No le gustaba ese nuevo cuerpo que se le había otorgado milagrosamente —receptora en contra de su voluntad— la noche de la terrible tormenta, pero acabó comprendiendo que su fortaleza y su salud eran esenciales para llevarla dondequiera que los muertos querían conducirla. El viejo cuerpo no habría llegado tan lejos; estaba cerca de la muerte, al igual que lo estaba el espíritu que residía en él. Tal vez ésa fuera la razón de que ella pudiese ver a los muertos mientras que otros no los veían. Se encontraba más cerca de los muertos que de los vivos.
El pálido río de espíritus discurría sobre las dunas azotadas por el viento, en dirección norte. La alta hierba de un verde pardusco que crecía en las dunas se mecía con el viento levantado a su paso. Goldmoon se recogió la larga falda de su túnica blanca, la túnica que la señalaba como una mística de la Ciudadela de la Luz, y se dispuso a seguirlos.
—¡Espera! —gritó Acertijo, que había estado contemplando, boquiabierto, los destrozos sufridos por el Indestructible—. ¿Qué haces? ¿Adónde vas?
La mujer no respondió y siguió adelante. Caminar resultaba difícil, ya que se hundía en la blanda arena a cada paso, además de que la túnica le obstaculizaba los movimientos.
—No puedes abandonarme —protestó Acertijo. Agitó una mano llena de grasa—. He perdido un montón de tiempo transportándote a través del mar, y ahora has roto mi nave. ¿Cómo voy a volver a mi Misión en la Vida, hacer el mapa del laberinto de setos?
Goldmoon se paró y se volvió para mirar al gnomo; no era una imagen agradable, con el áspero cabello y la barba desaliñada, la cara roja de justa indignación y llena de churretes de aceite y sangre.
—Gracias por traerme —dijo, alzando la voz para hacerse oír sobre el fresco viento y el romper de las olas—. Lamento tu pérdida, pero no puedo hacer nada para ayudarte. —Movió la cabeza y miró hacia el norte—. He de continuar un viaje y no puedo entretenerme aquí ni en ningún sitio. —Volvió la vista hacia el gnomo de nuevo y añadió amablemente:— No es mi intención dejarte abandonado a tu suerte. Puedes acompañarme, si quieres.
Acertijo miró a la mujer y después al Indestructible, que ciertamente no había hecho honor a su nombre. Hasta él, un simple pasajero, podía ver que las reparaciones serían largas y costosas, por no mencionar el hecho de que, puesto que nunca había entendido cómo funcionaba ese cacharro, conseguir que volviera a funcionar plantearía ciertos problemas.
«Además —se dijo, más animado—, sin duda el propietario lo tiene asegurado y será compensado por la pérdida.»
Eso era enfocar el asunto bajo un punto de vista optimista. Optimista y absolutamente poco realista, ya que era de sobra conocido el hecho de que el gremio de AseguradoresAsociadosdeFinanciación y AnulacióndeColisiónDesmembraciónAccidentalFuegoInundación NoImputablesaActosDivinos nunca había pagado una sola pieza de cobre, si bien había, a raíz de la Guerra de Caos, innumerables demandas pendientes con la argumentación de que los ActosDivinos ya no contaban puesto que no había dioses. Debido al hecho de que las demandas tenían que pasar a través del sistema legal gnomo, no se esperaba que ninguna llegase a una sentencia durante la vida de los litigantes, si bien se pasaría a las generaciones venideras, todas las cuales acabarían arruinadas por las costas legales acumuladas.
Acertijo apenas tenía pertenencias que salvar del siniestro. Había salido corriendo de la Ciudadela tan deprisa que se había dejado su más importante posesión: el mapa del laberinto de setos. Al gnomo no le cabía duda de que el mapa sería encontrado y, considerando que se trataba de la «Maravilla de Maravillas», naturalmente se guardaría a buen recaudo en el lugar más seguro de la Ciudadela de la Luz.
Lo único que salvó de los restos fue una navaja que había pertenecido al último capitán. Era una pieza excepcional, ya que tenia toda clase de herramientas incorporadas y con ella podía hacerse casi todo: abrir una botella de vino, indicar dónde estaba el norte, cascar las conchas de las ostras más recalcitrantes. La única desventaja era que no podía cortarse nada con ella, ya que no tenía cuchilla pues el inventor se había quedado sin espacio, pero era un pequeño inconveniente comparado con el hecho de que podía utilizarse para recortar los pelillos de la nariz.
Acertijo se guardó la fantástica navaja en un bolsillo de su túnica pringada de tinta y aceite y avanzó a trompicones, resbalando y tropezando a lo largo de la playa. Se detuvo una vez para volverse a mirar al Indestructible. El sumergible tenía el triste aspecto de una ballena varada, y la arena levantada por el viento empezaba ya a cubrirlo.
El gnomo echó a andar en pos de Goldmoon, que seguía al rio de los muertos.
8
Cuadrando las cuentas
Cinco días después del ataque de Beryl a la Ciudadela de la Luz, cinco días después de la caída del escudo de Silvanesti y cinco días después de que las primeras tropas del ejército de Beryl cruzaran la frontera del reino de Qualinesti, lord Targonne se hallaba sentado a su escritorio examinando la avalancha de informes que habían llegado desde distintos puntos del continente de Ansalon. Targonne había encontrado grato el informe de Malys, al principio. La enorme Roja, Malystryx, el dragón a quien todo el mundo consideraba la verdadera dirigente de Ansalon, se había tomado la noticia de la agresión de su pariente Beryl mucho mejor de lo que Targonne se había atrevido a esperar. Malys había criticado y despotricado, ni que decir tiene, pero al final manifestaba que cualquier movimiento de Beryl para anexionarse tierras más allá de Qualinesti lo interpretaría como una gravísima afrenta y que actuaría inmediatamente en consecuencia.
Cuanto más pensaba en ello Targonne, sin embargo, más dudas le surgían. Malystryx se había mostrado demasiado acomodaticia, había recibido la noticia con demasiada tranquilidad. Targonne tenía la sensación de que la gigantesca Roja tramaba algo y que, fuera lo que fuese, resultaría catastrófico. Por el momento, no obstante, no había abandonado su guarida, satisfecha aparentemente de que él se encargara de la situación. Y eso era exactamente lo que pensaba hacer.
Según los informes, Beryl había demolido la Ciudadela de la Luz, destrozando las cúpulas de cristal en un ataque de rabia porque, según sus espías, que habían estado allí y habían presenciado la destrucción en primera línea, no había podido localizar el artefacto mágico que era la razón de su insensato ataque. Las bajas humanas en la isla podrían haber alcanzado cifras incalculables de no ser por el hecho de que antes de arrasar los edificios Beryl había enviado escuadrones de draconianos a buscar el artefacto y al hechicero que lo tenía.
El retraso dio tiempo a los habitantes para huir y ponerse a salvo en el interior de la isla. Los espías de Targonne, que se habían infiltrado en la Ciudadela con la esperanza de descubrir por qué sus conjuros sanadores no funcionaban bien, se encontraban entre los que habían huido y, en consecuencia, pudieron mandar sus informes. Beryl se había marchado al poco de iniciarse la batalla, dejando a sus Rojos para que terminaran la destrucción por ella. Los draconianos habían perseguido a los refugiados, pero los habían rechazado las fuerzas de los Caballeros de Solamnia y algunos feroces guerreros de una tribu que habitaba en el interior de la isla. Los draconianos habían sufrido muchas bajas.
Targonne, a quien no le gustaban los draconianos, no consideró eso una gran pérdida.
—Siguiente informe —ordenó a su ayudante.
Éste sacó una hoja de papel.
—Es un mensaje del gobernador militar Medan, milord. El gobernador se disculpa por la tardanza en responder a vuestras órdenes, pero dice que vuestro mensajero tuvo un desgraciado accidente. Volaba hacia Qualinost cuando el grifo que montaba de repente enloqueció y lo atacó. Pudo entregar el mensaje, pero murió poco después por las graves heridas sufridas. El gobernador manifiesta que cumplirá vuestras órdenes y entregará la capital elfa a Beryl, junto con la reina madre, a quien retiene prisionera. El gobernador ha disuelto el senado elfo, arrestado a los senadores y a los Cabezas de Casas. Iba a arrestar al rey elfo, Gilthas, pero al joven lo sacaron clandestinamente de Qualinost y ahora está escondido. El gobernador informa que el ejército de Beryl está topando con ataques de fuerzas elfas, que han retrasado su avance, pero que aparte de eso han causado pocos daños.