Continuaron buscando con ahínco. En cuanto les surgía una duda que los carcomía, Larner calmaba la desazón con su inagotable paciencia. Efectivamente, parecía haber pensado en todo. Empezaron a reevaluar su trabajo. Era muy probable que la ausencia de hipótesis e ideas se debiera a que no había manera de plantearlas. Había mantenido la cabeza fría, sin dejarse llevar por teorías descabelladas a falta de otras más sensatas.
Avanzar sin pistas que seguir constituía el malabarismo más complicado de la profesión.
Aun así, les daba la impresión -y hablaban mucho de eso, lo cierto es que hablaban mucho en general, llevaban camino de convertirse en amigos en vez de amantes- de que sólo faltaba una pequeña y decisiva pieza para completar el rompecabezas. Se sentían frustrantemente cerca, sin que existiera, la verdad, el menor motivo para tener esa sensación.
– Hay algo que hemos pasado por alto -afirmó Paul una noche cenando en el restaurante del hotel.
A esas alturas ya habían olvidado cualquier ambición de colocar sus cuerpos en un sitio que no fuera el edificio del FBI, un taxi o el hotel. La estancia en Nueva York se estaba convirtiendo en una rutina. Hjelm mantenía un contacto bastante bueno con Cilla y la familia en Suecia. Al principio, cuando no sabía lo que iba a pasar entre él y Kerstin, no había tenido muchas ganas de llamar, pero a medida que se hizo evidente que la relación entre los dos policías se iba a limitar al aspecto profesional, el rechazo que había sentido desapareció y vivía las llamadas a Cilla con absoluta normalidad. Simplemente, la echaba de menos; a veces, cuando le quedaba tiempo para eso.
– ¿Cómo que pasar por alto? -replicó Kerstin con la boca llena de lomo de bacalao-. Pero si eso lo hacemos todo el tiempo. Cuanto más descubrimos, más se nos escapa.
Ella bebió un poco de vino. ¿Se sentía tan cercano a ella que ya no le parecía bella? Contempló su garganta mientras el vino bajaba. No, no era eso. Pero quizá el deseo había encontrado un camino alternativo que antes no existía en su mapa. «Estoy penetrando en terreno virgen», pensó, y enseguida maldijo las trampas equívocas del lenguaje metafórico.
– Todo el tiempo tengo la sensación de que no necesitamos saber más.
– Entonces, ¿qué hacemos aquí? -preguntó Kerstin.
– Buscamos un impulso. Ese pequeño chispazo que hará que todas las piezas encajen.
– Menudo romántico estás hecho -constató ella sonriendo.
¿Había visto esa sonrisa tan a menudo que ya no le resultaba atractiva? La idea era ridícula.
Dejaron de contar los días. Pasaban todo el tiempo encerrados en su despacho como dos peces en una pecera. Una mañana, temprano, se asomó Larner por la puerta. Acelerado y con el arma reglamentaria en la funda sobaquera.
– ¿Qué? ¿Ya estáis hartos? -gritó jovial y desenfadado.
Cuatro ojos cuadrados lo observaron con escepticismo.
– ¿Qué os parece un poco de auténtico trabajo policial? ¿Observadores extranjeros presencian una redada contra un centro de tráfico de drogas?
Intercambiaron una rápida mirada. Quizá les vendría bien.
– Estamos de comisión de servicio con los de la ATF -explicó Larner mientras recorrían el pasillo apretando el paso tras Jerry Schonbauer, que hacía retumbar el suelo como si sus pasos hubiesen desplazado el cinturón sísmico de la costa Oeste a la del Este-, ahora que la investigación de K es vuestra, no saben muy bien qué hacer con nosotros. Los demás asesinos en serie del estado están en otras manos. El objetivo es un centro de crack en Harlem, os dará una oportunidad de ver la realidad americana de cerca. ¡Venga, vamos!
En la calle los esperaba una caravana de enormes coches negros. Los cuatro se metieron en el asiento de atrás de uno de ellos; cabían sin problemas. Larner y Schonbauer se enfundaron con no poca dificultad sendas cazadoras provistas de luminosas letras amarillas en la espalda: ATF, Bureau of Alcohol, Tobacco and Firearms. La caravana se abrió camino a través del tráfico neoyorquino como la procesión de un entierro bajo amenaza de que le roben la tumba. Se dirigían al norte de Manhattan, a los barrios de la desesperanza, una parte de la ciudad sacrificada, enterrada. Las fachadas se volvían cada vez más ruinosas, como si estuvieran en una ciudad bombardeada. Parecía Dresde. Al mismo tiempo, a medida que se adentraban más en la zona, las caras de la gente iban oscureciéndose y al final sólo había personas de raza negra. Se trataba de una transformación que les resultaba terrible y lógica a la vez: una transición gradual del Downtown blanco al Harlem negro. Imposible ignorarla o buscar excusas. Era así, sin más.
Los coches pararon en una disciplinada fila. Agentes ataviados con cazadoras de la ATF manaron de los coches en líneas igual de ordenadas y, empuñando las armas, atravesaron un jardín quemado, destrozado, arrollando a su paso la poca vegetación que quedaba.
– Manteneos a distancia -ordenó Larner.
Luego se unió al grupo de agentes arrolladores, situados a lo largo de la acera del siguiente bloque. Todas las miradas se dirigían al mismo edificio destartalado, uno de los dos que todavía se mantenían en pie entre las ruinas de la manzana. Una serie de agentes, armados con ametralladoras y pegados a las cochambrosas paredes de barro que parecían agrietarse bajo un sol desértico, ya lo había rodeado. El asfalto vibraba. Reinaban el silencio y la desolación. En lugar de rostros negros, se veían cazadoras negras con letras amarillas. De repente, unas palomas alzaron el vuelo y empezaron a dar vueltas alrededor del edificio elevándose cada vez más en extraños círculos concéntricos, como si emprendieran rumbo hacia el sol. Una última franja de nubes se desvaneció ante sus ojos. Todos estaban en su sitio. Como en una fotografía; una imagen congelada. Luego, de pronto, todos se pusieron en movimiento a la vez. Entraron rápida y sigilosamente en el ruinoso edificio, un ejército de hormigas superiores preparadas para conquistar el hormiguero enemigo, ya en plena descomposición. Al final, Hjelm y Holm se quedaron solos: un dúo de observadores extranjeros al descubierto que en cualquier momento podían ser arrastrados a un portal para recibir una buena muestra de la realidad americana. Se oían tiroteos dispersos procedentes de la casa -una serie de ráfagas de ametralladora y unos cuantos tiros sueltos-, y ruidos sordos, como de mentira, como si Hollywood se hubiese encargado de los efectos de sonido. Acto seguido, una pequeña explosión. Luego se instaló un silencio absoluto. Por el portal se asomó una figura negra con una cazadora del mismo color que les hizo gestos con la mano. Les llevó un rato darse cuenta de que se dirigía a ellos y aún más advertir que era Larner. Se acercaron.
– Venid -dijo haciendo señas con la pistola-. Lo que vais a ver ahora es la realidad.
Al otro lado de la puerta, una leve neblina de polvo fue a su encuentro, transparente, atravesada por los rayos de sol. Les escocía la garganta. Tardaron un rato en ser conscientes de que lo que estaban inhalando era una nube de crack. En la primera planta sólo había gente: grandes hombres negros tumbados en el suelo boca abajo con las manos en la nuca. La guardia real desarmada. Otros dos estaban medio tirados, apoyados contra la pared, con las piernas y las espinas dorsales formando ángulos extraños. La sangre goteaba despacio de una herida abierta, cada vez más viscosa, hasta que la última gota pareció detenerse en el aire y volver a subir, como aspirada por la herida. Subieron a la segunda planta, donde las salas convertidas en laboratorios químicos se sucedían una tras otra, llenas de matraces rotos, botellas tiradas y jadeantes quemadores de gas butano. En el aire flotaba una nube de polvo más densa. En medio de los añicos, encima de una mesa, yacía un cadáver acribillado a balazos, hecho trizas, medio cubierto por el polvo blanco, que se fue transformando en rosa para, al final, pasar al rojo y acabar endureciéndose, formando así un cuerpo encima del otro cuerpo. Aquí también había personas tumbadas boca abajo con las manos en la nuca. Silencio. La calma después de la tormenta. La quietud de la advertencia de tormenta. Pasaron a la siguiente planta, la tercera, donde al igual que en la anterior había un laboratorio químico, pero con otro tipo de aparatos, y lleno de bolsas de plástico con un contenido blanco, medio abiertas, con el polvo todavía elevándose por el aire como la neblina que se desliza sobre una laguna. Manos en la nuca. Una persona muerta con medio cuerpo colgando fuera de la ventana, un trozo de cristal penetrándole el tórax, como la aleta de un tiburón. Las ventanas se abrieron. La nube de polvo se dispersó sobre la ciudad. Unas palomas drogadas arrullaban ruidosamente. Un viento blanco barría la casa, alcanzando los fajos de billetes bien empaquetados que había en la habitación al fondo, el sanctasanctórum. La cinta de papel en torno a uno de los fajos estaba rota, y el viento atrapó los billetes verdes que salieron revoloteando por la habitación. Los intentaron atrapar en el aire. La habitación empezaba a dar vueltas. En el suelo, una mancha marrón se extendía alrededor de un trasero enfundado en unos pantalones vaqueros. Estaban al fondo, dentro del espacio más protegido. Larner sonrió. Su sonrisa le partió la cara en dos. Una de las mitades se elevó de repente medio metro para luego regresar a su sitio. La piel se le despegó, revelando una calavera con mandíbulas que castañeteaban; luego la piel volvió a cubrirle el rostro.