le asaltó la sospecha de que Larner llevaba un doble juego.

Pasó al perfil psicológico. Un grupo de expertos había intentado explicar ese receso de quince años. Al parecer, no fue tarea fácil; detrás de las diversas interpretaciones se intuían graves diferencias de opinión que en un esfuerzo de armonización habían dado un resultado fascinante. Se preguntó por qué Larner no había incluido ese perfil en la documentación que envió a Suecia.

Según el grupo de expertos, los primeros asesinatos manifestaban el odio por la autoridad, personificada en hombres mayores con estudios superiores, por parte de un individuo relativamente joven. El complejo de inferioridad se trueca en megalomanía cuando es capaz de silenciar las voces que lo han oprimido, que quizá le negaron la entrada a la universidad. Los inaccesibles se vuelven accesibles. Puede acallar sus voces y provocarles el mismo dolor que él ha sentido, controlando, con la ayuda de una pequeña rueda, cuánto dolor les será permitido expresar; pues ¿no era precisamente así como ellos se habían comportado con él, negándole la posibilidad de hablar, alejándole de esa educación superior que le habría hecho posible comprender y expresar su sufrimiento? Su comportamiento constituye una variante distorsionada del ojo por ojo; la venganza imita los agravios que cree haber soportado. Recupera el poder. El gran número de muertos no significa que cada vez sea más sanguinario -en realidad, el ritmo al que se producían los crímenes nunca se fue acelerando-, sino que más bien se trata de una indicación del grado de humillación que ha sufrido. Necesita dieciocho muertos antes de ser capaz de salir a flote y empezar a formar parte de la sociedad. Quizá lo que ocurre es que la sed de sangre disminuye de manera gradual porque consigue un equilibrio; es decir, los asesinatos tienen un auténtico efecto terapéutico. Alcanza un punto en el que cree haber igualado el marcador entre él y la autoridad, lo cual le permite dejarlo para, desde ahí, ascender al nivel de los otros. A eso se dedica durante los quince años de inactividad, a lograr una posición de superioridad. Quizá haya podido formarse y, en su trabajo, llegar a mandar, a ser jefe, aunque naturalmente no ha salido indemne de su pasado. Ahora el opresor es él -eso era lo que pretendía con su formación-, y golpea a los más débiles. El odio a la autoridad se revela como envidia. En realidad, sentía envidia del poder. Y ahora el que golpea primero es él; el que primero saca el ojo -no sólo lo venga- es él. Juega un papel protagonista. Sus actos ya no sólo reflejan los de los más fuertes, sino que él es el más fuerte. Y ahora puede continuar todo el tiempo que quiera.

De todo ello se podía llegar a deducir que el Asesino de Kentucky, probablemente, fuera un hombre blanco con una posición profesional importante que había tenido que luchar con uñas y dientes para, en contra de todo pronóstico, llegar hasta allí. Eso, en resumidas cuentas, era el contenido del informe del grupo experto.

De nuevo se olvidó de toda diplomacia y llamó a Larner.

– Ray, aquí Kerstin. Halm, sí, Halm… ¡Que sí joder, que sí!

Esta última frase le salió en sueco. Se calmó y volvió al inglés.

– Quería saber por qué hasta ahora no hemos podido ver el perfil psicológico del grupo de expertos.

– ¡Pues porque no son más que gilipolleces! -resonó en el auricular.

– Pero si aquí hay un montón de aspectos que no hemos tenido en cuenta.

– Formé parte de ese grupo de expertos y estoy de acuerdo en que es una historia coherente. El problema es que las molestas objeciones que plantearon los policías del grupo fueron devoradas por la historia en sí. La voluntad de lograr unanimidad hizo que se ignorara el dato más importante de todos.

– ¿Cuál?

– La profesionalidad.

– ¿Qué quieres decir?

– El asesino no pretende alcanzar ningún punto de equilibrio social ni nada por el estilo. No se trata de un proceso, sino de un exterminio a sangre fría. No deja tras de sí signos ardientes, sino más bien restos congelados. Son ruinas, no edificios.

Ella se calló. El razonamiento le resultaba familiar. Le dio las gracias y se despidió.

– Está de acuerdo contigo -dijo nada más colgar.

Paul Hjelm, en esos momentos sumergido en el escrutinio de las sutiles diferencias entre las tenazas, se sobresaltó.

– ¿A qué te refieres? -repuso irritado.

– A nada.

Volvió a intentar abrirse camino a través del material. No tuvo mucho éxito, así que llamó de nuevo a Larner, cuya voz no había perdido un ápice de paciencia.

– ¿Se trata realmente de profesionalidad en la segunda serie? -preguntó sin rodeos.

– Como ya habréis notado, tengo muy poco que decir acerca de la segunda serie. No la entiendo. Es la misma profesionalidad, exactamente el mismo modus operandi. Lo que ha cambiado es el tipo de víctimas.

– Pero ¿por qué? -exclamó ella, casi gritando-. ¿Por qué ha pasado de ingenieros e investigadores a prostitutas y pensionistas?

– Responde a eso y habrás resuelto el caso -replicó Larner con tranquilidad-. Pero ¿es en realidad tan radical el cambio? Los suecos habéis perdido tanto a críticos literarios y diplomáticos como a camellos. Bien podría decirse que se trata de los dos tipos, ¿no?

– Es verdad, lo siento -dijo ella un poco arrepentida-. Es que todo esto resulta tan frustrante…

– Cuando lleves veinte años con el caso sabrás lo que es la frustración…

Ella colgó e hizo un esfuerzo por recuperar la concentración. La dificultad residía en no aventurar hipótesis, en asimilar la información sin sacar conclusiones. Ampliar el campo de visión. Esperar hasta el momento adecuado.

Les llevó todo el día hacerse con una razonable idea general del material. Y la noche también. A la vuelta guiada por Manhattan le tocó esperar otro día más.

A la mañana siguiente aguzaron la mirada con el fin de peinar las miles de páginas en busca de una posible conexión con Suecia. ¿Por qué viajó a Suecia? En algún punto dentro de esa voluminosa documentación debía hallarse la solución.

Hjelm se encargó de la investigación de la decimoprimera víctima, Atle Gundersen, el físico nuclear noruego; allí podía haber algo. Contactó con la UCLA para intentar dar con posibles colegas suecos de principios de los años ochenta y habló con la familia en Noruega. Echó a perder medio día para nada.

La atención de Holm se dirigió hacia Chris Anderson, el miembro del Commando Cool con ascendencia sueca. Incluso lo llamó. Parecía cansado, fatigado. Estaba harto de que lo interrogaran. Vietnam quedaba muy lejos, ¿no podían dejarle enterrar de una puñetera vez todos esos recuerdos que todavía lo perseguían por las noches? Habían hecho cosas terribles, pero estaban en guerra, y además habían actuado bajo las órdenes casi directas del presidente. ¿Qué otra opción les quedaba? No, no sabía cómo funcionaba exactamente la cadena de mando; eso debería de figurar en el material de la investigación. Sí, había sido íntimo amigo de Wayne Jennings, pero después de la guerra se habían distanciado. Y no, Anderson no tenía ningún tipo de contacto con la tierra de sus antepasados; ni siquiera hablaba con sus padres.