– ¿Quién sois vos, forastera?
– ¿Usted entiende mi lengua? -replicó Anne, asombrada.
– Entiendo todas las lenguas -respondió indignado el calvo, como si fuera lo más natural-. No habéis contestado a mi pregunta.
– Me llamo Selma Döblin -mintió Anne. Porque no se le ocurrió otra cosa, empleó el nombre de soltera de su madre.
El calvo asintió:
– No puedo revelaros mi nombre. No me está permitido. Os asustaría. Yo soy la discordia personificada. Llamadme Discordia.
– Curioso nombre para un monje piadoso -replicó Anne.
– Entonces llamadme Soberbia si os gusta más -contestó el hombre-, o Híbrido, pero por el diablo no me llaméis piadoso.
Anne se estremeció porque los ojos antes bondadosos del calvo de un momento a otro habían adquirido una mirada punzante que daba miedo. Discordia o Soberbia o Híbrido o como quisiera llamarse el hombre sostenía la mirada fija, casi hipnótica dirigida a Anne, que vio en él la faz de una persona en la que se mezclaban milagrosamente la estupidez de un demente y la sagacidad de un filósofo, y comprendió en seguida que el hombre calvo que estaba frente a ella pertenecía a aquel círculo protector humano con que se rodeaban los órficos para protegerse de intrusos no deseados. Pero también percibió que este hombre podría serle útil si se daba buena maña.
– Habéis violado la ley -dijo el calvo con voz helada-. Ningún habitante de Leibethra abandona su casa de noche sin ser castigado. Esto debéis saberlo, aunque seáis nueva. Informaré del incidente. -Diciendo esto señaló con el índice hacia el cielo, donde se erigía la ciudad alta en la oscuridad-. ¡Y ahora venid!
El desmirriado monje agarró con fuerza el brazo de Anne y la arrastró junto a él como a una ladrona camino del interrogatorio. Hubiera podido huir, pero en tal caso surgía la pregunta ¿a dónde? Así que se dejó llevar y recorrió con el hermano Discordia toda la calle principal hasta un cruce. La casa de la esquina a la derecha tenía dos pisos igual que las demás, pero era más amplia y tenía muchas ventanitas. Un pasillo desnudo conducía a una escalera con peldaños de piedra y con una barandilla angulosa de hierro. Parecía una jaula gigantesca, porque entre cada piso se había colocado rejilla. Igual que las calles la escalera estaba vivamente iluminada.
Anne intentó no pensar en lo que podía ocurrirle. Lo has querido así, se decía. Sin soltarla, el calvo la condujo, a través de una puerta, a una gran sala en el primer piso. Aquí reinaba una luz crepuscular y Anne reconoció unas veinte literas en las que dormía gente. El dormitorio parecía estar limpio, pero la idea de que uno de los durmientes pudiera de pronto abalanzársele tenía algo de amenaza.
Discordia le indicó una litera vacía cerca de la ventana y desapareció sin decir palabra. Antes del amanecer, esto lo tenía muy claro, tenía que huir de aquí. Discordia iba a delatarla y quién sabe lo que harían con ella.
7
Mientras estaba sentada allí reflexionando, con la cabeza apoyada en las manos, tuvo la sensación de que alguien se le acercaba por detrás, creyó incluso sentir una mano en su pelo. Con un impulso se giró, dispuesta a abalanzarse sobre el atacante, entonces vio la cara asustada de una muchacha, casi una niña, de facciones suaves, delicadas. La muchacha se protegió el rostro con las manos como si temiera ser golpeada. Anne se contuvo. Cuando la muchacha notó que la extranjera no quería pegarle, se acercó, puso su mano en el pelo de Anne y lo acarició como algo muy valioso. Anne comprendió: el pelo de la muchacha estaba cortado al rape. Todas las cabezas en esta habitación estaban rapadas.
– No tengas miedo -susurró Anne, pero la tímida muchacha se asustó y fue a esconderse bajo la manta de su cama.
– No os entiende -llegó una voz del rincón trasero-, es sordomuda, además sufre infantilismo, si sabéis lo que es. -La mujer era vieja, fuertes arrugas cruzaban su rostro y sus párpados caídos transmitían la impresión de una tristeza infinita. Aun así parecía bastante inteligente. Esto no lo podía disimular ni siquiera el pelo rapado, que degradaba a todos a la condición de internos del establecimiento.
Anne examinó a la anciana. Ésta colocó la mano sobre el pecho y dijo casi con orgullo:
– ¡Esquizofrenia hebefrénica, ya entendéis! -Y al cabo de un rato, mientras gozaba del estupor de Anne-: ¿Y vos?
Anne no sabía qué responder. Ostensiblemente la vieja se interesaba por el motivo de su internamiento.
– Podéis hablar abiertamente conmigo -opinó finalmente-, soy médico. -La anciana hablaba bastante alto y Anne temía que los otros del dormitorio despertasen. Como Anne no respondía, la vieja se levantó de su cama. Llevaba una camisa larga de dormir, bajo la que asomaban unos pies blancos anormalmente grandes, y se le acercó.
– Ningún temor -dijo en tono más bajo-. Soy la única normal aquí. Doctora Sargent. Permitidme adivinar por qué estáis aquí. -Diciendo esto se colocó frente a Anne, le apretó con los pulgares los huesos de las mejillas y le levantó el párpado derecho-. Yo diría catatonía perniciosa, si sabéis lo que es.
– No -replicó Anne.
– Bien, la catatonía, es decir extravío a causa de la tensión, se manifiesta a través de trastornos de la función motriz, estados de ansiedad y excitación psíquica. En determinados casos va unida a una subida general de la temperatura del cuerpo. Entonces hablamos de catatonía perniciosa. No deja de ser peligrosa, mi niña.
Los conocimientos y la claridad con que hablaba la anciana, dejaron atónita a Anne. ¿Qué debía pensar de esta enigmática doctora Sargent? Debía reconocer que su pulso iba a toda velocidad, la inesperada situación la inquietaba profundamente y era posible que sus movimientos pareciesen incontrolados; ¿cómo diablos pudo reconocerlo tan rápido la vieja?
– ¿Qué os ha dicho? -preguntó la doctora Sargent de repente.
– ¿Quién?
– ¡Johannes!
– No quiso decir su nombre. A propósito, me llamo Selma, Selma Döblin.
La anciana asintió:
– Llamadme simplemente doctora. Todos aquí me llaman doctora.
– Pues bien, doctora. ¿Por qué usa usted este extraño tratamiento, por qué dice «vos»?
La doctora Sargent levantó las manos:
– Órdenes de arriba. Todo lo que ocurre aquí viene ordenado de arriba. Os aconsejaría no contrariarlos. Aplican duros castigos… ¿Os ha convertido Johannes a la fe cristiana?
– Recitaba algo en latín.
– Pobre muchacho. No lleva mucho tiempo aquí. Es un ex sacerdote que perdió la razón y ahora se cree el evangelista Juan; canta día y noche fragmentos de los evangelios y pretende convertirlos a todos. Un caso típico de paranoia. Sería interesante saber por qué se desató. Existen momentos en que blasfema como un picapedrero. Por lo demás es inofensivo.
– Dijo que nadie podía salir de noche a la calle, que era contrario a la ley.
– Es cierto -respondió la doctora Sargent-, todos lo cumplen menos Johannes. Goza de cierto privilegio. Por qué, nadie lo sabe.
Anne tenía en la punta de la lengua la pregunta: ¿por qué está usted aquí, pues?, ¿acaso no da usted la impresión de ser normal? Sí, se agolpaban todavía muchas preguntas: ¿por qué no se hace usted una idea de dónde pueda venir yo a altas horas de la noche?, ¿por qué conversa conmigo como si llevara tiempo esperándome?, ¿por qué no se interesa con más detenimiento por mi estado mental? Pero todo esto no lo preguntó Anne von Seydlitz. No se atrevió.
– Os harán un diagnóstico -empezó la doctora Sargent de nuevo-, y es recomendable cumplir el cuadro clínico de este diagnóstico. -A Anne le parecía como si la mujer hubiese adivinado sus pensamientos- Dadles el gusto -siseó fuertemente- y no lo pasaréis mal aquí. De lo contrario…