Quedaba el París Hilton en la avenue de Suffren, no lejos de la torre Eiffel. Por la experiencia de sus anteriores pesquisas, Anne y Adrián encontraron aconsejable no hablar de ello a la recepción, sino al gerente del hotel, un alsaciano distinguido que hablaba muy bien alemán y al que le contaron que Vossius, tío de Anne, había muerto inesperadamente en el hospital St. Vincent de Paul y entre sus pertenencias se había hallado esta llave, probablemente había dejado equipaje en el hotel.
La historia sonaba creíble y Wurz, así se llamaba el gerente, desapareció un momento por detrás de una puerta de cristal opaco, regresó con una ficha diciendo que quedaban tres días de alojamiento en descubierto de monsieur Vossius. Después de abonar la factura, les sería entregado en mano el equipaje del monsieur, una maleta y una cartera, que madame hiciera el favor de firmar aquí.
Kleiber extendió un cheque y el portero les dio el equipaje. Con nuevas esperanzas marcharon en el Mercedes de Adrián a la casa de él en la avenue de Verdun.
7
Qué sospechas pudieron haber tenido de que el equipaje del profesor podría llevarles a una nueva pista decisiva, no lo sabían en este momento ni ellos mismos; pero Adrián actuaba según una vieja norma periodística de recoger toda la información posible, incluso aquella que en principio no parecía tener sentido, pues podía ser decisiva en una etapa posterior de la investigación.
En este caso no necesitaron ambos esperar a nuevos conocimientos. Si bien en la maleta sólo había ropa blanca y prendas de vestir, en cambio en la cartera se hallaba, junto con libros y mapas (algo curioso: un mapa extraordinariamente exacto del norte de Grecia y otro no menos preciso del Egipto medio), una carpeta con copias de escritos antiguos, no muy distintas de la copia que poseía Anne.
El descubrimiento más excitante en esta carpeta fue sin embargo un sobre de gran formato sellado ligeramente. Anne lo dio a Kleiber para que lo examinase. Éste lo miró y se encogió de hombros.
– ¡Ábrelo! -dijo Anne, nerviosa.
Adrián rasgó el sobre y sacó algo parduzco, quebradizo, colocado entre dos folios transparentes. Anne lo reconoció en seguida.
– ¡Eso es! -gritó excitadísima.
– ¿Qué? -preguntó Kleiber enojado-. ¿Qué es?
– ¡El original! ¡Esto es el pergamino por el que aquel Thales en Berlín me ofrecía tres cuartos de millón!
– ¿Por este trozo de papel viejo?
– Por este, como tú lo llamas, trozo de papel viejo. Estoy segura.
Anne y Adrián se miraron y parecían pensar lo mismo: si este pedazo de pergamino era el documento tan buscado, entonces tuvo que haber habido contactos antes de la muerte de Guido entre éste y Vossius, o bien Vossius consiguió hacerse con la posesión del pergamino después del terrible accidente. Y naturalmente surgía la pregunta: ¿había jugado Vossius con las cartas marcadas?
Un cotejo de las dos copias dio como resultado: Anne tenía razón. Esto era el pergamino que, por el motivo que fuera, a unos importaba una fortuna, a otros incluso el asesinato. Esta idea la inquietó. Pues por muy importante que fuera el hallazgo, era peligroso en la misma medida.
– Probablemente -murmuró Anne- he sobrevivido hasta aquí porque sabían que sólo poseía las copias. Si se conoce que el original se halla en nuestras manos, que Dios nos coja confesados.
– Pero no podemos hacer nada con ello -dijo Adrián-. Tenemos que contratar un experto para conocer el significado del pergamino. Por lo demás, la hoja vale una fortuna.
– Precisamente con ello están especulando algunos cómplices. Opinan que yo flaquearía ante la cantidad ofrecida. Luego, creo, mis días estarían contados. No, este pergamino es para mí un seguro de vida.
Excitados por el pergamino, no vieron al principio otros dos hallazgos: un billete de avión Tesalónica-Atenas-París de Olympic Airways, al que inicialmente no dieron importancia, y una carta sin fecha y sin sobre, escrita por mano suave en inglés. En el encabezamiento, el remitente: Aurelia Vossius, 4083 Bonita View Drive, San Francisco.
– Vossius estaba casado -observó Adrián.
– En efecto -replicó Anne y empezó a leer la carta. No era larga, exactamente veinte líneas escritas delicadamente; era una carta de despedida, los años pasados con él, Vossius, habían sido los mejores de su vida y ahora que su matrimonio estaba roto, no se arrepentía de nada. Aunque no comprendía en absoluto sus planes, le deseaba mucho éxito, y tal vez ambos caminos se cruzarían de nuevo.
Love-Aurelia.
– ¿Sabe acaso que Vossius está muerto? -preguntó Anne sin esperar respuesta-. Una carta muy tierna.
– Al profesor tampoco debió serle indiferente -opinó Kleiber-, de lo contrario no la habría guardado.
Anne asintió con la cabeza.
– Al margen de si el profesor estaba casado, a mí me parece que lo más interesante es la indicación de que no comprendía sus planes. La cuestión es si estos planes estaban relacionados con el enigmático pergamino.
– ¡Quién sabe! -replicó Adrián-. Ahí sólo cabe una posibilidad: pregúntaselo.
– ¿En California?
– ¿Por qué no? La mujer es probablemente la única que aún nos puede ayudar. En cualquier caso ella conoce mejor el trasfondo de su trabajo.
Las objeciones de Anne, según las cuales la mujer no querría dar información a unos europeos extraños sobre el marido divorciado, no fueron pasadas por alto. Por ello debían inventar una historia que tirase de la lengua a la ex esposa de Vossius, o bien -y esto era idea de Kleiber- contarle a la mujer toda la verdad. Querían entregar a la señora Vossius la carta de despedida, que sin duda era importante para la mujer, mientras que ellos apenas podían hacer nada con ella. De este modo conseguirían ganar su confianza.
Así de una hora para otra decidieron volar a San Diego. Esto suponía cierta ventaja para su seguridad. ¿Sabían acaso si estaban sometidos a observación, si les seguían los pasos, si registraban todos sus movimientos? En cualquier caso, después de todo lo ocurrido, no parecía descabellado.
Por esto Adrián elaboró un plan astuto para poner a buen seguro los documentos del equipaje de Vossius. A tal efecto Anne abandonó sola la casa para ir en taxi al Louvre, mientras que al mismo tiempo Kleiber, con los documentos del profesor, salía por la puerta del patio, atravesaba un cobertizo de bicicletas y llegaba al Quai de Valmy, desde donde, cruzando el canal Saint Martin, alcanzó su banco en la place du Colonel Fabien.
Kleiber mantenía un compartimiento en la caja fuerte del banco para guardar no tanto su fortuna como documentos importantes que de vez en cuando tenía que manejar a causa de su profesión. En este cofre guardó el pergamino y el resto de papeles de Vossius.
Adrián y Anne se encontraron para comer en el restaurante de la Bourse du Commerce y se alegraron del éxito de su jugada. Adrián había pedido licencia a la redacción, lo que no causó extrañeza ya que a menudo investigaba un tema durante semanas antes de regresar con el reportaje hecho. Habían reservado el vuelo a California para el día siguiente, salida a las 9.30 horas en Le Bourget.
8
California los recibió de modo inesperado, con tormentas y lluvias torrenciales, raras aquí y por ello más recias. Sobre todo la continuación del vuelo desde Los Ángeles a San Diego, a lo largo de la costa hacia el Sur, se convirtió en una batalla del piloto contra los elementos, de manera que Anne estuvo contentísima cuando el pequeño aparato, que venía del este volando peligrosamente cerca del mar de casas, se posó en el Airport Lindbergh Field.