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A pesar de ello, Kessler no perdió de vista a su cofrade, anotaba hechos aparentemente inocuos, como la compra de un periódico en el kiosco o el camino hacia el buzón de correos y seguía a Losinski todos los pasos, en tanto podía hacerlo sin ser descubierto. Esto sucedía a los pocos días con la frescura que estimulaba a Kessler a actuar como un detective de novela barata cambiándose de vestido y así conocer cada vez mejor la vida que llevaba el enigmático hombre.

Al día siguiente de Todos los Santos Losinski abandonó de nuevo el convento y se dirigió en taxi a la via Cavour, donde hizo detener el coche ante la escalinata de piedra que a la derecha conduce arriba a la iglesia de San Pietro de Vincoli. Vestía como siempre un abrigo negro y su apariencia no revelaba de ningún modo la de un jesuita. Sin girarse -tan seguro se sentía ya Losinski- subió la escalera tomando los escalones de dos en dos; a Kessler le costaba seguirlo.

San Pietro de Vincoli es conocida por las cadenas del apóstol Pedro, que se guardan allí, pero también sobre todo por la escultura del Moisés de Miguel Ángel, una de las mayores tragedias de la historia del arte, y no habría sido extraña la visita de Losinski a este lugar. Tampoco parecía notable el hecho de que el cofrade fuese directamente a uno de los rudos confesonarios y se arrodillase frente a la celosía de madera, mientras se santiguaba; sin embargo, Kessler, que observaba la escena detrás de una columna muy próxima, notó que la confesión del jesuita más bien parecía una reprimenda al confesor. Losinski no buscaba revelar sus pecados, sino que cantaba las cuarenta al desgraciado de dentro, de modo que aquél se quedó mudo, eso al menos parecía.

El proceso terminó abruptamente. Por la rendija debajo de la celosía de madera, provista según el sentido de la Santa Madre Iglesia para suministrar por ella estampas piadosas a los confesos, apareció un grueso sobre que Losinski rápidamente escondió en el bolsillo de su abrigo. Él mismo devolvió por idéntica vía un sobre más pequeño, se santiguó rápidamente y se alejó.

El encuentro confirmó a Kessler en la opinión de que el cofrade polaco se llevaba un doble juego. Dejó ir a Losinski, pues en ese momento le interesaba más saber quién se hallaba dentro del rudo confesionario. Kessler estaba seguro de que no era ningún sacerdote que escuchaba la confesión de los pobres pecadores.

Pero, en efecto, salió del confesionario un hombre de edad mediana y aspecto monástico, aunque llevaba una indumentaria moderna y cuidada. A diferencia de Losinski, daba la impresión de estar intranquilo y miraba inquisidor a todas partes antes de abandonar la tenebrosa iglesia.

Kessler lo seguía a una distancia prudencial, y no se habría sorprendido si el hombre hubiese tomado el camino del Vaticano por el corso Vittorio Emanuele y allí hubiera desaparecido en una de las dependencias. Sin embargo, Kessler se equivocó. El desconocido se tomó un café en uno de los bares de la via Cavour y siguió el rumbo directo al hotel Excelsior, uno de los lugares más finos de la ciudad.

En el vestíbulo había tanto gentío, que Kessler no corría ningún riesgo si se aproximaba unos pasos al hombre. En su comportamiento había algo de mundología y el joven jesuita, que naturalmente no era reconocible como tal, se sintió algo desamparado en comparación con este desconocido de apariencia más bien joven.

El enigmático encuentro de Losinski con el desconocido en San Pietro de Vincoli había dejado a Kessler en un estado de completa perplejidad, y ni siquiera la meditación que todavía la misma tarde hizo en el reclinatorio de su celda (en la celda de Losinski, constató más tarde, faltaba este mobiliario) tuvo la virtud de ayudarle en sus conjeturas. Pero si bien hasta ahora había dudado por diferentes motivos de la maldad del polaco, ahora, después del intercambio en el confesionario, estaba seguro de que Losinski estaba envuelto en negocios poco claros y sucios.

Kessler no se atrevía a decidir si se trataba del proyecto secreto de la Gregoriana o de otro asunto; tampoco se atrevía a hablar de ello a Losinski, porque éste lo negaría todo y lo acogería con tanto resquemor, que Kessler nunca más podría averiguar el trasfondo. Pero quería averiguarlo.

Cuanto más reflexionaba sobre ello, tanto más crecía en Kessler el convencimiento de que entre todos los cofrades de la Societatis Jesu reinaba la desconfianza y la sola idea de que en su falta de prevención pudiera ser utilizado lo irritaba violentamente. Tan violentamente, que se propuso ir al fondo de la cuestión.

Capítulo séptimo

ENCUENTRO INESPERADO
Soledad

1

Desde aquella terrible aparición, Anne von Seydlitz evitaba su propia casa. Se había propuesto no pasar ni una noche más en esta casa hasta que se aclarase el asunto. Durante los dos días que estuvo en Munich y que empleó en cambiarse de ropa interior y ordenar asuntos comerciales, tomó una habitación en el hotel en el que también había vivido Kleiber.

Lamentaba lo ocurrido con Adrián, pero en cierto modo estaba contenta de que las cosas hubieran ido así, pues tenía la impresión de que Kleiber se interesaba más por ella que por sus problemas. Y si algo no necesitaba en esta situación, era la persecución de un hombre. Ciertamente que, si viniera, le tendería la mano, y en esto le acudieron a la boca las palabras de su madre adoptiva que con voz severa le enseñó que no se debía nunca rechazar una mano así, ni siquiera la de un enemigo, pero por ahora podía estar segura de que este encuentro no se produciría. Por el momento se acumulaban en la cabeza de Anne tantos pensamientos, que sencillamente no había sitio para un hombre.

Es el orgullo lo que empuja a una mujer engañada hacia una increíble actividad. Increíble habría sido antes para Anne von Seydlitz, apoyada sólo en sí misma, seguir una pista que la llevaba a medio mundo, unida a riesgos y peligros, sólo por aclarar un asunto que, si alguna vez llegara a aclararse, no le proporcionaría la más mínima ventaja. Pero entre ella y lo desconocido, lo enigmático y misterioso, parecía haberse establecido una relación mágica; en cualquier caso Anne se sentía incapaz de renunciar.

¿Era la magia de la maldad, tantas veces descrita, lo que la mantenía presa, lo que se apoderaba de todos sus pensamientos y no la soltaba? ¿Por qué lo hacía?

Ideas como ésta sólo ocupaban en su vida un espacio marginal. En la presente situación estaba bien así, pues de lo contrario Anne von Seydlitz se habría dado cuenta de lo mucho que había cambiado. Nunca en su vida estuvo obsesionada por una idea y miraba más con desagrado que con admiración a las personas que perseguían un objetivo menospreciándose a sí mismas. Ahora, fascinada por una idea, ya no se reconocía, lo postergaba todo, el amor, la vida, el negocio, pero no se daba cuenta. Hay cosas de las que uno no puede huir.

Las pesquisas en California reforzaron en Anne la convicción de que su marido Guido debía de estar metido en un complot de ámbito mundial, con o sin su conocimiento, esto no deseaba decirlo de momento. El descubrimiento de un nuevo texto bíblico no podía ser el único motivo que convirtiera a científicos en cazadores y a otros en cazados.

La señora Vossius, la esposa del profesor, jugaba un papel dudoso en sus reflexiones. Anne dudaba de su sinceridad, sí, incluso con unos días de distancia surgía la pregunta de si Aurelia Vossius no practicaba juego sucio. La pista más importante era sin duda la alusión de Brandon a la orden órfica, en algún lugar del norte de Grecia. Anne no tenía idea de lo que podía esperarla allí, de si en suma conseguiría acceder a tan misteriosa orden, pero la decisión estaba tomada.