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Ella había creído que la ausencia de Kleiber la llenaría de miedo e inseguridad, pero llegó a la conclusión de que había sucedido exactamente lo contrario. Así que Anne desechó el primitivo plan de informar de su propósito al puesto de policía de Katerini, sólo Georgios debía presentar la denuncia en el caso de que no diera señales de vida al cabo de una semana. Ni ella misma sabía explicar de dónde sacaba su coraje.

Por la mañana, aún estaba oscuro, Anne debía de haberse dormido, pues soñó que un terremoto había sacudido el Olimpo y por las escarpadas pendientes fluía lava roja ardiente en innumerables ríos hacia el valle, y hombres y mujeres en brillantes botes metálicos conducían sus ruidosas canoas con largas varas y chocaban entre sí cuando una impedía el paso a otra. Los que conducían los botes cubrían su rostro con máscaras multicolores; iban envueltos en capas amplias y ondulantes, y llevaban guantes blancos, pero por sus movimientos se echaba de ver que eran hombres y mujeres. Muchos botes, que bajaban disparados hacia el valle, se estrellaban contra los peñascos que separaban los ríos de lava y desaparecían chirriando en la borboteante incandescencia.

Al pie de la montaña se unían las distintas corrientes en un río que crecía a lo ancho y arrasaba pueblos y ciudades. Gentes que veían venir la desgracia se quedaban como pasmadas y eran incapaces de huir, también Anne. Pero cuando el río rojo la alcanzó y echando humo y burbujas le quemaba los dedos de los pies, entonces Anne despertó con temblor en sus miembros y arrojó de su cuerpo la pesadilla como cenizas al viento.

A la hora acordada se encontró con Georgios detrás de la herrería en la carretera que conduce a Elasson. Anne se había agenciado pantalones largos y anchos como los que llevaban las mujeres del lugar y el griego la observaba sorprendido porque parecía como las demás mujeres y porque jamás la hubiese creído capaz de ello. Como si quisiera disculparse por su extraña indumentaria, Anne se encogió de hombros. Se rió. Nunca en la vida había montado en una motocicleta, lo que el griego nuevamente se negaba a comprender porque, según dio a entender, todo conductor de automóviles tiene que haberse sentado antes en una moto.

5

La carretera conducía hacia el oeste y se volvía tanto más solitaria, cuanto más se alejaban de Katerini. Sólo de vez en cuando se toparon con un camión, luego vino todavía un cruce con una señal indicadora en blanco y negro, y finalmente la carretera serpenteó por terreno despoblado y árido. Anne tenía los ojos llorosos, no estaba acostumbrada a la brisa de la moto.

Después de media hora de camino redujo Georgios la marcha y buscó con los ojos el arcén izquierdo. Dos cipreses marcaban una bifurcación sin acondicionar. No había señal indicadora y el camino consistía únicamente en dos carriles rellenos de grava. Georgios se detuvo.

– Éste es el camino de Leibethra -dijo y, como si le costase un gran esfuerzo, giró finalmente hacia el sendero.

No era fácil manejar la pesada máquina por el estrecho carril; Georgios ejecutaba verdaderos prodigios de equilibrio.

– ¡Agárrese! -gritaba siempre que cambiaba de carril porque veía que estaba mejor en el otro lado.

Frente a una loma cubierta de cipreses el camino subía empinado. En este lugar la grava del carril estaba tan suelta, que la rueda trasera patinaba y numerosas piedrecitas salían disparadas hacia atrás. Georgios rogó a Anne que subiera la montaña a pie; él mismo conducía la moto por la empinada cuesta hacia arriba ayudándose de ambas piernas.

Oscurecía cuando llegaron al vértice de la cima, marcado por un ancho saliente de peñasco, invisible desde abajo. Georgios apagó el motor y apoyó la moto a un lado. Pestañeaba mirando el paisaje y con el brazo tendido hizo un movimiento hacia el oeste. El camino serpenteaba hacia abajo y al cabo de un kilómetro más o menos -hasta donde se podía ver- subía de nuevo cuesta arriba para desaparecer detrás de un pinar.

– Allí -dijo él- está el acceso al desfiladero que conduce a Leibethra.

Anne respiró hondo. Se había imaginado más fácil el camino. El silencio que la rodeaba era opresivo, el paisaje hostil. A ello se añadía el frío húmedo que penetraba a través de las prendas de vestir.

– Iremos montados hasta la próxima cuesta -dijo Georgios-, el último trecho tendremos que andarlo a pie. Podrían oír el ruido de la motocicleta.

Anne asintió. Le resultaba difícil imaginarse que allá arriba detrás de los negros árboles se iba a encontrar una colonia humana.

Cuando llegaron al lugar indicado, Georgios empujó la moto en el matorral contiguo. A lo lejos se oía un murmullo como de una cascada. Venía de la dirección a donde conducía el camino. Éste subía ahora empinado, lo que no se veía desde abajo porque atravesaba un espeso bosque de coníferas. Anne jadeaba.

– ¡Está usted loca! -observó el griego una vez más sin mirar a Anne.

Ésta no respondió. El griego tenía razón; pero todo lo que había vivido en los últimos meses era una locura. Y este maldito camino tenebroso, empinado y pedregoso era lo único que le acercaba a una solución. Era difícil de comprender para un extraño.

Cuanto más subían en la oscuridad gris, tanto más fuerte se escuchaba el murmullo. Caminando daba la impresión de numerosas voces que susurraban. Del valle subía una ligera brisa que soplaba suavemente a través de las ramas de los pinos. El suelo pantanoso de ambos márgenes del camino despedía cierto tufo.

Luego, de repente, el camino salió del bosque y se abrió la vista a una hondonada, cuyo borde opuesto mostraba un tajo en forma de cuña flanqueado por dos peñascos.

– Esto debe de ser -murmuró Georgios- la entrada del barranco.

Estaba a menos de trescientos metros de distancia y al aproximarse Anne divisó frente al peñasco de la derecha una pequeña choza de madera con una ventana cuadrangular en dirección al valle.

– ¡Oh Dios! -suspiró Anne y agarró el brazo del griego.

– Probablemente es una caseta de vigilancia frente a la entrada del barranco -supuso Spiliados.

– ¿Y qué hacemos ahora? -Anne miraba desconcertada en esa dirección.

El griego no supo dar respuesta y siguió caminando sin decir palabra. Quería cumplir el encargo. Al fin y al cabo no estaba mal pagado.

– Frente a un vigilante armado no tenemos ninguna escapatoria -murmuró enojado.

La garita estaba a oscuras. A un tiro de piedra, Anne y Spiliados buscaron abrigo detrás de unos matorrales, unos pasos fuera del camino. Luego el griego cogió una piedra y la lanzó en dirección a la casa de madera. El proyectil chocó ruidosamente contra la pared de la casa y rodó por el camino. Silencio.

– Parece que los señores levantaron el vuelo -susurró Georgios.

Anne asintió. Con cuidado se acercaron a la cabaña. Daba la impresión de que nadie se había detenido aquí desde hacía mucho tiempo. Anne sacó su linterna y enfocó a través de la ventana: una caja, una mesa sencilla de madera y dos sillas constituían todo el mobiliario. En la pared había colgado un viejo teléfono de campaña, el primer indicio de que en alguna parte de este solitario lugar habitaba gente. La puerta estaba cerrada.

– La gente de Leibethra tiene que sentirse condenadamente segura -observó Anne-, ya que no cubren sus puestos de vigilancia.

– Quién sabe -replicó Spiliados-, tal vez nos vienen observando y andamos a tientas directamente hacia una trampa.

– ¡Usted tiene miedo, Spiliados! -siseó Anne von Seydlitz airada-. Bien, ha cumplido su parte. Se lo agradezco. -Anne alargó la mano al griego-. ¡Aquí tiene sus cien dólares!

Parecía realmente como si Georgios tuviese miedo, pero la observación desfavorable de la kiria tuvo como consecuencia que él replicase obstinado: