Kleiber reflexionó sobre qué debió haber pasado por la cabeza de Anne, si al menos hubo sitio para él. ¿Acaso no lo había usado, aprovechado su ayuda, y ahora que sabía que no la podía ayudar más lo expulsaba como a un inmigrante molesto? ¿Tenía él otra alternativa que seguirla?
Con los pensamientos llorosos que acometen al hombre empapado de tequila y sin quitarse la ropa, Kleiber se quedó dormido en su cama del hotel.
Capítulo sexto
1
En la parte frontal de la larga sala, a través de cuyo alto ventanal a la izquierda caía la brillante luz matinal de un día de otoño romano, lucía, también visible desde los sitios de atrás, la inscripción en letras de oro: Omnia ad maiorem Dei gloriam. Todo para mayor gloria de Dios. Mesas estrechas estaban colocadas transversalmente, como peldaños de una escalera, ordenadas exactamente a la misma distancia una detrás de otra, y sólo a la derecha, donde se apilaban libros e infolios hasta el alto techo (cada hilera provista de una clave de letras, con abreviaturas como «Scient. theol.» o «Synop. hist.» o «Mon. secr.», que revelaban mucho saber y santidad), había un pasillo estrecho por el cual los jesuitas vestidos de negro y gris tenían acceso a sus lugares de trabajo.
La sala, situada en un edificio trasero de la Universidad Gregoriana en la piazza della Pilotta, una imponente construcción de los años treinta, más parecido a un arrogante ministerio que a un alma mater, era desconocida a la mayoría de estudiantes, e incluso los estudiantes del instituto bíblico, que se despistaban en el laberinto de pasillos y escaleras llegando hasta aquí por azar, veían cómo un vigilante les impedía la entrada ante la gran puerta de dos hojas. El que entrase en la sala -y por la apariencia del hábito no se trataba en absoluto de estudiantes- debía firmar en un libro que había allí y dirigirse en silencio a su labor.
Sobre las mesas estrechas y largas había planos plegables extendidos como en un despacho de arquitectos, aunque observándolo más detenidamente se distinguían los rollos de manuscritos, igual que un rompecabezas único y gigantesco, compuesto de cientos de campos pequeños aislados e irregulares así como numerosas partes sin cubrir por las cuales asomaba la madera lisa de las mesas como en un cuadro que ha saltado la pintura.
Algunas mesas estaban abandonadas, en otras se agrupaba media docena de jesuitas, de la treintena que había en la sala, y realizaban su trabajo con una sistemática indescifrable. (Naturalmente que era sistemático el trabajo de los jesuitas, un sistema esmerado, sagaz, ordenado casi matemáticamente; pero debía fijarse uno muy bien, sobre todo observarlo muy de cerca, para reconocer que los fragmentos de papel fijados sobre las mesas eran además en todas ellas las mismas copias de un original, en total treinta rompecabezas idénticos.)
De forma distinta, como los caracteres de las personas, se dedicaban los jesuitas a su labor: unos hundían su frente en las manos y miraban fijamente en profundo desespero como aquel pecador en el Juicio Final de Miguel Ángel; otros se habían armado de grandes lupas y bosquejaban sobre hojas blancas aquello que les transmitía la lente de aumento, extraños caracteres, a menudo incompletos; otros danzaban con rostro diabólico en torno a sus textos, como si se tratara de jugar al escondite con un adversario invisible.
Allí donde se juntaban los seis alrededor de una mesa, a diferencia de los otros sitios, reinaba una gran excitación, porque, lo que no sucedía todos los días, el doctor Stepan Losinski, un polaco macilento con un pequeño cráneo pelado al rape, ojos hundidos y nariz aguileña, pronunció una serie de palabras, en este caso una serie de frases, según las cuales él creía que los caracteres coptos pertenecían a uno de los fragmentos y produjo el estremecimiento de los que le rodeaban, como si se tratase de un asunto horripilante.
– «Él no era la Luz -leía Losinski señalando con el dedo el texto que tenía delante sobre la mesa- pero quería dar testimonio de la Luz. La verdadera Luz, que ilumina a todo hombre, vino al mundo. Él estaba en el mundo, y el mundo se hizo por él, pero el mundo no lo reconoció, y estuvo bien así…»
El profesor Manzoni, profeso, y uno de los cuatro asistentes del General de la orden y como tal encargado de la dirección del grupo de trabajo sometido al más estricto secreto, apartó a un lado a los circundantes, se inclinó sobre el papel de notas de Losinski, lo comparó con el modelo fijado sobre la mesa, moviendo, mientras leía, los labios en silencio, y dijo finalmente en su voz aguda, desagradable:
– Esto suena indiscutiblemente a Juan, capítulo primero, versículos ocho a once.
Manzoni asintió. Entre ambos reinaba una enemistad irreconciliable, si bien el polaco era un simple coadjutor, y el italiano, profeso y uno de los cinco altos dignatarios de la orden, de modo que por el rango y el status el otro no podía ser un rival de igual condición. Su rivalidad se basaba más bien en el campo científico. Como científico bíblico Losinski era un as, por lo menos en lo que se refiere al Nuevo Testamento, y como tal había corregido varias veces a Manzoni, señalándole incluso penosos fallos, indignos para un hombre de su rango y capaces de deteriorar el prestigio de la orden, que se consideraba orgullosa la tropa de élite de la ciencia cristiana.
Los demás sonrieron, estaban acostumbrados a las escaramuzas de ambos, que a menudo se acaloraban como gallos de pelea y en una mezcla de italiano y latín se lanzaban malévolas puyas como «caveto, Romane» (traducido: «¡apártate de mi vista, romano!»), a lo que el adversario respondía siempre con las palabras: «Nullos aliquando magistros habuis nisi quercus et fagos» («¡Anda ya, que no has tenido por maestros sino las encinas y las hayas!»).
Los curiosos modales que empleaban los tolerantes frailes no podían ocultar que se estaban ocupando por encargo de la más alta jerarquía de un asunto que los tenía tan confusos como en la construcción de la torre de Babel. Por el instituto bíblico de la Gregoriana había sido declarado secretum máximum, es decir, confidencial en primer grado, comparable sólo al misterio de los diez días, que el Papa Gregorio borró del calendario, cuando introdujo la división del tiempo que lleva su nombre. Manzoni se había rodeado de coptólogos, filólogos clásicos, exegetas de la Biblia y los mejores paleógrafos de la escuela de Traubes y Schiaparellis, conminados a guardar secreto bajo juramento de la orden y sin que uno solo supiera de qué se trataba realmente.
Para ser exactos, el trabajo de los treinta jesuitas se basaba en este momento sólo en puras teorías, pero toda la Iglesia se basa en hipótesis, y por esto la curia se toma en serio cada nueva teoría. En este caso habían aparecido fragmentos de un pergamino, un terrible memento para la Santa Madre Iglesia, como la misteriosa inscripción en la cena del rey de Babilonia Belsazar, que encontró un trágico fin. Ninguno de los intelectuales se atrevía a manifestar de qué podía tratarse, teniendo en cuenta que cada vez aparecían nuevas hojas y fragmentos de la misma fuente, sólo por los indicios bastante terroríficos.
Lo agravaba además el hecho de que los fragmentos, según habían demostrado las pruebas con el método del radiocarbono, debían datarse en el siglo primero de nuestra época, una época que siempre pone en vilo a la curia romana tan pronto como aparezca un legado escrito. Evidentemente no era la primera vez que se había tratado de forma inadecuada un hallazgo casual o una excavación clandestina y para obtener grandes beneficios se había dividido y vendido en diversos países, sin sospechar siquiera el contenido de los rollos de pergamino.