– ¿Cuándo se suicidó la mujer? -preguntó.
– En el verano del ochenta y tres -contestó Larner-. Al parecer, tardó unos meses en comprender el alcance de toda la historia.
El sobre también había estado entre los restos quemados. El sello de correos de «Estocolmo» se veía con claridad. La dirección era la de la granja; por lo visto, estaba seguro de que el FBI no leía las cartas de la viuda un año después de su fingida muerte.
Lo que podía reconstruirse rezaba (con los comentarios de los técnicos entre corchetes):
«Querida Mary Beth. Como ves no estoy muerto. Espero que alguna vez pueda explicar [interrupción, quemado] veamos en otra vida. Quizá dentro de unos años pueda ser [interrupción, quemado] sido absolutamente necesario. Estábamos obligados a proporcionarme este disfr [interrupción, quemado] ero que puedas vivir con esta información y [interrupción, quemado] esino de Kentucky soy yo, pero aun así n [interrupción, quemado] ahora bajo el nombre [interrupción, quemado] que Lamar está mejor sin mí, no siempre fui [interrupción, quemado] obligatoriamente quemar esta carta inmediat [interrupción, quemado] Tuyo siempre, W.»
– Lamar no quería darnos el nombre -dijo Larner dejando el papel-. El resto quizá sí, depende de cómo interpretemos esta quema medio frustrada, pero está claro que el nombre no nos lo quería proporcionar: lo cortó antes de prenderle fuego a la carta.
– Un marido muy cariñoso -comentó Kerstin.
– ¿Qué es lo que realmente pone aquí? -inquirió Hjelm-. «El Asesino de Kentucky soy yo pero aun así no»; ¿es así como debemos interpretarlo? ¿Y qué hay de: «Estábamos obligados a proporcionarme este disfraz?» ¿Nosotros?
– Un sicario al servicio de alguien -respondió Larner-. A finales de los años setenta, de repente, surgió la necesidad imperiosa de hacer hablar a muchísimas personas: ingenieros, investigadores, periodistas… Y a toda una serie de gente sin identificar, probablemente extranjeros. Se convocó al experto, quien, tal vez, había estado inactivo, a la espera, desde la guerra de Vietnam. Por alguna razón se vieron obligados a disfrazarlo todo como si se tratara de los actos de un psicópata demente. Nace el asesino en serie. Y los seguidores fueron muchos.
Flotaba en el aire. Nadie lo pronunció. Al final, Hjelm aclaró la voz y dijo:
– ¿ La CIA?
– Averiguar eso nos toca a nosotros -suspiró Larner-. No va a ser fácil.
Kerstin y Paul cruzaron la mirada. Su vieja teoría que apuntaba a la KGB tampoco había sido tan disparatada. Al final, resulta que era política internacional de alto nivel. Aunque eran las víctimas las que pertenecían a la KGB. Quizá.
– Yo de vosotros -recomendó Larner- echaría un vistazo a la lista de inmigración de 1983. La última víctima murió a principios de noviembre de 1982. La carta se redactó desde Estocolmo, en abril de 1983. Tal vez deis con él entre los inmigrantes de ese período.
Un agente asomó la cabeza.
– Ray -dijo-. La señora Stewart ha terminado el retrato robot.
Se levantaron todos y siguieron al hombre. Por fin iban a poder ver la cara de Lamar Jennings.
El comisario Jan-Olov Hultin se mostraba escéptico.
– ¿Lárgate? -repitió-. ¿Vete de aquí?
– Eso dijo -replicó Viggo Norlander.
Estaba en una cama del hospital Karolinska enfundado en un peculiar camisón hospitalario y con una enorme venda cubriéndole la herida de la nuca. Todavía se sentía un poco mareado.
– O sea que hablaba sueco, ¿no? -insistió Hultin de forma pedagógica mientras se inclinaba hacia el héroe nuevamente derrotado.
– Sí -contestó un soñoliento Norlander.
– ¿Y no te acuerdas de nada más?
– Iba de negro. Llevaba pasamontañas. El pulso no le tembló lo más mínimo mientras me apuntaba con la pistola, y al dispararme debió de fallar adrede. Luego se marchó en un coche bastante grande, creo que un jeep, posiblemente marrón.
– Se trata de un psicópata asesino en serie con innumerables vidas sobre su conciencia. Seguro que no era la primera vez que disparaba a alguien. ¿Por qué no te mató?
– Gracias por tu apoyo -dijo Norlander antes de quedarse fuera de combate.
Hultin se levantó y se acercó a la otra cama de la sala. Allí había otro héroe nuevamente derrotado. Sus dos inspectores más fornidos habían sido neutralizados por el mismo hombre. Mal asunto.
La venda de Gunnar Nyberg era aún más voluminosa que la de su compañero. El hueso de la nariz estaba roto por tres sitios; a Nyberg se le antojaba increíble que algo tan pequeño pudiera romperse por tantas partes. Pero lo que más le dolía era el alma. Sabía que nunca, por mucho que lo intentara, sería capaz de borrar de su mente la imagen aterradora de Benny Lundberg. Probablemente moriría con ella en la retina.
– ¿Cómo está? -preguntó.
Hultin se sentó con un ligero gemido en la silla destinada a las visitas.
– ¿Viggo? Se recuperará.
– No, Viggo no. Benny Lundberg.
– Ah. Bueno, los últimos partes médicos no son muy halagüeños. Sobrevivirá, pero las cuerdas vocales se hallan gravemente dañadas y los nervios de la nuca han quedado hechos trizas. Además, tiene respiración asistida. Lo peor, sin embargo, es que se encuentra en un estado de shock bastante extremo. El perpetrador lo dejó literalmente de piedra, lo llevó más allá de lo que se puede resistir desde el punto de vista humano, y la cuestión es si existe un camino de vuelta.
Hultin dejó un absurdo racimo de uvas encima de la mesilla de Nyberg y continuó:
– Tu lucidez le salvó la vida, que lo sepas. Si hubieses empezado a tirar de las tenazas, lo más seguro es que hubiera muerto en el acto. Ese médico especialista que conseguiste que acudiera luchó durante más de una hora. Tuvo que operarlo allí mismo. Creo que fue una suerte que fueras tú y no Viggo el que lo encontrara…; te lo digo ahora que Viggo se ha dormido.
Hultin calló. Miró a los ojos de Nyberg. Algo había cambiado.
– Por cierto, ¿estás bien?
– No, no lo estoy -admitió Gunnar Nyberg-. Tengo un cabreo de la hostia. Voy a coger a ese monstruo aunque sea lo último que haga en esta vida.
Hultin no sabía muy bien qué pensar de las palabras de Nyberg. Por un lado, le encantaba ver a Nyberg despertarse de ese letargo que había acusado últimamente cuando sólo pensaba en jubilarse; por otro, un Nyberg furioso, que era lo más parecido a un caballo desbocado, le inquietaba.
– Vuelve en cuanto puedas -añadió Hultin-. Te necesitamos.
– Ya habría vuelto, si no fuera por esta mierda de conmoción cerebral.
– Será un virus que anda suelto por ahí -comentó Hultin con su habitual tono de voz neutro.
«Lo habían interpretado mal -pensó Nyberg-. No eran dos pulmonías lo que surcaba el aire en el puerto franco buscando a su legítimo dueño, sino dos conmociones cerebrales.»
– Si no nos hubiésemos parado a comer, lo habríamos salvado -masculló compungido.
Hultin lo miró durante unos instantes en silencio, luego se despidió. Antes de lanzarse a la intemperie, se aseguró de protegerse con un paraguas cubierto con logos de la policía que mantuvo el diluvio nocturno a raya hasta que alcanzó su Volvo Turbo, el único privilegio propio de su puesto que se había permitido aceptar.
Atravesó la ciudad, sumida en una oscuridad negra como el azabache, tras subir por Sankt Eriksgatan, cogió Fleminggatan para finalmente enfilar Polhemsgatan. Por suerte, apenas circulaban coches por el centro de Estocolmo a esas horas, pues no hacía más que darle vueltas a lo que había sucedido, entrelazando hechos con intuiciones y representando, por tanto, un grave peligro para el tráfico. ¿Por qué Benny Lundberg? ¿Qué había visto -o hecho- el vigilante? Cuando le interrogó la misma noche del robo todo parecía de lo más normal. Aun así, algo raro pasaba. Inmediatamente después, Lundberg coge vacaciones y luego lo encuentran medio muerto, torturado por el Asesino de Kentucky, quien no sólo habla sueco, sino que también deja fuera de juego a dos experimentados policías y renuncia a quitarle la vida a uno de ellos, a pesar de haberle tenido en el punto de mira en un par de ocasiones. Si no supiera lo que sabía, enseguida habría sospechado que era un trabajo desde dentro, un madero criminal.