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Kleiber conocía la ciudad de viajes anteriores y había reservado habitación en un hotel situado en North Harbor Drive, desde donde la vista sobre San Diego Bay alcanzaba hasta la isla Coronado. En el muelle estaba anclado el Star of India, un velero del siglo pasado renovado varias veces, que ahora servía de museo. A la habitación en el sexto piso -Adrián había alquilado deliberadamente dos habitaciones individuales juntas- se subía por un ascensor adosado a la fachada exterior del hotel.

Pasaron el primer día durmiendo, con breves interrupciones para una cena y un corto paseo hasta la estación de término del ferrocarril de Santa Fe. Cuando despertaron a la mañana siguiente, la Bay reflejaba colores turquesas al sol, como si no hubiera aquí nunca mal tiempo.

Alrededor del mediodía alquilaron un automóvil para ir a Bonita, al sur de la ciudad, donde, según les explicó el amable portero, un joven mexicano, encontrarían la casa que buscaban. Así que tomaron la Freeway número 5 en dirección a Tijuana, a los diez minutos de viaje abandonaron la autopista en la salida East Street, atravesaron un kilómetro largo de suburbio, con restaurantes rápidos, gasolineras, supermercados, y llegaron directamente a la Bonita Road, de la que tras dos kilómetros, en los que se extendía a la izquierda un cuidado campo de golf, se bifurcaba en un semáforo a la izquierda una calle que subía hasta la dirección buscada.

La casa de madera de planta baja, cubierta con tablillas de madera como la mayoría de casas de los alrededores, vista desde la calle estaba situada algo más abajo y ofrecía una vertiginosa vista sobre el valle. Los naranjos revelaban la preferencia de los moradores por el cultivo verde, sobre todo esterlicias y agaves de un metro de alto daban a la casa más bien sencilla un cierto aire exótico.

Aurelia Vossius no estaba en casa, pero la vecina, una asiática del este con el pelo negro, que se había afincado aquí con su marido durante la guerra de Corea -según relató con toda franqueza-, explicó que la señora Vossius trabajaba en el City Council de San Diego y solía regresar alrededor de las 17 horas, y preguntó si le podía dar algún recado.

Adrián y Anne rehusaron y dijeron que volverían al cabo de tres horas. Tiempo suficiente para una excursión a Coronado, que está unido a la tierra firme por un puente alto que cubre la Bay de San Diego como el arco de un laúd.

Al regresar a la Bonita View Drive, la señora Vossius ya estaba informada de su visita; la vecina le había dicho también que los extranjeros debían de ser alemanes.

Aurelia Vossius, una linda americana de Nebraska, que después de servir en la Marina se quedó colgada en San Diego, los recibió con cortesía americana, sin abandonar cierta desconfianza. Sólo cuando Anne sacó la carta de Aurelia a Marc Vossius -la reconoció a primera vista-, desapareció la inseguridad de sus ojos y rogó a los visitantes que entraran en la casa.

Habían quedado en no mencionar la sospecha de asesinato en el caso de Vossius, puesto que faltaban pruebas y la información se basaba en los dudosos indicios ofrecidos por el enfermero; pero, pensaron, no debían dejar ninguna duda sobre la muerte del profesor a su esposa divorciada. Finalmente estaba el motivo por el cual ellos, Anne y Adrián, tenían en su poder las pertenencias del finado, entre las que se hallaba esta carta.

La señora Vossius, en cuya imagen aparecía la tenacidad y el dominio característico de las personas bajitas, recibió la noticia estoicamente, aun cuando -y esto podía colegirse por su reacción ante la carta- todavía mantenía un fuerte lazo con Vossius. Tampoco sabía nada del atentado con ácido de su ex marido, aunque no pareció extrañarse sobremanera; en cualquier caso los visitantes tuvieron la impresión de que estaba acostumbrada en el pasado a sufrir por el comportamiento obstinado del profesor.

Para ganarse su confianza y para que Aurelia Vossius viera que el destino de Anne y del profesor estaban ligados de forma enigmática, Anne empezó a divagar describiendo sin apartarse de la verdad la muerte de su marido y los acontecimientos que siguieron y que la llevaron hasta aquí.

Un destino idéntico une, y la señora Vossius poco a poco se confió a los extranjeros, abandonó su reserva inicial y dijo, tras haber escuchado la historia de Anne:

– Espero no sobresaltarles si les digo que no me ha sorprendido todo esto.

Anne y Adrián se miraron. No se esperaban esta declaración.

– No -continuó Aurelia Vossius-, ni siquiera me sorprende la muerte de Marc. Era previsible. Creo, incluso, que lo han empujado a la muerte.

– ¿Quiénes?

– ¡Ellos! Los órficos, los jesuitas, la mafia de investigadores, qué sé yo cuántos iban tras él.

Anne y Adrián eran todo oídos:

– ¿Órficos, jesuitas, mafia de investigadores? ¿Qué significa todo esto?

La pequeña mujer hurgaba en una cajetilla de cigarrillos mentolados. Sus dedos revelaban ahora un gran nerviosismo.

– Ustedes dos son probablemente los únicos con los que puedo hablar abiertamente -dijo mientras encendía un cigarrillo-, cualquier otro me tomaría por loca.

9

– Si lo recuerdo bien -empezó Aurelia echando al aire a cortos intervalos una nube de humo-, el dilema comenzó hace diez años, cuando Marc llegó a California. Tenía un contrato de cátedra e investigación de la Universidad de San Diego para su asignatura de literatura comparada. Era considerado uno de los mejores del mundo en su campo; pero ya al iniciar su trabajo cometió un fallo grave, se encaró con los historiadores del arte, concretamente les dijo a ellos, los expertos, lo que aún no sabían ni podían saber, y esto tuvo una consecuencia: Marc desde el principio sólo tenía enemigos.

– ¿De qué se trataba?

– Dicho sencillamente: Marc suministró a los profesores de arte una teoría, según la cual Leonardo da Vinci no sólo era un artista genial, sino también un gran filósofo poseedor de unos conocimientos secretos que podían cambiar el mundo. Esto no les gustó a los investigadores del arte, que un crítico literario se atreviese a desafiar su grandeza, y aconsejaron a Vossius que mejor se quedara con Shakespeare y con Dante.

– Algo parecido nos contó Vossius en París -observó Anne-. El atentado con ácido no iba dirigido contra la pintura o lo que representaba, ni mucho menos contra Leonardo, sino que iba contra los investigadores del arte y su terca actitud. Esto nos explicó Vossius. ¿Pero usted nombró a los «órficos» y a los jesuitas?

Con un gesto condenatorio, la señora Vossius expresó su despecho. Finalmente aplastó su cigarrillo y murmuró algo así como:

– Gángsters, todos ellos son unos gángsters.

Anne y Adrián se hicieron señas con los ojos. No les pareció aconsejable insistir con más preguntas. Si Aurelia Vossius quería hablar, lo haría libremente.

– El profesor -dijo Anne más bien de pasada- estaba muy orgulloso de haber hallado en el cuadro un indicio de Barabbas.

La señora Vossius levantó la vista.

– ¿Así que lo halló? -su voz sonó amarga.

– Sí, en el cuadro apareció un collar, con cuyas piedras se podía juntar el nombre de Barabbas.

– Ah. -Aurelia parecía desconcertada-. Así pues, ya lo saben todo…

– Oh, no, al contrario -se apresuró a replicar Anne-, cuando fuimos al día siguiente a la clínica, después de que el profesor nos hubiera explicado su investigación, él ya estaba muerto.

– ¿Creen que fue casualidad? -preguntó fríamente Aurelia.

Anne se sobresaltó.

– ¿Qué quiere decir, señora Vossius?

– Bueno, no creo que Marc haya muerto de muerte natural.

– ¿Por qué no, señora Vossius?

Aurelia Vossius bajó los ojos y dijo con cierta turbación:

– Supongo que han leído mi carta a Marc. En ella vieron claro que no nos separamos a las malas. Sí, los años con Marc fueron los más bellos de mi vida. -Diciendo estas palabras arrugó la carta con las dos manos, después continuó-: Pero luego su afán investigador desplazó nuestro amor. Hay hombres que están casados con su profesión; esto es muy difícil de soportar para una mujer. Con Marc era distinto, él veía en su profesión una querida y esto conduce inexorablemente a la catástrofe. Sólo tenía una idea: su querida. Y cuando venían otros a disputarle la querida, se volvía majara.