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Abrió el siguiente cajón. Se encontró con unos papeles desgarrados, pequeños fragmentos de más o menos un centímetro de tamaño. En uno se intuía una fecha.

– ¿Un diario? -preguntó Hjelm.

– Nos ha dejado lo justo -contestó Larner-. Lo suficiente como para dar una idea del infierno por el que ha pasado. Pero sólo eso.

No había nada más. Nada de nada.

Jerry Schonbauer volvió acompañado por una señora mayor, pequeña, casi transparente, que apenas le llegaba a la cadera. Se quedaron esperando en la entrada.

– ¿Sí? -dijo Larner.

– Ésta es la única vecina que sabía que había alguien viviendo aquí -informó Schonbauer-. La señora Wilma Stewart.

– Señora Stewart, ¿qué nos puede contar? -preguntó Larner acercándose a saludarla.

La anciana recorrió la estancia con la mirada.

– Exactamente así era él -constató-. Anónimo, inexpresivo. Intentaba pasar desapercibido. Saludaba con desgana. Una vez lo invité a tomar una taza de té. Declinó la invitación sin mucha educación, pero tampoco de forma maleducada, sólo dijo: «No, gracias» y se marchó.

La cara de Larner se torció en una pequeña mueca.

– ¿Qué ha hecho? -preguntó la señora Stewart.

– ¿Cree que nos podría ayudar a confeccionar un retrato robot? -le pidió Larner-. Le estaríamos muy agradecidos.

– Me podría haber matado -replicó ella, con lucidez y muy tranquila.

Larner se despidió de la vecina con una ligera sonrisa antes de que Schonbauer la acompañara hasta el coche. En el pasillo, la extraña pareja se cruzó con un auténtico ejército de técnicos de la policía científica. Uno de ellos se acercó a Larner, que los esperaba en la puerta.

– Ahora nos encargamos nosotros -anunció.

Larner asintió con la cabeza.

– Nos toca esperar -comentó a los suecos mientras empezaban a descender por los ocho tramos de escalera-. Como si no hubiésemos esperado ya bastante.

Unos pisos más abajo se volvió hacia ellos y sentenció:

– La morada del diablo nunca es como uno se la imagina.

25

Cuando se juntan dos mentes que por separado no siempre son las más perspicaces, algo nuevo nace. Viggo Norlander trabajaba por su cuenta con John Doe, la víctima desconocida, y Gunnar Nyberg seguía investigando a la empresa LinkCoop. En un determinado momento, sus laboriosas ideas se cruzaron y el mundo adoptó una nueva forma.

A Norlander, al principio, el desconocido cadáver no le llevó a ninguna parte; apenas había por dónde tirar. Sentado en su despacho, repasaba el informe de la autopsia una y otra vez. Enfrente tenía al considerablemente más diligente Arto Söderstedt, que había pedido su propia pizarra y jugaba a ser Hultin.

– ¿Qué coño haces? -soltó Norlander irritado.

– El matrimonio Lindberger -respondió Söderstedt distraído mientras seguía dibujando.

– ¿Y para eso necesitas una pizarra?

– Hombre, necesitar lo que se dice necesitar… Lo que pasa es que él dejó un montón de notas que hay que ordenar. Y luego están las de ella también…

– ¿Las de ella? ¿Le has mangado las notas a ella?

Arto Söderstedt levantó la mirada sonriendo con desdén.

– Mangar no, Viggo, por favor. Un agente de policía nunca roba. Al igual que tampoco se dedica a acosar a las agentes controladoras de pasaportes, ni a arrollar a niñas pequeñas en los aeropuertos…

– Gilipollas.

– Un policía no roba, copia -concluyó Söderstedt sin dejar de pintar en su pizarra.

– Bueno, eso es mucho mejor, ¡dónde va a parar! -comentó Norlander.

Söderstedt se detuvo de nuevo y alzó la vista.

– Pues de hecho es mucho mejor. Sobre todo porque así se puede cotejar con lo que ella te quiera revelar. Lo importante es la diferencia. En cuanto haya terminado con esto, voy a pedirle que me enseñe su agenda para ver si ha quitado algo. Vous comprenez?

– La pobre mujer lo está pasando muy mal. Déjala en paz, joder.

Söderstedt soltó el rotulador y se puso serio.

– Hay algo raro en ellos -repuso -. Rondan la treintena y viven en un piso inmenso, con once dormitorios y dos cocinas, en pleno barrio de Östermalm. Los dos trabajan en Exteriores y la mitad del año la pasan fuera, en Arabia Saudí. Si se traen algo turbio entre manos en el mundo árabe, y si tiene algo que ver con la muerte de Eric, entonces sería muy lógico que ella fuera una futura víctima. De modo que no la estoy acosando, Viggo; más bien intento protegerla.

El rostro de Norlander se torció en una fatigada mueca.

– Pues entonces ponía bajo vigilancia.

– Todo sigue siendo demasiado vago todavía. Tengo que indagar más en el tema; eso si mis compañeros de trabajo me dejan, claro.

Esta vez el gesto de Norlander era de resignación.

– Bueno, usted perdone, ¿eh? Hay que joderse…

Intentó volver a las actas de la autopsia, pero no consiguió concentrarse del todo. El hijo desconocido que podría haber acabado de engendrar no le dejaba en paz. Su mirada se perdió en la lejanía.

Era por la tarde y quedaba poco para terminar la jornada. Fuera reinaba una densa oscuridad, las lluvias seguían ahogando Estocolmo. Pensó en las inundaciones en Polonia de hacía un año o dos, las que contaminaron el mar Báltico. ¿Cuánta más lluvia podría caer antes de que se desbordara el lago Mälaren?

La puerta se abrió de golpe y Chávez asomó la cabeza.

– Hola, hombres blancos de mediana edad -saludó alegre-. ¿Qué tal?

– Hola, joven de tez oscura y pelo moreno -contestó Söderstedt-. ¿Ya usted cómo le va?

– Fatal. Acabo de volver de Hall, donde he estado husmeando en los viejos calzoncillos de Andreas Gallano. ¿Qué hacéis?

– Yo intento averiguar quién es John Doe -replicó Norlander adusto-. Eso si mis compañeros de trabajo me dejan, claro.

– Vale, vale -dijo Chávez antes de cerrar la puerta.

Siguió recorriendo el pasillo hasta llegar al despacho de Hultin. Llamó a la puerta, recibiendo como respuesta un gruñido difícil de interpretar, y entró. Hultin se subió las gafas de búho hasta la frente y se quedó observándolo con frialdad.

– ¿Sabes algo de Estados Unidos? -preguntó Chávez.

– Aún no -contestó Hultin-. Dejemos que hagan su trabajo. ¿Cómo te va?

– Acabo de volver de Hall. Ninguno de los presos ha aportado nada que merezca la pena. Nadie sabía si Gallano tenía contactos en Estados Unidos. En cuanto a esa nueva red de narcotráfico a la que supuestamente pertenecía, parece que sigue siendo una incógnita. Aquí tienes una lista de lo que dejó cuando se fugó: calzoncillos, algunas cartas monitorias de distintas autoridades, una maquinilla de afeitar, etcétera. En fin, una auténtica mierda. Luego he ido a la casa de campo de Riala para hablar con los técnicos. Lo más seguro es que a estas alturas hayan tirado la toalla, estaban muy frustrados. No han encontrado ni un solo rastro, aparte de lo que había en la nevera, y aquí está la lista del contenido: mantequilla, varios paquetes de pan de molde, hamburguesas, queso Philadelphia, miel, perejil, agua mineral, plátanos.

Hultin suspiró y se quitó las gafas.

– ¿Y los coches? -preguntó.

– Eso llevará algún tiempo. Cuando empezamos, en la zona de Estocolmo había sesenta y ocho Volvos azul oscuro, modelo ranchera, con matrícula que empieza por B. Gracias a la ayuda de los agentes disponibles, hemos podido eliminar cuarenta y dos. Personalmente les he echado un vistazo a ocho y resulta que eran verdes. En fin, si eso no es una contradicción… Entre los que quedan, hay dos que parecen interesantes: uno de ellos pertenece a una empresa fantasma, registrada en una dirección que tampoco existe; el otro es propiedad de un tal Stefan Helge Larsson, un delincuente reincidente. Los otros veinticuatro ya están localizados, pero como tenía que ir a Hall, en Norrköping, pues no nos ha dado tiempo a verlos.