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La habitación trasera, a la que invitó a pasar a la extranjera, no estaba provista con menos escasez: en el centro una mesa cuadrada de madera lisa con cuatro sillas, un armario alto sin puertas con vasijas de colores, al lado un lavamanos blanco, en frente un anaquel sostenido en la pared con anchas escuadras. Vanna trajo raki y dijo bitte, la única palabra alemana que conocía.

Poco después apareció Georgios. Anne intentó explicar al hombre por qué había venido a Katerini. Contó el misterioso accidente de Guido y las pesquisas seguidas hasta ahora, que la habían llevado hasta aquí, y cosechó la sincera compasión de Georgios. Éste escuchó su narración, luego bebió de un trago un vaso de raki aguado, cerró la puerta de la tienda, regresó y se sentó de nuevo a la mesa cuadrada. Con los dedos golpeaba la tabla de la mesa; lo hacía siempre que se esforzaba en reflexionar.

La luz pálida de una bombilla desnuda colgada del techo encalado invadía la habitación. Los ojos de Anne iban cambiando del rostro a las manos nerviosas y de nuevo al rostro de su interlocutor. Georgios miraba fijamente frente a sí, callaba, y cuanto más largo era su silencio, menores eran las esperanzas de Anne de que la ayudaría.

– Una historia increíble -dijo finalmente-, increíble de verdad.

– ¿Acaso no me cree?

– Claro, claro -exclamó Georgios tranquilizándola-. Me parece que esta gente es realmente peligrosa. Nosotros apenas sabemos algo de ellos. Lo que se cuenta en el pueblo son sólo rumores. Uno se lo dice a otro al oído. Alexia, la mujer del herrero, pretende haber visto que queman a personas en hogueras y danzan alrededor. Y Sostis, el dueño de la cantera en la pendiente oriental, dice que son locos que se matan unos a otros. Que se trata de personas nueve veces más inteligentes, lo oigo por primera vez. ¿Cómo dijo que se llamaban?

– Órficos, discípulos de Orfeo.

– Demencial. Realmente demencial.

– Creo -explicó Anne al griego- que divulgaron a sabiendas estos rumores por el mundo para desviar la atención de lo que están haciendo.

– Oficialmente -informó Georgios-, Leibethra es un centro de atención para retrasados mentales; pero lo que realmente sucede detrás del muro que impide el acceso al valle no lo sabe nadie. Se abastecen a sí mismos como los monjes del monte Athos, tienen sus propios vehículos con los que efectúan sus copiosas compras en Salónica y el jefe de correos dice que incluso tramitan su correspondencia directamente con la central de correos en Salónica.

– Y disponen de una fortuna inimaginable -añadió Anne.

Georgios meneó la cabeza, incrédulo.

– ¿Y cómo puedo yo ayudarla? -preguntó finalmente el griego.

– ¡Quisiera que usted me llevase a Leibethra! -dijo Anne von Seydlitz con voz decidida.

– Está usted loca -dijo excitado-. Yo no hago eso.

– ¡Le pagaré bien! -replicó Anne-. Digamos… doscientos dólares.

– ¿Doscientos dólares? ¡Usted está realmente loca!

– Cien ahora y cien cuando lleguemos al lugar.

La fría tenacidad con que negociaba Anne von Seydlitz sacó de quicio a Georgios. Se levantó de un salto e iba de un lado a otro en la pobre habitación. Anne lo observaba atentamente. Doscientos dólares era mucho dinero para un panadero de Katerini. ¡Madre santísima, doscientos dólares!

Anne sacó un billete de cien dólares del bolso y lo extendió en el centro de la mesa. De pronto Georgios, sin decir palabra, desapareció por la puerta trasera. Anne escuchaba sus pasos, que subían por la gimiente escalera de madera al piso de arriba. Se maravillaba de su propio valor, pero ahora estaba dispuesta a todo. Si había una oportunidad de echar luz a todo este tenebroso asunto, debía ir a Leibethra.

No sabía exactamente lo que le esperaría allí. Pero como una atracción misteriosa, que reúne al asesino y a su víctima, así sentía Anne la imperiosa necesidad de echar un reconocimiento al monasterio colgado en los peñascos del Olimpo, como si estuvieran allí escondidos todos los secretos. Con la cabeza hundida en sus manos y la mirada fija en el billete de cien dólares, esperaba Anne el regreso de Georgios.

Éste vino con un viejo mapa desplegado. No dijo nada, tomó el billete y en su lugar colocó el mapa plegable.

– Ahí -murmuró y señaló con el dedo medio de su derecha un punto concreto del mapa-: Leibethra.

El lugar estaba marcado con un símbolo, un círculo con una cruz dentro. Indicaba un monasterio. Faltaba la denominación del lugar. En silencio siguió con el dedo la carretera de Katerini a Elasson, indicó una línea delgada y enredada, que probablemente señalaba un camino de herradura poco firme que se perdía en algún lugar de las pendientes del Olimpo, e indicó con un par de movimientos nerviosos que el camino seguía por allí en algún sitio.

– En cualquier caso -murmuró entre dientes de mala gana-, se debe intentar a primeras horas de la tarde. De día lo ven venir a uno de lejos.

– ¡De acuerdo! -replicó Anne como si fuera la cosa más natural del mundo, y valerosamente añadió-: ¿Cuándo?

Spiliados se levantó ceremonioso, apagó la luz y miró al cielo por la ventana.

– Es buena época -dijo-, tenemos media luna. Si usted quiere… mañana.

Después que Georgios hubo encendido de nuevo la luz, se sentó a la mesa junto a Anne. Inclinados sobre el mapa, trazaron un plan para el día siguiente. El griego tenía una moto, una Horex, que no llamaría la atención en la carretera a Elasson. Spiliados la esperaría a las cuatro con la moto detrás de la herrería. No quería armar escándalo, y Anne se adhirió rápidamente al plan. No debían ofrecer a la gente de Katerini motivos para el chismorreo.

4

El primer día debía servir para inspeccionar el terreno. Anne trataba de saber en primer lugar si había alguna posibilidad de penetrar sin ser vista en el complejo monacal de los órficos. Naturalmente sabía que era peligroso y Georgios calificó su propósito de suicidio puro y simple. Pero existía una reflexión que sostenía su seguridad en sí misma: algún motivo debía de haber por el que los órficos hasta ahora le habían perdonado la vida.

La noche era fresca, pero no fría, cuando Anne regresó al hotel. Desde que dejó pagada su cuenta del hotel con una semana de antelación, Vassileos se mostraba inesperadamente amable con ella, lo que en una persona tan malhumorada como él se reducía a las palabras: «kali mera, qué tal» o «kali spera, señora Seydlitz»; pero puesto que Vassileos trataba a la mayoría de gente sin dirigirle la palabra, Anne no debía temer que divulgase su propósito.

Su habitación daba a la calle y esa noche sus pensamientos rondaban en torno a la aventura que le esperaba. Pasada la medianoche, ladraron los perros; uno respondía al ladrido del otro y sus aullidos resonaban por las callejas vacías adoquinadas. De un kaphinion de la esquina, que como la mayoría de casas de Katerini se parecía más a un garaje que a una vivienda, gruñía una interminable música de bouzouki y el extractor del restaurante de Vassileos, que ocupaba la planta baja del hotel Alyone, soplaba al aire libre olores penetrantes de comida zumbando con fragor. Trasnochadores charlaban a gritos de un lado a otro de la calle y no se aproximaban ni transcurrida media hora larga de abierta conversación, lo que les habría ofrecido la oportunidad de bajar el volumen de sus voces. Por cuarta o quinta vez se acercaba con entereza a lo largo de la calle una mujer con tacones altos, que resonaban fuertemente, y a los pocos minutos con la misma entereza volvía de nuevo. Por lo demás la noche sólo era interrumpida por retumbantes automóviles, cuyos conductores usaban el asfalto vacío y liso de la plaza del mercado como pista de carreras para sus coches.