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Larner se dejó caer en su silla, cerró los ojos y reflexionó.

– Me acuerdo muy bien de ese chaval -comentó despacio-. Parecía bastante perturbado, en eso tienes razón. Siempre estaba sentado sobre las rodillas de su madre, sin abrir la boca, jamás. Tenía un aire casi autista. Y eso explicaría bastantes cosas. ¿Tú qué dices, Jerry?

Schonbauer se sentó encima de la mesa balanceando sus largas piernas; por lo visto, ésa era su postura de reflexión. Siguió así un rato mientras la mesa crujía peligrosamente. Al final dijo:

– Quizá suene un poco rebuscado, pero no perdemos nada comprobándolo.

– A lo mejor no es tan difícil -replicó Kerstin-. ¿Alguien tiene una guía telefónica?

Riéndose, Larner tiró una enorme guía de teléfonos encima de la mesa. Kerstin la hojeó con frenesí hasta que dio con la página que buscaba. La arrancó sin miramientos.

– Hay un solo Lamar Jennings en Nueva York -informó-. En Queens.

– ¡Venga, vamos! -exclamó Larner.

Antes de bajar al coche, Larner los llevó a una estancia protegida por cuádruples cerraduras de seguridad y triples códigos de tarjetas. De un enorme armario metálico sacó dos fundas sobaqueras completas y se las lanzó a los suecos.

– Permiso especial -indicó antes de salir de la sala.

Los policías suecos se las abrocharon, preparándose para un viaje al corazón de las tinieblas.

Era un anodino edificio de apartamentos que formaba parte de una serie interminable de casas idénticas. Estaba ubicado en una manzana con aires de auténtica fortificación a la que se llegaba por una bocacalle del enorme Northern Boulevard en Queens. Pobre pero no ruinoso. Bajo, aunque sin llegar a ser un gueto. La escalera, sórdida y destartalada, armonizaba a la perfección con el estilo general de la zona. Una colección de trastos tirados de cualquier forma decoraba los diversos tramos de la escalera; hacía mucho que nadie la limpiaba.

Empezaron a subir, planta por planta. A medida que ascendían, había menos luz y la temperatura iba elevándose. La escalera estaba bañada en un calor tórrido, seco y absolutamente inmóvil. Chorreaban sudor.

Se situaron delante de una de las numerosas puertas que daban a un largo pasillo. De ella colgaba una discreta placa con el nombre de Jennings.

Los cuatro desenfundaron sus armas. Las mandíbulas tensas, la respiración entrecortada. Temían más por sus almas que por sus cuerpos. Estaban a punto de entrar en la guarida de la bestia. ¿Qué deformes manifestaciones de la perversión humana los esperaban allí dentro?

Schonbauer llamó a la puerta. No hubo respuesta ni movimiento alguno. Con mucho cuidado bajó el picaporte. Cerrada con llave. Miró a Larner, quien movió la cabeza ligeramente. Acto seguido, echó abajo la puerta de una sola patada. Las astillas salieron volando. Irrumpió en la casa y los demás lo siguieron como si de un enorme escudo se tratara.

No había nadie. La mortecina luz que traían consigo y que se filtraba a través de la destrozada puerta era la primera que esa casa veía en mucho tiempo. La estancia se fue materializando lentamente en todo su desconcertante vacío, un espacio desnudo, deshabitado, pobre. El aire inmóvil, caliente. Motas de polvo bailaban en piruetas recién despertadas. No había pieles humanas desplegadas en las paredes, ni cabezas podridas atravesadas por palos, ni ninguna otra insignia diabólica. No era más que un estudio con una mesa escritorio y una cama, despojado de cualquier adorno. Una cocina americana y un cuarto de baño vacíos. Un estor negro tapaba la única ventana.

Larner lo subió. El sol penetró con sus rayos sin filtrar y la luz casi obscena desveló las escasas señales de vida, la herencia norteamericana de Lamar Jennings.

Hjelm se acercó hasta el escritorio para examinar lo único que había encima: papeles a medio quemar en un montón de ceniza. La madera estaba dañada. Quizá había pretendido prenderle fuego a la casa antes de abandonarla. Un fuego de despedida. Estiró la mano hacia los restos.

– No toques nada -le advirtió Larner antes de sacar un par de guantes de plástico del bolsillo y ponérselos-. Seguís siendo observadores. Jerry, ¿te encargas de los vecinos?

Schonbauer salió. Larner contempló el montón de ceniza.

– ¿Quería incendiar la casa? -preguntó Hjelm.

– No creo que ésa fuera su intención en absoluto -respondió Larner mientras rozaba los restos con la mano-. Algo donde rascar para los técnicos forenses. No podemos moverlo ni un milímetro.

Sacó un móvil del bolsillo de la americana y marcó un número.

– Policía científica, unidad primaria -solicitó-. Calle Harper 147, Queens, octavo piso. Urgente.

Colgó, metió el teléfono en el bolsillo y continuó.

– Ve hacia el otro lado del escritorio, con mucho cuidado. Cualquier soplo de aire, por pequeño que sea, puede hacernos perder una palabra.

Hjelm se retiró prudentemente. Larner sacó el cajón de arriba. Allí había una sola cosa, pero era más que suficiente. Larner rió ligeramente mientras meneaba la cabeza. El mensaje era tan explícito que resultaba casi ridículo: una foto de Wayne Jennings mostrando una juvenil sonrisa, con el cuello penetrado por un alfiler que clavaba la fotografía en el fondo del cajón, como si de una mariposa disecada se tratara.

– Es para mí -comentó Larner tranquilo-. Veinte años. ¿Cómo coño lo hiciste? Vi cómo te consumías bajo las llamas. Vi tu dentadura.